José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Ignacio, muy a pesar suyo, se sentía un poco cohibido. Por fortuna, Mateo echaba con naturalidad bocanadas de humo y ello lo tranquilizó.

El Gobernador depositó el tubo en la mesa y acto seguido, como dando a entender que no tenía prisa, abrió un preámbulo completamente al margen del Servicio de Fronteras. Primero y como hacía invariablemente con los "íntimos", le explicó a Ignacio el significado de un teléfono de color amarillo que tenía en la mesa. "Oficialmente, tengo línea directa con Madrid ¿comprendes? De manera que, cuando algún pelmazo viene a protestar por cualquier tontería, cojo este aparato, marco un número y simulo soltarle cuatro frescas al Ministro de la Gobernación… ¡Con ello el pelmazo se tranquiliza!; y yo también". Luego, y a raíz de un repentino acceso de tos, miró con ceño los cigarrillos que fumaban los dos muchachos y dijo: "He de hablar con tu padre, Mateo. La Tabacalera está sirviendo plantas venenosas". Por último, se refirió al conserje. "Es un tipo original. A los retratos de José Antonio les quita el polvo todos los días. En cambio, a los demás sólo una vez a la semana".

Ignacio, desde su sillón, inspeccionaba al camarada Dávila. Hubiera dado cualquier cosa para que éste se quitara las gafas negras. Sin verle los ojos ¿qué podía opinar? Debía contentarse con admirar su enérgico mentón y su franca sonrisa. Y con oír su voz, bien timbrada.

– ¡Bien, Ignacio! Ya te quitaste el uniforme ¿verdad? Te felicito.

– Muchas gracias.

Ignacio comprendió que le había llegado el turno… En efecto, así fue. El Gobernador, sin abandonar el tono amistoso en que venía hablando, inició el obligado interrogatorio a que debía someterlo. Pero el muchacho se sentía ya a sus anchas, pues sin duda aquel hombre, montañés de pro y primera jerarquía de la provincia, era tal y como se lo habían descrito.

– Si mal no recuerdo, estuviste en Esquiadores ¿verdad?

– Sí. En el Pirineo.

– Pocos tiros, supongo.

– Pocos…

El Gobernador apartó con la diestra una lámpara de mano, que le limitaba el ángulo de visión.

– Mateo me dijo que fuiste seminarista.

– Sí, pero lo dejé.

– ¿Qué te ocurrió?

– Me obligaban a llevar medias negras.

– ¿Cómo? ¿Es verdad eso?

– Y tan verdad. Preferí dedicarme a la Banca…

– ¡A la Banca! Menuda responsabilidad… Ignacio abrió los ojos en expresión socarrona.

– ¡Oh, sí, tremenda! Entré de botones en el Banco Arús. El Gobernador, al oír esto, hizo un gesto que Mateo, que lo conocía, tradujo por Visto Bueno.

– De modo, que conoces a fondo a la Iglesia y al Capitalismo, ¿no es así?

– Así es.

– ¡Muy interesante! En este país es condición absolutamente indispensable.

El diálogo era tan cordial que Ignacio estaba feliz. Pero he ahí que en ese momento, bruscamente, sonó el teléfono… negro. El Gobernador murmuró: "Prefiero el otro…" No obstante, atendió a la llamada, aunque con aire displicente. Algo le comunicarían que le produjo contrariedad. "Conforme, conforme -repitió varias veces-. Iré esta misma tarde. Que me esperen". En cuanto colgó, su expresión se había alterado.

Los dos muchachos quedaron a la espera. El Gobernador permaneció unos segundos ajeno a la situación, repiqueteando en la mesa con el cortapapeles. Mateo le preguntó:

– ¿Ocurre algo?

El Gobernador se encogió de hombros y regresó a la realidad.

– ¡Bah!

Ignacio se movió en el sillón. Entonces el Gobernador se dirigió a él, otra vez en tono amable.

– ¡Bueno! -exclamó-. Me veo obligado a abreviar la entrevista… Así, pues, vamos a resolver lo tuyo, si te parece bien.

Ignacio asintió.

El Gobernador se concentró un instante, juntando los índices y llevándoselos a los labios.

– Me encantará tenerte en Fronteras. De veras, me encantará… -Marcó una pausa-. Mateo te puso ya al corriente de mi proyecto ¿no?

– Sí, algo me dijo.

– Mira, Ignacio. Me gustaría que fueras mi enlace personal. Necesitaba un muchacho de confianza y tú puedes serlo. Mi enlace con nuestro Servicio en Figueras y con nuestro Consulado en Perpiñán. Así que, si no te importa, tendrás que viajar a menudo…

– No me importa. Me gusta viajar… El Gobernador prosiguió:

– El jefe en Figueras es el coronel Triguero. Estarás a sus órdenes. Él te presentará, en Perpiñán, al que lleva todo este asunto de los exiliados. Un paisano mío, que se llama Leopoldo. Te gustará conocerlo, ya verás.

Ignacio asintió de nuevo y se mantuvo a la espera.

