José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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No era extraño, pues, que Gorki se sintiera un poco derrotado y que fuera acaso el más crispado de los treinta mil exiliados españoles en Toulouse. De poder tomar decisiones, la gruta de Lourdes, fuere cual fuere el número de ametralladoras Que enviara allí el prefecto, hubiera ya saltado hecha pedazos. Lourdes tenía obsesionado al ex perfumista, cuya patrona, madame Deudon, le decía una y otra vez que ella había presenciado allí, personalmente, lo menos tres milagros. "¡Tres milagros, monsieur Gorki! Tal como lo oye. Dos paralíticos y un sordomudo".

Algunas mañanas, tal vez debido a la úlcera de estómago que le habían diagnosticado, Gorki se sentía tan abatido que a gusto lo hubiera mandado todo a freír espárragos y se habría puesto a fabricar por cuenta propia el popular masaje Floid, cuya fórmula decía conocer. Por fortuna, no faltaban militantes anónimos que le daban ejemplo, que lo reconciliaban con el ideal que había llenado su existencia. Tales militantes, que lo habían perdido todo, que no se acordaban siquiera de cuál fue su oficio, que vivían con sólo el miserable subsidio del SERÉ y que, desde luego, se mostraban insobornables al halago de los vicarios de boina inmensa y sotana raída, se mantenían fieles a las consignas del Partido exactamente igual que en el año 1936. Se pasaban el día rondando el local alquilado por Gorki y preguntando: "¿Cuándo empezará a funcionar la emisora? ¿Qué noticias hay de la resistencia en España, en las montañas? ¿Cuándo podremos ir a Rusia?".

En los momentos de soledad, Gorki recordaba, como les ocurría a todos, su "patria chica"; es decir, Gerona… Sobre todo cuando visitaba a los suegros de Cosme Vila -el guardabarreras y su mujer-, los cuales no hacían más que hablarle de la Rambla y quejarse de que no conseguían aprender una palabra de francés.

¡Ah! ¿Qué estaría ocurriendo en Gerona, a la sombra de los campanarios de la Catedral y de San Félix? Gorki no se arrepentía de nada. Había matado a muchos hombres -y a alguna mujer-, pero no se arrepentía de nada. "Hay que exterminar al enemigo", había dicho Lenin. ¿Es que el camarada Verdigaud ignoraba esta consigna? ¿O es que exterminar significaba también tranquilizante?

Si acaso, y sin motivo que lo justificara, algunas veces Gorki pensaba en sus dos víctimas más aparatosas: Laura y mosén Francisco. Los había emparedado en los sótanos de la checa gerundense. Los ladrillos rojos habían empezado a subir, formando el tabique que los asfixió. Si el recuerdo era nocturno -si se transformaba en pesadilla-, tales ladrillos subían tan alto que muy bien podían alcanzar el firmamento. En ese caso, las estrellas que Gorki veía en él no tenían nada en común con las que el general Sánchez Bravo, desde los cuarteles de Gerona, contemplaba con su telescopio. Eran las cinco estrellas que en aquellos momentos Cosme Vila debía de estar viendo titilar en las torres del Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, donde el derrotado Gorki hubiera deseado morir.

Por lo que se refiere a José Alvear, el gran vencedor de Toulouse, las cosas se desarrollaban con menos dramatismo. José Alvear disponía también de un local, aunque más pequeño, que decía: "Federación Anarquista Ibérica", en el que el sobrino de Matías se había constituido en jefe de una especie de batallón de jóvenes libertarios que se pasaban el santo día rumiando caer por sorpresa sobre algún pueblo español fronterizo y matar al jefe de Falange y al sargento de la Guardia Civil. Pero, en realidad, José Alvear jugaba con esos jóvenes con el propósito de entretener sus mentes, sin el menor plan de acción inmediata. Había tenido ya dos incidentes con la Policía francesa y había sacado la conclusión de que los gendarmes, pese a su quepis, y bajo su aspecto bucólico y ciclista, eran duros de pelar.

De modo que posponía para un futuro lejano cualquier intento de implantar el anarquismo en Francia y, mucho menos escrupuloso que Gorki, se dedicaba a cultivar lo mejor posible su vida privada. Para ello jugaba todas las tardes a las cartas, fumando sin parar; y cada noche complacía hasta el delirio a la múdame que le había tocado en suerte, a la madame de que Canela le habló a Ignacio en Perpiñán.

