Pese a todo, la lista de los miembros que componían el nuevo Gobierno sumió al Gobernador y a Mateo en la mayor perplejidad, pues si por un lado entraron en él varios hombres escasamente entusiastas de la doctrina social del Movimiento, por otro lado, unos días después, dos importantes carteras -Trabajo y Agricultura- fueron adjudicadas a dos falangistas intachables: José Antonio Girón y Miguel Primo de Rivera, éste hermano de José Antonio.
El asunto se presentó más oscuro aún, o más propicio a la cabala, cuando Salazar, que unos meses antes había efectuado un viaje a Alemania, donde estudió a fondo la organización obrera hitleriana, que estimó modélica, fue destituido de su cargo. Y el asombro llegó al límite cuando cesó también en el suyo el camarada Núñez Maza, por haber manifestado públicamente su disconformidad respecto al reajuste ministerial.
Salazar y Núñez Maza, que paradójicamente continuaron formando parte del Consejo Nacional, escribieron sendas cartas a Mateo, en las que le decían que la única esperanza para el Partido radicaba a partir de ese momento en la "buena fe que presidiera la acción del Ministro Serrano Súñer, presidente de la Junta Política" y "en la gestión que pudiera realizar el nuevo Secretario General de FET y de las JONS, camarada José Luis Arrese, quien sobre el papel gozaría de poderes muy amplios". José Luis Arrese merecía la confianza de ambos falangistas destituidos. Pero Salazar y Núñez Maza se temían que, en la práctica, el sometimiento del Partido al Gobierno iría siendo cada vez mayor, "puesto que Arrese sentía tal admiración por el Caudillo, que era inimaginable que defendiera el programa falangista si éste pudiera atentar en algún sentido contra la unidad nacional". Por de pronto, Arrese, hombre muy católico, había declarado lo siguiente. Primero, había que espiritualizar la vida; segundo, hacer a España más española; tercero, implantar la justicia social. Mateo comentó: "¿No crees, querido Gobernador, que la implantación de la justicia social debería ir en primer término?".
Mateo hablaba así porque, en los ratos que Pilar le dejaba libre -Pilar y la preparación de los exámenes de junio, ya que Mateo por fin se había decidido a presentarse y terminar la carrera de Derecho-, se asustaba ante el creciente desnivel que se establecía entre quienes se enriquecían con asombrosa facilidad y las necesidades de los humildes. Según sus informes, cinco grupos bancarios controlaban en aquellos momentos el setenta por ciento de la riqueza industrial del país. Celebrábanse por doquier Primeras Comuniones con un lujo tal que "aquello se estaba pareciendo a las orgías de Negrín". Mateo, en los contactos que desde su boda había reanudado con Ignacio, había tenido que admitir que la vida económica de la nación iba desembocando en un capitalismo cerrado y despótico, muy alejado de las primitivas intenciones. El padre de Manolo, don José María Fontana, en su bufete de Barcelona, palpaba todo ello a diario: quien conseguía un determinado permiso de importación, el monopolio de cualquier producto o fletar un barco de lo que fuere, acumulaba, a veces, en cuestión de unas horas, una fortuna. Teniendo en cuenta, además, que la prolongación del conflicto internacional era ya cuestión obvia, la premisa podía establecerse así: "Era muy fácil, en provincias, encarcelar a estraperlistas de poca monta o a los accionistas de Tejero, S. A. Pero ¿y en Madrid? ¿Quién encarcelaba a quién en los centros oficiales de Madrid?".
Mateo, hablando con el Gobernador, llegó a la conclusión de que resultaba de todo punto ingenuo sorprenderse por lo que ocurría. De hecho, no podía ser de otro modo. Como tantas veces se había dicho, la Falange, debido a la guerra, se encumbró demasiado pronto. No hubo tiempo material para formar políticamente a un número de hombres lo bastante crecido para ocupar con la necesaria autoridad los puestos clave y para ejercer una presión determinante. Tampoco cabía echar en olvido aquellas consideraciones del profesor Civil acerca de la excesiva juventud de ciertos mandos… "Ha ocurrido lo inevitable: falta de experiencia".
El Gobernador asintió a la tesis de su entrañable amigo y camarada.
