Probablemente, el peor de todos era el espectáculo que ofrecían las innumerables personas que, acuciadas por la impaciencia, iban llegando a Figueras a diario, sin recursos, sin cobijo, en espera del retorno de algún familiar exiliado. Nati decía de esas personas: "Comprendo su situación, pero ¡hay que ver la lata que nos dan!". En su mayor parte eran mujeres. Mujeres Procedentes a lo mejor de muy lejos, del centro de España, o el Sur. Ignacio varias veces había coincidido en el tren con algunas que procedían de Málaga, donde el muchacho había nacido, por lo que se tomó interés por ellas. Habían enviado a Francia, a sus "hombres", el papel mágico, el aval y tenían confianza. "Teniendo el aval no pueden tardar ¿verdad usted?", trataban de usted a quienquiera que llevara uniforme o una insignia en la solapa. Ignacio no se atrevía a desanimarlas. "Claro… claro… Si tienen el aval, es posible que el día menos penado lleguen con la caravana".
La caravana… La caravana diaria de camiones -veinte, treinta, procedente de Perpiñán, con los "afortunados" de turno.
El convoy solía cruzar la frontera en dirección a Figueras a media tarde y lo encabezaba invariablemente un Fiat, en el que iban las autoridades francesas y un empleado del Consulado Español de Perpiñán.
Imposible conseguir que esas mujeres enlutadas, de moño seco y triste, aguardaran a su "hombre" -al marido, al hijo, al hermano- en La Carbonera, donde todos habrían de quedar concentrados. A mediodía ya no podían con su corazón y se iban a las afueras de Figueras esperando el momento de ver aparecer el convoy. Se entretenían por las cunetas mascando hierba y suspirando. Ignacio se mezclaba con ellas o a veces las observaba a distancia, solo o en compañía de los guardias civiles. Hasta que, de pronto, el convoy aparecía a lo lejos. Entonces se oía como un rumor de oleaje y las mujeres se plantaban en mitad de la carretera, interceptando el paso. El Fiat que abría la marcha, como aturdido ante aquella muralla negra, disminuía la velocidad, mientras detrás de él avanzaban gusaneando los camiones. Y en cuanto el vehículo se detenía y se apeaba de él el empleado del Consulado se producía el bombardeo: "¡Eh, señor! ¿Viene un tal Amadeo Sánchez?". "¿Viene mi hijo, Sergio Velasco?". Preguntas angustiosas que obtenían invariablemente idéntica respuesta. "Pero ¿estáis locas? ¿Cómo voy a saber? ¡Luego, luego, en La Carbonera!".
Los guardias civiles luchaban a culatazo limpio para que el convoy pudiera pasar. Pero a veces ocurría que uno de aquellos nombres lanzados al aire hacía diana, era recordado por el empleado. En este caso éste respondía: "¡Sí, ahí viene! ¡Creo que en el cuarto camión!". Entonces se oía un grito más fuerte que los demás. "¡Bendita la madre que te parió!". Inmediatamente las otras mujeres rodeaban a la "afortunada" y la felicitaban o, por el contrario, la miraban con envidia y rencor.
Por fin pasaban los camiones, en ruta hacia La Carbonera, donde unas horas más tarde todo el mundo sabía a qué atenerse. Porque allí estaban las listas y los encargados de consultarlas y dar fe. "¿Cómo dice? ¿Esteban Soto? No, no viene ese nombre". "¿Cándido Vázquez? Tampoco". "Tal vez mañana…"
Tal vez mañana… Ignacio, al oír esto, sufría. Porque sabía que la mujer a la que iban dirigidas estas palabras debería esperar con sus ojos inútiles veinticuatro horas más. Y porque sabía también que había hombres que no regresarían nunca. Ni "mañana", ni pasado, ni nunca. ¿Qué harían, pues, sus esposas, sus hijas? Ignacio también lo sabía: seguir esperando. Así se lo habían dicho sus conocidas de Málaga y otras muchas mujeres vestidas de negro. Cada tarde volverían a la carretera, a la misma hora, a mascar hierba en la cuneta. Y entretanto, al llegar la noche, dormirían a la intemperie, o en casas destruidas por las bombas, o en los desalojados nidos de ametralladoras que decían: NO PASARAN. Y comerían un vaso de agua y un poco de primavera. A menos que encontraran una casa donde hacer la limpieza; o que les dijeran sí a los numerosos desaprensivos que, en cuanto se ponía el sol, empezaban a moscardonear a su alrededor, blandiendo un chusco de pan.
