Ignacio rubricó:
– Moncho es capaz de pasarse cinco minutos contemplando el tronco de un árbol.
Manolo puso cara de asombro.
– Me parece un ejercicio arriesgado…
Hablaron del jazz, pasión de Manolo. A Moncho no le gustaba. "Pero sigues el ritmo con el pie, no es cierto?". "¡Qué remedio!", admitió el muchacho. Hablaron del Gobierno español, que acababa de crear el INI -Instituto Nacional de Industria-, con el propósito de montar en el país grandes plantas industriales. Hablaron de Barcelona, de la Universidad, de toros. En un rincón del café vieron a Mr. Edward Collins y Esther informó: "Es el cónsul inglés". Moncho sonrió: "También me parece un ejercicio arriesgado".
Ignacio se dio cuenta de que Moncho había impresionado a la joven pareja y no pudo sustraerse a una reacción celosa. Intentó, como tantas veces le ocurriera, protagonizar el diálogo.
– ¿Queréis conocer el principal defecto del aquí presente?
– Vaya… ¿Por qué no?
– Es agresivo por naturaleza. ¡Afirma que he sido siempre un ser puro!
Manolo se acarició la barbita a lo Balbo.
– Cuando quieras le ponemos un pleito y le demuestro lo contrario.
– También afirma que lo más importante de la vida es saber elegir tres cosas: el trabajo, los amigos y la marca de tabaco…
Esther tuvo un expresivo gesto.
– Eso me parece bien.
– ¡Pero da la casualidad de que él no fuma!
Manolo enarcó cómicamente las cejas.
– Entonces tienes razón: es un bellaco.
Moncho se rió. Se sentía a gusto. ¡La radio volvió a funcionar! Cante flamenco. Mr. Edward Collins parecía escuchar con suma atención.
– ¿Os dais cuenta? -dijo Ignacio-. Hurgando a fondo en nuestro secreto nacional…
El Café Savoy estaba lleno. Era el más elegante de la ciudad.
Moncho, que tenía al lado su máquina fotográfica, se dirigió a Esther y le dijo:
– Es una lástima que se haya hecho de noche. Me hubiera gustado sacarte una foto.
Esther, como siempre en esos casos, esbozó una reverencia… feliz.
Jornada completa. La última que Moncho pasaba en Gerona. Al día siguiente a primera hora el amigo de Ignacio tomaría el tren.
En el transcurso de la cena en el piso de la Rambla, Carmen Elgazu y Matías se desvivieron para atenderle. Querían a toda costa que Moncho guardara un grato recuerdo de aquella casa.
– ¿Más sopa…? ¿Un poco más?
– No, muchas gracias… Tengo bastante.
En el momento del postre, Carmen Elgazu le dijo:
– ¡Qué lástima que te marches tan pronto! A Ignacio se le ve dichoso a tu lado.
Ignacio, en tono alegre, comentó:
– ¡No alarmarse! A lo mejor Moncho vuelve… y se queda.
Matías y Carmen Elgazu abrieron de par en par los ojos.
– ¿De veras?
– No sé, no sé… Tengo que pensarlo.
Matías cabeceó varias veces consecutivas.
– Sí, hombre, anímate… Hay mucho que analizar aquí.
A la mañana siguiente Moncho se marchó. Con un pie en el estribo-, el "analista" leridano, que al entrar en el cuarto para acostarse había encontrado, encima de la cama, una hermosa reproducción del Everest dedicada por Ignacio, con un pie que decía: No tocar, peligro de muerte, miró con indisimulable afecto a su entrañable compañero de guerra.
– Ignacio, lo que les dije ayer a tus amigos lo dije en serio: eres una institución.
En cuanto Pilar notó los primeros síntomas, fue trasladada a la Clínica Chaos, donde había cuatro habitaciones reservadas a Maternidad. En el momento del parto estaban presentes, en la clínica, Carmen Elgazu, Matías, Ignacio y don Emilio Santos.
El doctor Morell y una comadrona llamada Mercedes, que durante años había trabajado con el dóctor Rosselló, asistieron a Pilar. Ésta se comportó con plausible valentía y todo se desarrolló normalmente. Un milagro tan sencillo como el de San Jenaro, en Nápoles.
