El período de prueba para ambos había sido un tanto largo. Las mañanas durante las cuales el doctor Chaos iba al Hospital, a Sólita se le hacían interminables; y, a semejanza de lo que hacía Pilar con Mateo, buscaba mil pretextos para llamarlo por teléfono. En justa correspondencia, el doctor Chaos, al encerrarse en la habitación del hotel finalizada la jornada, sentía frío en los huesos, echaba de menos aquello que todo el mundo llamaba "el hogar".
Un dato llamó la atención del doctor Chaos: se le habían curado, como por ensalmo, las hemorroides… El doctor Andújar al enterarse de eso sonrió, porque sabía que las hemorroides que sufrían muchos pederastas eran el sustitutivo del período mensual que caracterizaba a la mujer y que aquéllos hubieran deseado sentir en su organismo.
El caso es que los coloquios entre el cirujano y la enfermera fueron adquiriendo paulatinamente un carácter de intimidad. El itinerario de esos coloquios era siempre el mismo: un comentario sobre la última intervención; una rápida ojeada a la cirugía de antaño, con incisos más o menos filosóficos, y por último, un canto solidario al placer que podían experimentar dos personas si tenían la suerte de trabajar como era su caso, tan compenetradamente.
– No sé lo que haría sin ti, Sólita…
– Y yo sin ti, doctor…
– A veces, mientras opero, me entregas el instrumento preciso sin necesidad de que te lo pida.
– Conozco mi oficio, doctor…
– ¿Es sólo eso?
– ¡Bueno! Tal vez acierte a leer tu pensamiento. A pesar de que llevas máscara…
El doctor Chaos se reía con ganas. ¿Cuándo se había reído él tan frecuentemente con ganas? Aquel forcejeo era una novedad; y por cierto, apasionante.
La piedad… La piedad o compasión había jugado un papel importante en la actitud de Sólita. Ésta había advertido que el doctor carecía de muletas para caminar resignado. Nunca hablaba de su familia. ¿O es que no la tenía? Nunca hablaba de sus amistades, a excepción del doctor Andújar. Lo salvaba su sentido de la ironía; y poder, de vez en cuando, hacer crac-crac con los dedos. ¡Si por lo menos hubiera sido hombre religioso! Pero el doctor era un muro en este aspecto.
– ¿Comprendes, Sólita? Es el hombre el que, al sentirse desamparado, ha creado a Dios; no lo contrario. Invocar a un Ser Supremo para que intervenga en nuestros asuntos es como ponerse una inyección antitetánica.
El punto de fricción intelectual era éste… El motivo de discusión que les llevó horas y horas -mientras avanzaba y moría el invierno, y nacía la primavera- era el de la divinidad. Porque Sólita era creyente. De no serlo, ¿cómo hubiera soñado un solo instante en que el amor de una mujer podía curarle al doctor Chaos las hemorroides? Se hubiera declarado vencida de antemano y se hubiera quedado tranquilamente en casa, esperando a que llegara su padre, don Óscar Pinel, para jugar con él a batallas navales, que era el juego predilecto del Fiscal de Tasas.
– No estés tan seguro, doctor… Si no se cree en Dios hay que creer en el Absurdo. Y ello resulta igualmente incomprensible, y mucho menos consolador.
– En eso estoy de acuerdo. Se lo dije en una ocasión a Manolo y Esther. ¿Qué no daría yo por creer que los pajaritos, algún día festivo que otro, entran en las ermitas solitarias para cantarle melodías a la Virgen?
Poesía… El doctor Chaos afirmaba que el sentimiento religioso era mitad poético mitad necesidad vital. Por eso todas las religiones, desde las más primitivas a las más, cultas, se parecían en sus mitos, en su liturgia y hasta en su indumentaria. Y por eso todas habían bloqueado, tanto como les fue posible, los avances de la ciencia, para no sentir que sus pilares eran socavados por la base.
– No hay más que abrir un libro de historia, Sólita. Durante siglos la Biblia ha sido el dique contra el que se han estrellado los cerebros como Copérnico, como Galileo… ¡No, no! ¡Anatema! ¡Al fuego! ¡Eso no figura en las Sagradas Escrituras!
