José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Naturalmente, para que esos contactos fueran de verdad eficaces, Julio García no olvidaba poner en práctica otro de los consejos de sus amigos periodistas: cultivar la amistad de las señoras francesas, concederles la máxima beligerancia en el diálogo y relatarles a menudo anécdotas de Cocteau y de Sacha Guitry. Fanny le había dicho: "¡Pero ándate con cuidado! No se te ocurra nunca darles a entender que todo cuanto saben lo han aprendido de los hombres. Escúchalas poniendo cara de bobo, de admiración. De este modo te encontrarán 'charmant' incluso a ti y tendrás en ellas tus mejores aliadas".

Resumiendo: Julio García se adaptó sagaz y alegremente a las costumbres parisienses -leía Le Fígaro, iba a la 'Comedie Française' y elogiaba cada dos por tres a los impresionistas- y se sentía dichoso.

Por lo demás, en el fondo obraba sin fingimiento. París le gustaba realmente, tanto o más que a Antonio Casal. Y no sólo los puentes del Sena, Montmartre, la plaza de la Concordia y los cines en que ponían películas nudistas, sino el ambiente. Los tejados de pizarra; el gris antiguo de las fachadas; el Barrio Latino y la sensación de libertad que se respiraba por doquier le cosquilleaban de tal suerte el corazón que no cesaba de preguntarse si, llegado el caso, el Támesis y Hyde Park, en Londres, le gustarían lo mismo.

Así las cosas, llegó la noche del 20 de junio, noche que festejó con una cena por todo lo alto. Y no es que hubiera ocurrido nada importante ni que hubiera conseguido, ¡por fin!, sentar a su mesa al mismísimo León Blum. Simplemente, en el número de Amanecer que aquel día le había traído el correo, había leído su nombre y sus dos apellidos. Sí, el Tribunal de Responsabilidades Políticas había abierto en Gerona expediente contra él. Ello le había hecho tanta gracia que no sólo lanzó una carcajada que asustó más de la cuenta a la madame que hacía las faenas del piso, sino que lo incitó a obsequiar a sus invitados con pato con naranja y con botellas antiquísimas de Moét Chandon.

Aparte de París, y confirmándose con ello el dato que Leopoldo le facilitara a Ignacio, el núcleo verdaderamente importante de exiliados se había afincado en la campiña francesa y en la ciudad de Toulouse.

En la prefectura de dicha ciudad calculábanse en unos treinta Mil los españoles que habían fijado en ella su residencia. ¡Treinta mil! El prefecto había dicho: "Como esto continúe, no habrá más remedio que proteger con ametralladoras la gruta de Lourdes. ¡Les pilla tan cerca!".

Ahora bien, los exiliados de Toulouse, entre los que figuraban buen número de ampurdaneses dedicados a la industria del corcho, formaban una comunidad mucho más exaltada que la que se estableció en la capital de Francia o en el campo. París era inmenso y el campo suponía obligadamente la dispersión. En Toulouse, en cambio, los españoles se sentían unidos. El hecho de verse constantemente unos a otros y de disponer de sus buenos locales políticos -Partido Socialista, CNT, Estat Catalá, Partido Comunista, etcétera- les daba la sensación de que continuaban teniendo poder, de que constituían una fuerza.

Y sin embargo ocurría allí como en los demás sitios: había exiliados victoriosos y otros derrotados. Entre los primeros, se contaba principalmente José Alvear; entre los segundos, Gorki…

Gorki disponía de un amplio piso cerca del Museo de Historia Natural, que era al mismo tiempo célula comunista, emisora e imprenta. En la emisora prepararía programas "que saltarían por el aire la barrera de los Pirineos", alcanzando a Gerona e incluso a Barcelona; en la imprenta editaría folletos y tal vez una hoja periódica. Pero, por desgracia, y en virtud de órdenes muy precisas dictadas por Goriev, cuyo paradero se ignoraba, no era el mandamás único, pese a la ausencia de Cosme Vila. De hecho actuaba vigilado. Vigilado por otros militantes españoles y -eso era lo peor- por un representante del Partido Comunista Francés, extraño tipo que se llamaba Verdigaud y que por el hecho de ser diputado tenía más ínfulas que un profesor de la Sorbona.