Los hombres permanecieron en el pasillo; Carmen Elgazu quiso presenciar el alumbramiento y el doctor Morell le dio permiso para ello. Carmen Elgazu, en aquellos minutos trascendentales, rezó una tirada de jaculatorias. Con su respiración procuraba ayudar a su hija, a Pilar, y de hecho lo consiguió. En cuanto la cabecita del niño -cumplióse la profecía, fue varón- asomó por entre la enorme herida, notó como si fuera a desmayarse. ¡Un nieto, el primer nieto! ¡Una nueva vida, un nuevo ser! Una nueva alma para Dios.
El doctor Morell operó con pericia extrema. Sus manos daban auténticamente la impresión de que recogían algo que llegaba del más allá. Cuando el recién nacido lloró, la Clínica Chaos estalló de alegría, como en el norte de Europa había aparecido triunfalmente, unos días antes, la aurora boreal. El bebé pesaba tres quilos y medio, y en cuanto estuvo limpio y fajado se lo presentaron a la joven madre, la cual, exhausta y atontada aún, acercó su cabeza a la del niño como si fuera ella la que buscase protección.
Luego entraron todos a verlo. Hubo felicitaciones en cadena; por la valentía demostrada por Pilar y por lo hermoso que era el varón, que tenía los ojos azules.
Carmen Elgazu pretendía que era la viva estampa de su padre, pero Matías y don Emilio dijeron que no, que era una suerte de miniatura de Pilar. A Ignacio le pareció que no tenía la menor semejanza ni con uno ni con otro, que era como un ser autónomo, surgido por generación espontánea.
Pilar de vez en cuando emitía un gemido y giraba la vista en torno a la habitación. Todos pensaban: está buscando a Mateo. Mateo era, por supuesto, el gran ausente. Ninguno de los que rodeaban la cama de Pilar se atrevía a pronunciar su nombre, pero todos lo evocaban y el denominador común era la irritación. El bebé, sin Mateo, era mitad huérfano.
El doctor Morell desapareció rápidamente; pero lo sustituyó, cordial y un tanto solemne, con su bata blanca impecable, el doctor Chaos.
Al ver al doctor Chaos la mente de todos retrocedió hasta la fecha en que en aquella misma clínica le fue practicada a Carmen Elgazu la brutal extirpación. Ésta significó la esterilidad; ahora el alumbramiento que acababa de producirse era una suerte de compensación, una prueba más del movimiento pendular que presidía la vida humana.
Quienes mayor alegría demostraban eran sin duda Matías y don Emilio. La sensación de que su existencia se prolongaba en aquel cuerpecito inerme, pero no inerte, los colmaba de una especie de beatitud. Estaban como embobados y afirmaban que jamás habían visto tan hermosa a Pilar, la cual iba cediendo a unos y a otros, dulcemente y por turno, la mano.
Carmen Elgazu, en cambio, sin poderlo remediar, experimentaba una enorme tristeza. Lloraba. Tal vez fuera cobarde. Tal vez la asustara la responsabilidad. Tal vez pensara que Pilar, a partir de aquel momento, le pertenecía menos aún; o recordaría lo mucho que ella sufrió en los tres partos, especialmente en el primero, el de Ignacio.
Ignacio… ¡Qué gran desconcierto el suyo! El doctor Chaos le dijo, sorprendentemente: "A ver si te casas pronto y tu mujer nos trae también una criatura como ésta".
¡Alegría en la Clínica Chaos! Era, exactamente, el 18 de octubre. Mosén Alberto fue advertido en seguida y llegó, con el calendario litúrgico en la mano. Y después de consultarlo dijo: "Festividad de San Lucas". O sea, la festividad de aquel que escribió el tercer Envangelio y que fue discípulo de Pablo y compañero suyo en tantos y tantos viajes…
– ¡Pilar, hija! ¿Estás bien?
– Sí, mosén Alberto. Muchas gracias.
Pilar hubiera querido besarle la mano al sacerdote, pero fue éste quien, ante la emoción de todos, tomó la suya y se la besó.
La habitación de Pilar, que daba al jardín de atrás, pronto había de llenarse de flores. La noticia circuló por la ciudad y enviaron flores el Gobernador, 'La Voz de Alerta', Manolo y Esther, los compañeros de Matías en el Café Nacional, la Sección Femenina, la maestra Asunción, Miguel Rosselló, Chelo, Marta… Marta envió el mejor ramo que encontró en Gerona. Era un ramo perfumado y violento. Rosas de color violento, cada una de las cuales tenía un secreto significado.
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