Hubiérase dicho que le daban a Ignacio un golpe en el pecho. He ahí una palabra -niños- que apenas si contó nunca para él. Como tampoco contaron los vegetales y los minerales. Y no obstante, en aquellas circunstancias, lo dañó. Contempló a los niños en las playas y se le antojaron lagartijas desesperadas, víctimas inocentes de un terrible castigo colectivo. Leopoldo le explicó que muchos de ellos morían y que eran enterrados en la misma arena, en un hoyo. Que otros se habían ahogado al caerse en las letrinas que orillaban la zona acotada, vigilada por senegaleses. Que las madres tenían seco el pecho. Que los más espabilados eran utilizados por los mayores para sortear las alambradas en busca de algo que comer.
Ignacio recordó su niñez, la de Pilar, la de César… ¿Por qué ocurrían tales cosas? Miró al mar y le pareció hostil.
Leopoldo consiguió distraerlo. "Hay que hacerse a la idea. Las cosas son como son". Y le informó a Ignacio de que el reparto de fugitivos españoles hacia Bélgica, Inglaterra, Sudamérica, Rusia, Legión Francesa, África, ¡Alemania!, etcétera, proseguía. Aunque parecía confirmarse que el contingente mayor se quedaría en Francia.
– ¿Te basta con eso, o quieres ver otras playas… y más senegaleses?
– Me basta con eso.
El coche que conducía Leopoldo, uno de los asignados al Consulado, dio la vuelta y emprendió el regreso a Perpiñán.
Se produjo un largo silencio. Ignacio contemplaba el paisaje francés, los viñedos y los cañaverales, éstos inclinados por la tramontana, e iba reflexionando sobre el espectáculo que acababa de presenciar. Cerca ya de la capital del Rosellón, preguntó:
– ¿Qué profesión tiene el grueso de los exiliados? Leopoldo contestó, sin vacilar:
– Son campesinos. Un tercio por lo menos son campesinos, Ignacio movió la cabeza.
– Sí, claro. España es labriega.
Una vez en Perpiñán, Ignacio sintió una imperiosa y repentina necesidad de localizar, aunque sólo fuese para verlo de lejos, algún exiliado de Gerona. ¿No se reunirían los de Gerona en algún café determinado?
Leopoldo le dijo:
– Concretamente los de Gerona, no sé. Pero el café 'La Bonne Nouvelle' suele estar lleno de catalanes.
Ignacio, libre de acción esta vez por cuanto había ido a Perpiñán sin el coronel Triguero, en una ambulancia de la Cruz Roja, se dirigió sin pérdida de tiempo al café 'La Bonne Nouvelle'. Sentóse a una mesa roja, situada en un rincón, y se tapó la cara con un periódico que hablaba del hambre en China. De vez en cuando echaba un vistazo, con disimulo: no reconocía a nadie. Sólo le resultaban familiares el idioma y las inflexiones de las voces. Y, por supuesto, las blasfemias de los hombres acodados en la barra. Uno de ellos, que llevaba un gorro a lo Durruti, exhibía una cicatriz en el cuello, de la que parecía hacer responsable a todo el santoral.
Al cabo de una hora de infructuosa espera abandonó el café. Cariacontecido, se dirigió al Consulado. Leopoldo le dijo:
– ¿Tanto interés tienes?
– Compréndelo… Me gustaría saber lo que ha sido de varios amigos.
– Luego añadió-: Me interesa sobre todo un primo hermano mío, llamado José Alvear…
Leopoldo hizo un gesto de comprensión.
– Aquí tenemos un fichero -dijo, señalando un armario-. Pero sólo de los que han muerto en algún hospital y de los que han decidido quedarse a vivir en esta región.
Ignacio abrió los ojos con expresión esperanzada.
– ¿Te importaría que lo viera?
– Tuyo es.
Ignacio tomó del armario los montones de fichas y se sentó a la mesa. E inició la tarea. Leopoldo le dijo: "Es buscar una aguja en un pajar".
El resultado de la operación fue teatral. Entre los muertos, ningún conocido; entre los vivos, sí, uno. Pero no era ni José Alvear, ni Julio García, ni David, ni Olga; era Canela. Allí estaba la ficha, con la fotografía, que parecía sacada por Ezequiel y las señas de la muchacha. "Isabel Cortés Amat, alias Canela, veintiséis años, prostituta, domiciliada en Perpiñán, 23, fue de la Provence".
