En cambio, la muchacha había resuelto favorablemente el asunto del piso que andaba buscando. La Agencia Gerunda, a través de la Torre de Babel, acababa de conseguirle uno en la calle del Carmen, del que podría tomar posesión en agosto. Por cierto que la Torre de Babel retenía a Paz innecesariamente en la oficina, pues el muchacho se estremecía de pies a cabeza al ver a la prima de Ignacio. Por ello le daba largas al asunto. "Vuelve el sábado… Seguramente habrá algo". "Pásate por aquí el martes. ¿Te acordarás?". Hasta que Paz le dijo, haciendo un ademán chulesco: "Ya está bien, rico. Que el piso no va a ser para ti…"
También resolvió favorablemente su propósito de incrementar sus ingresos, a sabiendas de que con ello se distanciaba todavía más de sus antiguos slogans de la UGT. Aparte de que con la primavera la Gerona Jazz, había reanudado sus actividades -cada pueblo celebraría nuevamente la Fiesta Mayor-, la muchacha se aseguró sin gran esfuerzo otro sueldo no despreciable: se convirtió en la modelo de Cefe, el pintor de desnudos, gracias a los anuncios que éste, al igual que sus colegas, había ido publicando al respecto en Amanecer.
– Pero, ¡diablos! -exclamó el pintor, al ver a Paz-. No sabía yo que en Gerona existiera una sirena de esta categoría…
– No será porque me haya quedado encerrada en casita, ¿verdad?
El acuerdo fue completo, entre otras razones porque Cefe no sólo pagaba bien, sino que trabajaba sin malicia. Paz se dio cuenta de ello en seguida y simpatizó con el pintor, con el que charlaba a gusto a lo largo de las sesiones.
Y es que Ceferino Borrás -éste era su nombre- era un tipo singular. Se había criado en el Hospicio. Ahora tenía ya cincuenta años cumplidos y su mujer, al terminar la guerra, se le había ido a Francia con una de las Brigadas Internacionales. Estudió en Bellas Artes, en Barcelona, y era figurativo ciento por ciento, especializado en el retrato femenino.
– Cuando la Dictadura de Primo de Rivera -le contaba a Paz-, me hinché de pintar señoras con clavel en el escote; pero luego, cuando vinieron los tuyos, el Frente Popular, el negocio se fue al carajo.
Ahora la época le ofrecía de nuevo grandes perspectivas. "Sí, sí, que vengan condesitas a Gerona… Tarde o temprano, todas pasarán por este taller".
Se ejercitaba en el desnudo, precisamente porque exponer desnudos estaba prohibido y habían surgido compradores clandestinos, que no regateaban el precio. El trato con Paz había sido tajante: nadie la reconocería, pues le cambiaría la cabeza. "Pero ese cuerpo… Tienes un cuerpo delicioso, pequeña. ¡Ojalá te hubiera conocido yo a los veinticinco años! A ti no te hubiera dejado escapar…" Paz se reía. "¡Cefe, que ya no estás para estos trotes…!". "¡Ay, mi querida Paz! -exclamaba el pintor, mirándola de arriba abajo con un ojo cerrado y el pulgar en el aire-. ¿Cómo voy a contradecirte? No se me ocurre más que una palabra: Amén".
El pintor Ceferino Borrás llevaba lacito negro, de mariposa, en el cuello. Y una cabellera para ser esculpida. Era distraído, bohemio y charlatán: el tópico por excelencia. No le gustaba la política. Decía que si en los cuarteles la gente hiciera la instrucción con pinceles en vez de hacerla con fusiles, no habría guerra ni en el aire, ni en la tierra, ni en el mar. "Y esos alemanes… ¡que no me destruyan ahora una sola estatua de Grecia!
Si lo hacen, me uno a Inglaterra con mi arma secreta: la no-violencia".
Paz aprendía mucho con Cefe. Éste no se cansaba de asegurarle que lo bonito era no odiar a nadie y tener una visión virginal del mundo. "De esta forma se vive tranquilo y las arrugas tardan en llegar. No me gusta que te metas en jaleos de Socorro Rojo y demás, ni que clasifiques a las personas de buenas a primeras. ¿Por qué? Todo el mundo es como es, ¿no te parece?
– ¿Tú no odias a nadie, Cefe? -le preguntaba Paz.
– ¿Yo? ¿Qué voy a odiar? Odiar es perder el tiempo. ¿A ver ese busto…? Así… No odio ni siquiera a los cubistas, fíjate. Lo que pasa es que me dan lástima, eso es. Porque, vamos. Mientras haya mujeres como tú… ¡a mí que me den academia, mucha academia!
