Miró a los labios de su enfermera y le dio un beso. Un beso profundo, en el que puso toda su capacidad. El doctor intuyó que en aquel momento se jugaba muchas cosas. Por eso tal vez hizo un movimiento falso con el brazo y una de las probetas que había en la mesa del laboratorio se cayó al suelo.
Sólita depositó también en aquel beso un sinnúmero de esperanzas. El corazón le latía tan fuerte que creyó que iba a sufrir un colapso.
¡Albricias! ¡El doctor Chaos no experimentó repugnancia! Olvidó todo su pasado y vivió aquel momento, momento largo, detenido, con creciente euforia. ¿Sería posible? A punto estuvo de dar gracias a Dios, como cualquier ser primitivo y desamparado. Al separarse de Sólita creyó estar soñando y le pareció que oía, procedente del patio de la clínica, los ladridos de Goering.
No hubo más aquella tarde. Por el momento, bastaba. Sólita balbuceó: "Oh, doctor…" Y éste se levantó como ebrio, preguntándose si Sólita no lo habría narcotizado.
La noticia corrió como la pólvora hacia la consulta del doctor Andújar.
– Eso marcha, amigo Chaos… Te felicito. No podemos cantar victoria, pero eso marcha…
Fue el punto de partida. Luego ya, todas las tardes, el doctor Chaos se las ingeniaba para quedarse a solas con su enfermera ayudante, la cual continuaba absteniéndose de perfumarse y de pintarse los labios. Y en cuanto el trabajo lo permitía, y siempre al término de un vivo diálogo que por sí mismo había ido orientándose hacia la necesidad de tener compañía, el cirujano atraía hacia sí a Sólita y la besaba. Ahora al besarla hundía sus manos, sus manos de artista del bisturí, en la cabellera de Sólita, y hasta recorría con ellas el cuello y los hombros. El doctor descubrió que prefería besarla estando de pie. A Sólita eso no le importaba. Su amor por aquel hombre que luchaba consigo mismo aumentaba a cada caricia y la curaba de muchos complejos que ella había padecido, contra los cuales los combates navales que libraba con su padre no le habían sido nunca de la menor utilidad. "Algo tendré yo… -se decía la mujer- cuando he conseguido que un hombre como el doctor Chaos me bese y me acaricie los hombros". Sólita hubiera deseado que las batas de enfermera hubieran sido más escotadas… Porque, de momento, jamás el doctor intentó acariciarle los senos.
También este segundo paso fue dado, aunque de modo tímido e incipiente. Pero bastó para que revolotearan de nuevo por el despacho del doctor Andújar los mejores augurios.
– Confiesa que todo esto era impensable, amigo Chaos… Ahora te tomarás, además, esas pastillas. Y mientras tanto, dime. En el orden espiritual, ¿qué sientes por Sólita?
El doctor Chaos, que parecía transfigurado, que vivía una primavera que no podían soñarla los prados de hierba seca, le contestó:
– Estoy loco por ella… La quiero. La quiero con toda mi alma.
– ¿Has dicho alma? ¿He oído bien?
– Sí. ¿Por qué no? Sólita asegura que tenemos alma. ¿Entonces…?
El doctor Andújar veía en lontananza la posibilidad de que su amigo Chaos -¡cuánto lo quería, cuánta ternura sentía por él!- se afianzase en su pasión y llegara a casarse. "Eso sería la solución, como tantas veces te he dicho. Probablemente, todavía alguna vez te estremecerías al ver a otro hombre, al Rogelio de turno… Y caerías. Pero no por ello dejarías de amar a Sólita y de estar con ella. Sobre todo, si tuvieras un hijo".
La idea del hijo, que el doctor Andújar le había expuesto a su amigo desde el primer día, perseguía ahora al doctor Chaos. Le ocurría lo que nunca le ocurrió: veía un niño por la calle y se quedaba absorto contemplándolo, pensando que podría ser suyo. Le gustaba coincidir con la salida de los colegios, lo que 'La Voz de Alerta' hubiera atribuido a un incremento de su perversión. Y no era así. Lo demostraba un hecho: ingresó en la clínica, para ser operada de amígdalas, la hija del delegado de Sindicatos, camarada Arjona, que contaba nueve años de edad. El doctor Chaos sintió hacia ella en seguida una inclinación especial. Necesitó llevarle juguetes y besarla en la frente. "En mi infancia la hubiera arañado", pensó el doctor Chaos.