– ¿Qué? ¿Encontraste algo? -le preguntó Leopoldo.
– ¡Casi nada! -contestó Ignacio-. ¡Mi primera novia!
– ¿Qué dices?
Ignacio quedóse absorto. ¡Cuánto tiempo había pasado desde que Canela, estando él desnudo, lo perseguía por la habitación haciéndole cosquillas! Entonces ella era una gacela joven y veloz; ahora, en la fotografía, se la veía ajada, con una cicatriz no en el cuello, sino en el alma. Ignacio no pudo menos de recordar su enfermedad venérea, la mancha de pus en la cama, el bofetón de su madre y el comentario de su padre, Matías: "Y además, esas mujeres creen saber la verdad de todo y no es así. Sólo conocen la cara fea de la vida".
No lo pensó más. Despidióse de Leopoldo y diez minutos después se encontraba en 23, rué de la Provence. Efectivamente, Canela vivía allí, con un monsieur, también español. Un monsieur tres important'. Pero apenas paraba en casa. Se pasaba el día en el café de enfrente, 'chez Jean'.
Ignacio cruzó la calle y penetró en el café. Tuvo suerte. En una mesa al fondo, sola, haciendo solitarios, ¡con cartas francesas!, reconoció a Canela.
– Pero… ¡Ignacio!
– ¡Pssh…! No hables fuerte. Estoy de servicio…
– ¿Cómo?
Canela se levantó y haciendo aspavientos abrazó al muchacho y lo besuqueó repetidamente en ambas mejillas.
– ¡Por favor, Canela!
– Pero ¿qué te pasa? ¿Será verdad que has venido a detenerme?
– Nada de eso, Canela. He venido a saber qué tal estás…
Por fin Ignacio consiguió que Canela se sentara; y él hizo lo propio, situándose frente por frente.
– ¡Menuda sorpresa!
– Nada de sorpresas. Andaba buscándole… El diálogo, en un principio, fue cordial. Canela tenía mucho mejor aspecto que en la fotografía, aunque se le notaba en los ojos que bebía demasiado. Y era evidente que su alegría al ver a Ignacio fue sincera. Se rieron evocando sus encuentros en Gerona. "Me tenías chiflada. ¡Eras tan crío! Tuve que enseñártelo todo, ¿te acuerdas?".
Ignacio simuló estar de vuelta…
– ¿Y ahora, qué haces? -preguntó el muchacho-. Llevas muchas joyas…
– ¡Bah! -Canela encendió, con aire hastiado, un pitillo-. Un comisario me sacó del campo y me tiene retirada. Pero ya lo ves. Me paso el día en el cine, aunque no entiendo ni jota, o en este cafetucho haciendo solitarios.
Ignacio sintió de pronto una gran compasión por aquella mujer, cuya roja cabellera despedía extraños reflejos.
– Te sientes… sola, ¿verdad?
– ¿Y tú no? -le preguntó Canela.
– Pues… yo, la verdad, me las voy arreglando.
– Ya te llegará.
Los hombres del mostrador miraban a Canela y uno de ellos, que sin duda la conocía, le hizo un gesto obsceno. Canela barbotó:
– Asquerosos…
Ignacio intervino:
– Hablando de tu comisario… ¿Lo quieres?
Canela eructó, lo que rompió el encanto de la alusión.
– ¿Querer yo? Ya quise una vez. Pero el hombrecito voló.
– ¡Ah!, ¿sí? ¿Dónde está?
– En Toulouse. Lo mantiene una madame. Es lo normal.
Ignacio se mordió el labio inferior.
– ¿Cómo se llama? -preguntó.
– ¡Ya lo sabes! José Alvear…
La conversación prosiguió, sincopada. Canela, que iba poniéndose nerviosa, saltaba sin conexión de un tema a otro y no paraba de beber.
– ¡Eh, 'garçon', trae algo para 'mon ami'…! Y dime, ¿tú qué haces? ¿Por qué estás en Perpiñán?
– Todavía no me han licenciado. Estoy en Fronteras.
– ¡Ah!, ya…
'Mon ami'… La frase había gustado a Ignacio, sin saber por qué. Y también le gustaban los extraños reflejos de la roja cabellera de Canela.
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