Sí, los informes que había recibido Canela acerca de José Alvear -"el único hombre que ella había amado, y que voló"- eran verídicos. José Alvear se había convertido en gigoló. Y la cosa le iba tan bien que no comprendía que Gorki no lo imitase. En Montecarlo, adonde fue a parar huyendo del campo de Saint-Cyprien, había fracasado -el ambiente era demasiado distinguido para él-, y en París, con eso de las Organizaciones de Ayuda fundadas por Negrín y secuaces, el clima le pareció enrarecido. De modo que optó por volver grupas, por regresar al Midi. Y eligió Toulouse.

Fue cosa de coser y cantar. Tres días después de su llegada a la ciudad se sentó, aburrido, en un café, encendió un 'gauloise' y miró alrededor. Aquello fue su suerte. Vio sobre la mesa una revista que alguien había abandonado y la tomó en sus manos. Estaba abierta precisamente por las páginas del llamado "Correo del Corazón". En esas páginas había una serie de fotografías de hombres de edad avanzada que solicitaban "compañera" o "esposa". Sus ojos de azabache, de anarquista veterano que había dado tumbos por los frentes, junto al malogrado capitán Culebra, se clavaron en seguida en el rostro de una madame, entrada en carnes, de expresión muy dulce, evidentemente enferma de soledad. José Alvear llamó al camarero y éste le tradujo el texto. La madame, residente en el mismo Toulouse, tenía exactamente cincuenta y un años, se había quedado viuda el año 1932 y deseaba rehacer su vida al lado de un hombre animoso. Se llamaba Geneviéve Bidot y era dueña de una carnicería en la calle Danton. Tenía antepasados españoles.

José Alvear pegó un salto y le dio al camarero galo una amistosa palmada al hombro. Días después, el sobrino de Matías Alvear era, oficialmente, el hombre animoso que necesitaba la pobre Geneviéve Bidot. Compartía con ésta un piso menos lujoso que el de Julio García, pero decente, con vista al parque. El asunto se resolvió por vía tan directa, que José Alvear le decía a Geneviéve: "Yo creo, chatita, que perdimos a guerra porque estaba escrito que tú necesitarías que cada noche yo te cantase las cuarenta". La mujer, que se volvía loca con José Alvear, lo atraía con lentitud hacia sí y lo besaba frenéticamente, murmurándole al oído palabras tan dulces como, por ejemplo: 'mon petit chou-chou', o: 'mon petit cochón', palabras que no dejaban de fastidiar, a veces, al anarquista. Realmente, oírse llamar 'chou-chou' no había entrado jamás en sus planes revolucionarios. Pero se aguantaba.

No, José Alvear, que todos los días tenia la obligación de pasar al menos una vez por la carnicería de madame Bidot, no creía, como Gorki, que Francia fuese un asco. Tampoco creía, como Antonio Casal, que era el no va más. Era un país extraño, que jamás tendría un Madrid. Era un país con tendencia al ahorro y a pegarse la vida padre. Nada más. Él se tomaría allí una temporadita de descanso, que bien ganado se lo tenía. Después, ya vería. Sudamérica le tentaba, por supuesto, y había quedado con el Responsable en que éste le tendría al corriente de cómo marchaban las cosas en Caracas. Pero de momento, punto en boca, tanto más cuanto que en la primera carta que el Responsable le había escrito le decía que "después de pisar América se sentía orgulloso de aquellos "gachos" que, así por las buenas, se llamaban Hernán Cortés y habían conquistado todo aquello".

José Alvear tenía la impresión de que tardaría mucho tiempo, quizás años, en poder regresar a España. Aquello había sido un desastre, por culpa de los Azaña, de los Largo Caballero, y, sobre todo, de los rusos, que hicieron como que ayudaban, pero que en resumidas cuentas se llevaron el oro del Banco de España y otras cosillas, a cambio de chatarra y de unos cuantos comisarios. ¡Al diablo todos ellos! Ahora, en España, el fascismo. Sangre y lágrimas. Y cinturón ortopédico. Y obispos y yugos y flechas. En su yo más íntimo no se consideraba exiliado, pues para él, anarquista, las fronteras eran una paparruchada. Pero echaba de menos las costumbres de la tierra que lo parió, aquellos "Vale por una novia" y ventajillas por el estilo. Cuando se ponía demasiado blando -cuando se ponía demasiado 'mon petit chou-chou'-, se liaba con el vino tinto, que en Francia estaba muy rico, y escribía a las amistades. A veces, al acostarse, barbotaba para sí: "Mañana escribiré a Gerona, a los parientes de la Rambla… Sí, mañana sin falta". Pero nunca lo hacía, en parte porque le habían dicho que Franco tomaba represalias contra las familias que recibían cartas del extranjero.

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