Por fin Ignacio oyó, de boca del Gobernador, la frase tan esperada:
– ¡Bueno, por fin vas a ir a Perpiñán! Entrega esta carta personalmente a Leopoldo, en el Consulado. Leopoldo sabe ya quién eres.
– ¡Muchas gracias, camarada Dávila!
Dicho y hecho. Ignacio, al día siguiente, cruzó la frontera por primera vez en su vida, en compañía del coronel Triguero, quien le ofreció un sitio en su Citroen. Y desde el primer momento le ocurrió que en Francia se sintió a gusto. Aquélla no tenía nada en común con la versión que le dieran Mateo, Jorge de Batlle y el mismísimo Gobernador. Le pareció respirar allí un aire de cultura antigua, tal vez debido a la geometría de los viñedos del Rosellón. ¡Había oído hablar tan despectivamente del país vecino! Cierto que la gente tenía las mejillas un tanto coloradas y que los quepis de los gendarmes resultaban un tanto grotescos. Pero las personas eran más robustas, otra raza, fruto sin duda de la buena alimentación; y la abundancia era visible por doquier. Vehículos de gran potencia circulaban por las carreteras, había tractores en los campos, el mar era hermoso. Los niños jugaban a placer y hasta los ancianos que tomaban el sol se le antojaban más tranquilos. Teníase la impresión de que todo el mundo se sentía allí protegido, a resguardo de las sequías, de la miseria, del trauma de la guerra.
El coronel Triguero, al darse cuenta de la reacción de Ignacio, le dijo:
– Pues a mí esto no me tira. ¿Dónde has visto tú que los machos vayan por el pan y la leche?
– ¿Y por qué no han de ir? Me encanta este detalle, ya ve usted…
Una vez en Perpiñán, Ignacio quedó sumergido de lleno en el mundo de los exiliados. Estaban allí, paradójicamente más inquietos y derrotados que los internos en La Carbonera. Abarrotaban los cafés y había en su rostro algo rabioso y espectral.
En el Consulado Español se presentó seguidamente a Leopoldo, quien al leer la carta del Gobernador le dijo a Ignacio, amistosamente: "Por lo visto te atrae el barullo, ¿eh?". Hicieron buenas migas, aunque Leopoldo era bastante mayor. Le prometió llevarlo, en cuanto tuviera un respiro, a visitar los campos de Argeles, de Saint-Cyprien, etcétera. "Allí verás. Millares y millares de desgraciados. Se pasan el día rumiando si no les valdría más morirse".
En ese primer viaje no habría ocasión, pues el coronel le había dicho a Ignacio: "No te muevas del Consulado. Regresaremos a España a mediodía". Pero pronto el muchacho hizo un segundo viaje, y un tercero y un cuarto. Y su curiosidad iba en aumento, gracias a los informes que le facilitaba Leopoldo, el cual siempre le decía que lo que más le gustaba de Francia era el chocolate. Los exiliados habían empezado a ser llamados, en bloque, "La España peregrina", poética denominación, y era evidente que formaban un mundo real y patético, del que en Gerona Ignacio no podía hablar con nadie, pues la suerte de los 'rojos' no interesaba. En cuanto abordaba el tema, todo el mundo le contestaba lo mismo: "Allá ellos. Se lo tienen merecido".
Ignacio también lo creía así. Y el día en que pudo, ¡por fin!, visitar los campos de concentración de Argeles y Saint-Cyprien, situados en las playas, a la vista de aquella inmensa muchedumbre famélica, harapienta, sintió que una oleada de repugnancia le atenazaba la garganta. Aquellas playas eran el resumen de todas las teorías antipatrióticas, de todas las crueldades y hasta de la muerte de César. Ignacio hizo: "¡Puah!". Leopoldo, hombre de fina cachaza, comentó: "De todos modos, no creas que toda esta gente es culpable. Y aparte, piensa un momento en los niños…"
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