Carmen Gaite - Retahílas
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Si me oyera tu madre estos discursos, cuánto se extrañaría, me imagino su sorna: "Pero bueno, mujer, ¿qué fue del albedrío?, ¿te pisaron por fin el famoso albedrío?"; y bien me gustaría poderle confesar a grifo abierto, es una retahíla que he imaginado mucho últimamente:… "pues sí, me lo pisaron, era verdad aquello que me indignaba tanto cuando tú lo decías, que tanto pregonar el albedrío puede ser una trampa, un producto del miedo, hojarasca verbal para cubrir el ego solitario, ademanes grotescos; te encogías de hombros: «No hace faltar hablar tanto, libres, pues ya se sabe, y eso ¿a quién no le gusta?, pero es que tú conviertes en precepto igual que el de ir a misa el hecho de ser libre; Eulalia, créeme, te pones muy pesada, te esclavizas a serlo contra viento y marea, no me digas que no»; pero yo te decía que no y que no y que no, te acababas callando, casi siempre callabas, mirabas los objetos, al cielo y a la calle mientras hablaba yo y te zarandeaba con tantas convicciones agresivas, y a ti te daba igual que yo quedara encima, todo lo más decías: «Bueno, bueno, mujer, será como tú dices». Ahora entiendo tus ojos de pronto entristecidos, tu luz y tu paciencia, tu encogerte de hombros, entiendo los boleros y los fados, entiendo que lloraras a veces en el cine, que leyeras a Bécquer, yo ahora también lo leo, entiendo que dijeras: «Pues si a ti no te gusta, déjame en paz a mí, yo no te lo discuto, tú es que te crees que todo se puede discutir»; sí, te entiendo por fin al cabo de los años, de tantas discusiones exaltadas, de mi inútil tesón para mudar tu índole, tu apego a las raíces, al cabo de ese tiempo perdido que era tuyo porque diste refugio a tardes y mañanas que malversaba yo, por las que atravesaba sin fijarme. Yo no sé cómo hacías que, sin perder el hilo del discurso, casabas las palabras con el momento en que quedaban dichas, recogías el sesgo, la luz de aquel instante; iba compaginada tu atención al latín, a la historia del arte o a una charla cualquiera con el otro mirar al mismo tiempo con puntual cuidado árboles y tejados, el cielo, las personas, y aquella luz fugaz que los contorneaba se quedaba en tus ojos para siempre; recuerdo años más tarde, cuando te los cerré, antes de hacer el gesto, durante esos segundos de parálisis, con mis dedos allí sobre tus párpados muertos, pensé precisamente en aquel disparate de luz que te llevabas, en aquel hondo aljibe que a veces mi impaciencia te impidiera llenar: «Venga ya, te distraes, ¿qué miras?, no me sigues»; y tú te disculpabas: «Que sí, que sí, pero mujer, perdona, es pecado perdérselo, fíjate desde aquí en la puesta de sol, un momentito solo, la de hoy no se repite, fíjate qué colores», y yo llamaba a aquello, ya ves, interrumpir, tú decías que no, que algún día echaríamos de menos nuestro tiempo de jóvenes y que ese día lo éramos, que ser jóvenes era precisamente estar viendo aquel sol que se metía justo según hablábamos: «Se nos olvidará -decías- más pronto lo que hablamos que este sitio y su luz, la luz se queda dentro, luego sale en los sueños, ¿a ti no te ha pasado que te sale la luz?, es lo único que queda»; y qué razón tenías, no queda más que eso. Y era la luz del sol encima de la nieve o la de un flexo verde o de las nubes malva anidando en tus ojos lo que daba color a mis teorías, la recogía de ti, me pasabas la luz, te miraba y salían retahílas enteras, me embriagaba a tu lado protestando, rectificando el mundo de un modo que tenía por inédito y justo, nunca en mi vida he vuelto a hablar así. «Para abogado vales», me decías riendo; y otras veces también: «Salió la Pasionaria»; y la luz de aquel ámbito remansada en tus ojos sonrientes era la levadura de toda mi oratoria. Cuando no las recoge un mirar como el tuyo donde tomar el cuerpo y la sustancia, las palabras, Lucía, son un papel mojado, se busca una mirada que refleje la nuestra, sólo se busca eso, qué tarde lo he sabido, tenías razón tú, la tienes todavía, sí, sí, claro que sí…"
Pero es desesperante porque ¿a quién se lo digo?, todo viene a destiempo, ahora le digo esto, Germán, cuando ya no me oye, como Miquel Hernández a la muerte de su amigo Ramón Sijé: "… a las desalentadas amapolas daré mi corazón por alimento". Menos mal que estás tú, llevo un rato mirándote, desde que me he acordado de esa canción francesa que sabe Dios de dónde me habrá salido a flote, y es que la veo a ella, Germán, no lo creerás. ¡Qué poder tiene el logos!, es eso, el "j'attendrai", según se desentierra, el que tiene virtud para tirar de ella, de tu madre son las palabras hermanas "jour et nuit" las que traen a la chica risueña de la foto que Colette escondió y la sientan ahí donde tú estás, aquí mismo a mi lado, y dentro de tus ojos se descubren los suyos, y ese gesto del cuello reclinado hacia atrás, esto, mira, esta línea desde la oreja al hombro es igual, es la suya, es lo más atrayente que tiene una persona querida para otra, frontera franqueable, distancia que mis labios podían acortar para hablarle al oído y mis manos también, llegarle a la cabeza: -"qué guapa estás peinada para arriba, pareces Nefertete"-, retirarle así el pelo de la cara, ver que lo tiene liso y suave como el tuyo y notar por la expresión de gato que pone, igual que tú, que le gustan mis dedos cuando se lo acaricio.