La teoría de Gorki era que Francia estaba hecha un asco; excepto en lo referente a su profesión originaria, es decir, la elaboración de perfumes. Llegó a esta conclusión el día en que se enteró de que eran muchos los comunistas de la localidad que no sólo poseían coche particular, sino que iban a misa. Eso no le cabía en el caletre al barrigudo aragonés. Los llamaba burgueses, cuya máxima aspiración era pasarse varios atardeceres semanales pescando en el Garona, el hermoso río -también burgués- que adornaba y fertilizaba la comarca.

Los comunistas franceses argüían, por boca del diputado Verdigaud, primero, que lo cortés no quita lo valiente y, segundo, que incluso desde el punto de vista táctico, semejante postura era válida. "Nuestra opinión es que si el Frente Popular Español perdió la guerra fue por eso, porque os dedicasteis a matar a la gente que tenía coche y a los curas. Algo así como si en Francia matáramos a los pintores con barba y a todas las 'mademoiselles' que leen a Baudelaire".

Gorki lanzaba espumarajos de rabia y su barriga se movía espasmódicamente. Porque la cosa no paraba ahí. Según noticias fidedignas, unos cuantos obispos franceses, especialmente de diócesis norteñas, ayudaban financieramente a la masa de exiliados; y lo mismo podía decirse de la organización protestante 'L'Armée du Salut'. ¡Y peor todavía! En Toulouse, una serie de vicarios, que llevaban boina enorme y sotana raída, habían decidido especializarse nada menos que "en el apostolado entre los refugiados españoles". Se introducían en las tertulias, en los cafés, repartían medicinas entre los enfermos y, sobre todo, empleaban un lenguaje tan franco y abierto que algunos exiliados les admitían tabaco y amistad. "¡Maldita sea! -exclamaba Gorki-. ¿Es que esto se puede tolerar?".

Los comunistas franceses no comprendían la reacción del ex perfumista.

– Lo que hacen los obispos franceses -decían-, es normal: ayudan a los vencidos. Lo sorprendente es que en tu tierra los obispos españoles no hagan ahora lo propio. Ello demuestra que no tienen ni pizca de malicia o de sentido común. Los franceses hemos aprendido a "tolerarnos", ¿comprendes? No te quepa duda de que el sistema da buen resultado. ¿O es que tú prefieres la guerra civil? Gorki soplaba:

– ¡Pero la religión es el opio del pueblo! Verdigaud le dijo un día:

– Sí, es frase conocida. Pero Marx no empleó la palabra opio en sentido de veneno, sino en sentido de tranquilizante… ¿Aprecias el matiz, 'cher ami'?

Gorki se enfurecía ante tamañas sutilezas y profetizaba para el intelectualizado Partido Comunista Francés los peores males. El mismo periódico 'Ce Soir', del Partido, que le llegaba de París a diario, le demostraba que los comunistas del Norte de Francia estaban también contaminados. "¿Y por qué han de llamarme 'cher ami' en vez de camarada?".

Los propios colaboradores españoles de Gorki procuraban hacerlo entrar en razón.

– Pero ¿no te das cuenta de que aquí hay montañas de Camembert? ¿Cómo quieres que esa gente sea como nosotros? Creo que lo que debemos hacer es adaptarnos. Si no, vamos a tener algún disgusto y a lo mejor nos cierran hasta el local. Adaptarse… Esta palabra horrorizaba a Gorki. ¡Si por lo menos Cosme Vila estuviera allí con él! Pero su "jefe" se había ido a Moscú. Se había ido en barco, en una expedición que salió del Havre, rumbo a Leningrado. Y no había manera de entenderse por carta. Para empezar, las que Cosme Vila le escribía a él, fechadas en la capital soviética, le llegaban con gran retraso… y censuradas. Había tachaduras. ¿Por qué? Y además, el tono de dichas cartas era siempre vago… Cosme Vila no le daba nunca ningún detalle concreto sobre sus actividades en Rusia. Gorki no sabía si su jefe "ampliaba estudios", si "descansaba en alguna finca de veraneo" o si era "paje de confianza de Stalin". Cosme Vila se limitaba a decir que aquello era un paraíso y que su mujer y su hijo se portaban bien y le enviaban saludos. En cuanto a "instrucciones", que era lo que más necesitaba, siempre eran las mismas. "Procurad estar unidos. Y cuidado con los traidores. Ésta es una etapa de espera. No te desanimes. ¡Salud, camarada Gorki!".

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