La situación llegó a un punto tal que no podía prolongarse mucho más. Chaos pensaba en Sólita día y noche y a ésta le ocurría lo propio con él. En la clínica, el anestesista Carreras, estupefacto, los observaba con el rabillo del ojo. Contrariamente al doctor Andújar, el anestesista Carreras no creía en los milagros.
– Sólita, ¿por qué no cenamos juntos un día de éstos? ¿El sábado, por ejemplo? ¿Hace?
– ¿Dónde, doctor?
– En mi hotel…
– ¿En tu hotel?
– Sí. Lo he pensado detenidamente. Celebraremos… cualquier aniversario. El de la colocación de la gran campana de la Catedral…
Sólita reflexionó.
– Bien… ¿por qué no?
La cena transcurrió con intimidad, sin sobresalto, excepto el que experimentó el personal del hotel al advertir que el doctor Chaos había invitado a una mujer.
El doctor Chaos a lo primero se refirió a la cirugía. Afirmó que, pese a las trepanaciones craneanas realizadas por los egipcios mucho antes de Jesucristo, la cirugía había permanecido estancada durante milenios y no había dado su paso definitivo hasta mediados del siglo XIX, con el descubrimiento de la narcosis primero y de la antisepsia después. Al segundo plato el doctor Chaos se puso sentimental y brindó por esa ciencia, o ese arte, gracias al cual ellos se habían conocido y estaban aquella noche sentados uno frente al otro. A la hora del café Sólita fue completamente feliz tomando el azucarero y preguntándole al doctor Chaos:
– ¿Dos cucharadas como siempre, doctor? Faltaba el paso definitivo: enfrentarse con la sociedad… También fue dado. Ello tuvo lugar con motivo del I Congreso de Cirugía Española que se celebró en Barcelona a primeros de junio. El doctor Chaos fue invitado a leer en él una ponencia y hacer una demostración. Durante una semana, maestro y discípula trabajaron sin apenas descanso para preparar aquella intervención. Y la víspera, el doctor Chaos le dijo a Sólita:
– Tienes que acompañarme a Barcelona… Te necesitaré. Sólita escuchó la propuesta y notó escalofrío en la espina dorsal. Se pasó la mano por los ojos, cansados, y contestó:
– De acuerdo. Hablaré con mi padre y te acompañaré. Fue un viaje armónico, por carretera, en el coche del doctor, puesto que había coherencia entre las personas, las ideas y el paisaje que los circundaba.
También fue armónica la ponencia que leyó el cirujano en el Congreso, ante más de cien colegas, y también lo fue su actuación en el quirófano: una traqueotomía. Sólita, mientras le pasaba el instrumental, iba leyendo sus pensamientos… pese a la máscara.
El doctor Chaos y Sólita se hospedaron en el mismo hotel: el "Majestic", del paseo de Gracia, donde antaño se hospedó el doctor Relken y en cuyo comedor éste le dijo a Julio García: "Mi cerebro me lo pago yo".
La tercera noche, mientras cenaban, después de la intensa jornada clínica, que fue la de clausura, el doctor Chaos -¿qué le ocurría?- no aludió para nada ni a la Inquisición ni a las diferencias existentes entre las técnicas operatorias de Barcelona y de Madrid. Comió vorazmente, como si llegara andando desde el ghetto de Varsovia. Y bebió vino tinto, de Perelada, pues dijo que su sabor le recordaba a Gerona y la tramontana que llegaba del Ampurdán, donde se alineaban los viñedos.
Sólita, a su vez, tenía coloreadas las mejillas. La palidez del quirófano se había esfumado. ¿O se habría puesto polvos, la muy sagaz? Sólita, además, fumó…, lo que no era habitual en ella. Y pidió una copa de coñac.
A medianoche, el ascensor los llevó al tercer piso, donde tenían las respectivas habitaciones. Y al encontrarse en el pasillo, con las enormes llaves en la mano, apenas si tuvieron necesidad I de pronunciar una palabra: el doctor Chaos miró a Sólita a los ojos, que brillaban como bocetos de estrellas, y la muchacha echó a andar.
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