Paz temblaba a veces ante la posibilidad de que Pachín se enterase de que ella posaba para Cefe. ¡No era lo mismo ser vocalista -Pachín había dicho: "¡Adelante! ¡Tú y yo, los amos!"- que desnudarse ante otro hombre, aunque éste se llamase Ceferino Borrás! Pero no había peligro, de momento. ¡Pachín estaba tan seguro de sí!
En cambio, y sin saber cómo, se enteró de ello Ignacio. E Ignacio, que se llevaba muy bien con su prima, hasta el punto de que no pasaba nunca enfrente de Perfumería Diana sin detenerse para saludar a la chica desde fuera, le afeó su conducta.
– ¿No comprendes que Gerona es una ciudad carca y que esto te puede perjudicar?
Paz se defendió.
– ¡Pero si no lo sabe nadie! A menos que tú vayas por ahí pregonándolo…
– ¡Qué tontería! Pero Gerona es un pañuelo…
Paz se mordió la punta de la lengua.
– Claro, claro… -aceptó. Y volvió a lo suyo-: ¡Si se entera Pachín!
Al oír este nombre Ignacio tuvo una reacción inesperada. Movió la cabeza de forma tal que Paz se dio cuenta de que Pachín no le caía en gracia al muchacho. Alguna vez lo había sospechado, puesto que Ignacio no le hablaba nunca de él; pero ahora la cosa no dejaba lugar a dudas.
Ignacio se franqueó con Paz en este sentido.
– ¿Qué voy a decirte? Le conozco poco. Pero creo que podrías aspirar a algo mejor…
Paz se picó de tal suerte que le contestó:
– ¿Algo mejor? ¿Qué quieres? ¿Que me busque por ahí un Jorge de Batlle?
Ignacio procuró calmarla. El muchacho quería a Paz y herirla no fue ni sería nunca su propósito. Todo lo contrario. Ignacio se explicó. Le repitió lo que le había dicho en innumerables ocasiones, lo que Paz debía hacer era alternar con personas que pudieran elevar su nivel. En otras palabras, cultivarse. Cultivar su inteligencia, como había cultivado su voz y sus "tablas" en los escenarios, con la Gerona Jazz. La chica cometía horribles faltas de ortografía y lo más seguro era que ignorase el nombre del presidente de los Estados Unidos.
– ¿Crees que Pachín te solucionará esto? Ayer lo vi en el bar Montaña… ¡Sí, es un atleta! Pero ¿qué más? ¿Te has preguntado alguna vez qué será de él el día que tenga que colgar las botas?
Paz tuvo uno de sus desplantes.
– ¿Colgar las botas? ¡Hay tela para rato, querido! ¿Sabías que el Barcelona quiere ficharlo para la próxima temporada? Pues entérate de una vez… Además, le quiero, ¿comprendes? Le quiero y se acabó.
Paz añadió, después de una pausa:
– Por favor, Ignacio, no hablemos de cambiar de pareja… Mejor no tocar este asunto, créeme…
Esta vez quien se mordió la lengua fue Ignacio.
– De acuerdo, querida. Tú ganas.
Lo mismo el Gobernador que Mateo, en sus respectivos viajes a Santander y San Sebastián, habían oído rumores en el sentido de que la orientación reformista y revolucionaria de Falange inspiraba temores "en las altas esferas" de Madrid. De pronto, tales temores se concretaron en hechos: produjese una reestructuración en el seno del Gobierno. Cambios de ministros y cambios en los altos mandos del Partido.
La cosa, pues, no les pilló de nuevas, sobre todo en lo respectivo al camarada Salazar, uno de los miembros más brillantes de la antigua Falange y partidario a ultranza de que los Sindicatos fueran un organismo vivo, auténtico defensor de los intereses de los "productores". Salazar había tropezado siempre con dificultades y había sido acusado de demagogo. Por ejemplo, en varias ocasiones había intentado enviar a Gerona, en sustitución del indolente camarada Arjona, al bullicioso Montesinos, de Valladolid, aquel muchacho que en plena guerra fue una de las cabezas de la resistencia contra el decreto de Unificación y que conoció por ello la cárcel. Pues bien, Montesinos no había ido a Gerona. El camarada Salazar, pese al humo de su cachimba, no obtenía el beneplácito necesario para muchos de sus proyectos. Y decíase que cuando, el 1 de abril de 1940, primer aniversario del fin de la guerra civil, consiguió reunir en Madrid, en el paseo de la Castellana, a millares y millares de trabajadores, el espectáculo provocó en el Ministerio del Ejército una reacción violenta.
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