– Eso del Servicio de Fronteras es más complicado de lo que parece ¿sabes? Nos ocupamos también de recuperar los tesoros y las obras de arte que los rojos se llevaron en su huida… ¡En fin! Sería demasiado largo explicártelo ahora. Mejor que vayas enterándote poco a poco…

– De acuerdo.

Sobre la mesa había un montón de sobres verdes que habían llamado la atención de Ignacio. El Gobernador tomó uno de ellos y le dijo:

– Ésa será una de tus principales misiones: llevar esos sobrecitos verdes al coronel Triguero… procurando que no te los roben en el tren.

En su deseo de hacerse agradable, Ignacio preguntó:

– ¿Las señas del coronel?

El Gobernador sonrió.

– Van en los sobres…

– Ya… -El muchacho añadió-: ¿Cuándo empiezo?

El camarada Dávila se tocó con el índice la nariz.

– Podrías empezar hoy…

Ignacio guardó un silencio. Luego rogó:

– ¿No podría ser mañana? Esta tarde habíamos pensado celebrar un baile. El baile de los supervivientes…

El Gobernador tuvo un expresivo ademán.

– ¡Oh! En ese caso, de acuerdo… -seguidamente añadió-: Pero, con una condición.

– ¿Cuál?

– Que tú bailes exclusivamente con Marta… ¿Entendidos? ¡Es una orden!

– Descuida -aceptó Ignacio sonriendo-. Y muchas gracias.

El trato quedó cerrado. El Gobernador hizo de repente un gesto de cansancio, no habitual en él. Mateo se dio cuenta y se levantó. Ignacio hizo lo propio.

El Gobernador se puso también de pie, dio la vuelta a la mesa y, colocándose entre los dos muchachos, se dispuso a acompañarlos a la puerta. Había recobrado su buen talante, y los tomó del brazo en actitud amistosa.

– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. No sabes el lío en que te has metido, Ignacio…

Éste fingió asustarse.

– Peor que la guerra, ¿verdad?

– ¡Ah, quién sabe…! -El Gobernador se detuvo un momento-. El coronel Triguero es un tipazo ¿sabes? ¡Bueno, ya te darás cuenta! Y luego, esas obras de arte que los rojos se llevaron y que hay que recuperar… Ahí te juegas la amistad de nuestro querido mosén Alberto.

Ignacio miró al camarada Dávila.

– No comprendo.

– Es muy sencillo. Desapareció nada menos que el famoso Tapiz de la Creación, de la Catedral.

– El Gobernador reanudó su marcha-. Si no das con él, mosén Alberto nos llamará idiotas y le nacerá una hermosa úlcera en el estómago.

Ya en el umbral de la puerta, Mateo, que no se quitaba de la cabeza la llamada telefónica que recibió el Gobernador, aludió a ella diciendo:

– ¿De veras no ocurre nada desagradable?

Aquél negó con la cabeza.

– ¡Nada, hombre! Vete tranquilo.

Mateo asintió.

– Me alegro. 'Ciao'…

– Hasta la vista -saludó Ignacio.

El Gobernador permaneció en la puerta hasta que los dos muchachos hubieron desaparecido.

Ya en la calle, Mateo le preguntó a Ignacio:

– ¿Qué tal?

– Sobresaliente. Lo que tú dijiste.

– Estaba seguro de que te gustaría.

Sin más dilación hablaron del baile de que Ignacio había hecho mención. La idea de celebrarlo, sugerida por Mateo, había sido recibida con entusiasmo por Marta y Pilar, quienes sin pérdida de tiempo pusieron manos a la obra a fin de que no faltara detalle. Tendría lugar en el amplio vestíbulo de la Sección Femenina, a las ocho en punto. Ignacio hubiera preferido otro sitio: el sótano en que los anarquistas tuvieron el gimnasio. "Allí, con aquellas poleas, y las paralelas, y la sombra de Porvenir flotando…" Pilar había objetado: "¿Para un baile de ex combatientes? ¡Estás chiflado!". Dispondrían de gramola, habría bocadillos de jamón y de queso, cerveza… ¡y tabaco de calidad! Los supervivientes recibieron incluso una invitación en regla… En efecto, Asunción, la maestra, que dibujaba muy bien, había trazado en las cartulinas, además del nombre correspondiente, un monigote intencionado. Asunción se había esmerado de un modo especial en el dibujo de Alfonso Estrada, representando a éste en el momento de asaltar un parapeto al grito de "¡Viva Cristo Rey!". Miguel Rosselló, que había sido "espía" en el SIFNE, se vio a sí mismo caricaturalmente apostado junto a un farol, con sombrero, gabardina y un pitillo en la comisura de los labios… Ignacio tuvo ocasión de contemplarse caído de bruces en una pendiente nevada, con las piernas al aire y los esquís rotos. Sin embargo, el más perplejo de los invitados fue… el capitán Sánchez Bravo, el hijo del general. En la cartulina que le entregó Nebulosa, el asistente, había una fotografía suya pegada en la que se le veía al lado de un cañón girando a lo lejos con unos prismáticos. El pie decía: "Nos nacía falta un artillero. Hemos pensado en ti…" El capitán Sánchez Bravo, halagado, se preguntó, rascándose la frente: "¿De dónde habrán sacado esta foto?".

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