– Doctor Chaos…, ¿quieres que te prepare una taza de café?
– Sí. ¿Por qué no? Sólita…, ¿dónde estábamos? ¡Ah, sí…! ¿Sabías que la Iglesia se opuso durante años y años a que los médicos practicásemos autopsias? Claro, descuartizado el cuerpo, la resurrección de la carneaba a ser luego mucho más difícil…
– ¿Cuánto azúcar te pongo, doctor? ¿Dos cucharadas, como siempre?
– Sí, como siempre… Pero ¿por qué me interrumpes, diablos? ¿O es que no te interesa lo que te estoy diciendo?
– Me interesa mucho. Pero podemos conciliar las autopsias con el azúcar, ¿no te parece?
El doctor Chaos se tomaba un sorbo de café.
– Sí, claro…
Ocurría también que el doctor Chaos quería deslumbrar a su oyente, la cual se abstenía de utilizar perfume de mujer. El primer paso en firme lo dieron a mediados de mayo, precisamente con ocasión de haber tenido que analizar, por orden de la policía, el cadáver de un anciano a propósito del cual se sospechaba que había muerto envenenado. El cadáver había sido exhumado y su aspecto era nauseabundo. Por contraste, fuera lucía el sol aquella tarde, un sol que parecía purificar el mundo y justificar el simulacro de la muerte de los lobos.
– ¿Conoces, mi querida amiga -le preguntó el doctor a Sólita, mientras manipulaba los tubos de ensayo-, lo que le ocurrió, en el siglo XVII, a un tal Francisco Redi, de Florencia?
Sólita respondió con naturalidad.
– Creo que sí… Observó en el microscopio que los gusanos de la carne cruda salen de huevos depositados por las moscas. Y como en la Biblia está escrito que del cadáver de un león lo que salieron fueron abejas, pues se le procesó por hereje…
– Exacto… ¿Crees que eso tiene perdón? -El doctor Chaos cambió de expresión súbitamente-. Pero ¿cómo es posible que una mujer sepa esas cosas?
– ¡Ay, doctor! Las mujeres… cuando algo nos interesa, somos capaces de estudiar lo que sea. Hasta eso de la carne cruda…
Sólita había pronunciado la frase "cuando algo nos interesa" con toda intención, cargándola de una extraña afectividad. El doctor Chaos se desconcertó. Pero disimuló. Y mientras pedía el bloc de notas para redactar el informe sobre el pobre anciano supuestamente envenenado, continuó hablando. Afirmó que la única religión que, al término de un período de intolerancia más sangriento aún que el del cristianismo, había acabado por respetar los conocimientos adquiridos por los sabios antiguos, había sido la religión islámica. Los árabes construyeron observatorios astronómicos en El Cairo, en Damasco y Antioquía… Y en medicina, fueron los únicos que, durante mucho tiempo, se aprovecharon de las enseñanzas de Hipócrates, de Celso y de Galeno… El cristianismo, ni pum. En la alta Edad Media los frailes dibujaban todavía mapas estrafalarios, en los que Jerusalén ocupaba el centro de la tierra y del mundo.
– Yo creo en la evolución, ¿comprendes, Sólita? La naturaleza es evolución constante. Lo que no sabemos es hacía dónde evolucionamos…
Sólita sí lo sabía. Por eso escuchaba al doctor Chaos con tanta atención. Por eso también, en cuanto éste hubo dado fin al informe solicitado por la policía -el anciano había muerto de muerte natural-, se sentó a su lado, muy cerca, más cerca que de costumbre, y le dijo:
– Yo también creo que evolucionamos, doctor… Sí, en eso estoy completamente de acuerdo contigo. ¡Y te advierto una cosa! Si no evolucionamos más, y más de prisa, es porque tú no quieres.
El doctor Chaos no supo lo que le ocurrió. Algo parecido a lo del verano anterior, en el hotel Miramar, de Blanes. Sólo que ahora el objeto de su excitación no era un joven camarero, sino Sólita.
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