– En efecto, tienes razón. Pero ¿qué podíamos hacer, querido Mateo? Es más fácil producir un buen coronel de Caballería, como mi hermano, o buen hombre de negocios, que un buen Jefe Provincial o un buen Gobernador… La política es un arte abstracto. ¿Cómo saber si se ha acertado o no? ¡Y nuestro pueblo es tan difícil! Gobernar es empeño de años… y de tradición. Por ejemplo, cuando le di al comisario Diéguez aquellas órdenes a rajatabla creí haber hecho diana. Ahora, francamente, no sé qué pensar. Probablemente hemos cometido muchos errores, y es de suponer que a nuestras jerarquías nacionales les haya ocurrido lo mismo.
Se hizo un silencio entre los dos hombres, parecido al de los alumnos del Grupo Escolar San Narciso cuando mosén Obiols, entornando los postigos, los obligaba a realizar el examen de conciencia.
– Por otra parte -prosiguió el Gobernador-, tal vez José Luis Arrese tenga razón y lo que importe por encima de todo, dadas las circunstancias, sea conservar la unidad nacional, que tanto sacrificio nos costó. En Gerona, por ejemplo, ¿sería aconsejable romperla? ¿Sería aconsejable que yo, en nombre del yugo y de las flechas, me enfrentara abiertamente con el general Sánchez Bravo porque no comparte nuestras inquietudes sociales? ¿Y que me enfrentara por lo mismo con el obispo, con el notario Noguer y con 'La Voz de Alerta'? Los rojos cayeron en esta trampa; y el resultado fue la catástrofe. Pensándolo bien, no es culpa de nadie, ni de Franco, ni de Serrano Súñer, ni de nuestros Salazar y Núñez Maza, si poco después de nuestra victoria estalló esa horrible guerra sin fin. En resumen, pues, considero que nuestro deber en estos momentos es tener paciencia…
Todo aquello sonaba a desánimo sincero. Sin embargo, podía en cierto sentido ser la voz de la cordura, de esa cordura que María del Mar elogiaba siempre en Franco y que tal vez explicara satisfactoriamente la combinación que éste acababa de hacer en las altas esferas: reforzar y ampliar las atribuciones de la Falange… pero tenerla en un puño. Permitir que algunos se enriquecieran… pero evitar la desmembración. Hasta que la batalla que se libraba en el mundo hubiese terminado y España no tuviera que pedir de rodillas navicerts a los ingleses, que por cierto apretaban cada vez más, en el Atlántico, el cerco a los buques españoles -y no sólo a los que traían combustible del Caribe, sino incluso a los que traían víveres del Brasil o de la Argentina-, por temor a que cayeran en manos del enemigo. El Gobernador y Mateo no se atrevían a mirarse a los ojos. La cabellera mosqueteril de Mateo parecía haberse ajado; y las gafas negras del camarada Dávila eran dos esferas enlutadas. El silencio llegó a ser tan espeso que los dos hombres comprendieron que aquello no podía prolongarse. ¿No era su lema mantener el ánimo contra toda adversidad? ¿No se pasaron momentos más difíciles aún durante la guerra? "Zamora no se ganó en una hora…" ¿Cómo iba a ganarse en tan poco tiempo algo tan serio y profundo como la Revolución Nacional que había preconizado José Antonio?
José Antonio… Era el hombre que les hacía falta, la pieza maestra que se les fue, porque los hados, y el rabioso mecanismo de España, lo habían querido así… Si José Antonio hubiera sobrevivido a la contienda todo habría tomado un rumbo distinto. También él era joven; pero se había curtido desde la niñez… y gozaba ya de tradición. "Su palabra era exacta. Tenía autoridad moral. ¡Qué lástima que no existan teléfonos para llamar a los muertos!".
Estas palabras, que el Gobernador había pronunciado varias veces en sus discursos, tuvieron la virtud de hacer reaccionar al camarada Dávila. Por otra parte, era su obligación hacerlo. Le llevaba a Mateo varios años de ventaja y no podía permitir que el muchacho, ¡sobre todo teniendo en cuenta que su mujer esperaba un hijo!, se desmoronase.
Читать дальше