Nunca usaba champú, con jabón de cocina y fuera, en un minuto, cantando, haciendo bromas, ni bigudís, ni nada -"no hay que hacer caso al pelo, se pone vanidoso en cuanto le das pie"-, se lo secaba al sol, y las piernas al sol y los brazos al sol. No he visto criatura más demente del sol: que no se lo quitáramos, que no nos lo perdiéramos, siempre avisando como de un prodigio, que lo mirásemos brillar sobre la nieve y en los tejados y encima del río, le borraba las penas; "dejarme en paz de luna, yo soy gente de sol". Al sol la conocí, un día de noviembre; llegaba con retraso y bastante despiste al primer curso, entró en clase -"¿se puede?"-, era una chica nueva, entonces se notaba porque éramos muy pocos, de cara redondita con un abrigo azul, y al salir se acercó sin timidez ninguna, pero sin desparpajo; estábamos al sol contra la balaustrada, yo no la oí llegar, cuando ya estaba hablando la miré y así empecé a quererla, sólo lo que es directo se te mete en el alma a la primera. "Lucía Vélez me llamo, ¿lleváis muchos apuntes?, me los tendréis que dar si me hacéis el favor, yo vengo de Palencia", porque hablaba seguido siempre, como los niños, tenía por vacíos todos los circunloquios. Y los demás andábamos en puro circunloquio, pontificando siempre; y más que nadie yo junto con Julio Campos, mi ídolo de ese tiempo, el que está motivando todas las retahílas que me escuchas ahora, por no haberle encontrado antesdeayer. Pues Julio dijo entonces que tu madre era tonta, que le parecía tonta la chica de Palencia. Yo no llegué a decirlo porque había algo en ella que me desconcertó ya desde el primer día y me llevó a buscarle discusión, a querer arrancarle opiniones tajantes, empecé a irme con ella y a dejar a los otros, y Julio se extrañaba: "No pierdes pie a esa chica, yo no sé qué le has visto, si está como alelada". "Pues no es tonta, no creas, yo no la entiendo bien y me impacienta un poco, quiero saber qué piensa, pero de tonta nada, te lo aseguro yo". "Pues si cuando estáis juntas sólo se te oye a ti, no vaya a resultar que es que no piensa nada, Eulalia, pasa mucho, de esfinges sin secreto estamos más que hartos". Pero no, no era eso, es que tenía otra forma de dar las opiniones distinta de la nuestra, más llana; precisamente ni pretendía ser esfinge ni tener secreto ninguno, pero quedaba encima. A veces le bastaba con un gesto de asombro o de ironía, otras con un refrán -era muy refranera- o con una disculpa por no querer reñir, que lo veía inútil y agobiante: "Yo no lo entiendo así, qué quieres que te diga, no me hagas discutir, se saca poco en limpio, sobre todo porque te enfadas". Y tenía razón, yo me enfadaba mucho, demasiado, tendía a avasallar; y sin embargo -a Julio se lo dije- por mí no se dejaba avasallar la chica de Palencia, ni yo la fascinaba ni cosa parecida, decía que tener teorías tan firmes era igual que ser rico, que no te quiten la razón, que no te quiten el dinero, vivir alerta siempre contra un posible asalto, que ella no tenía miedo a no tener razón y yo en cambio tenía demasiado.
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