Maruja Torres - Esperadme en el cielo

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Premio Nadal 2009
Un cuento para adultos sobre la felicidad de no rendirse jamás.
La narradora y protagonista se reúne en el Más Allá con sus amigos Terenci Moix y Manolo Vázquez Montalbán. Juntos pueden volver al pasado y revisitar los escenarios de su educación sentimental, así como desplazarse instantáneamente a cualquier punto que deseen.
Esperadme en el cielo es un libro gozoso con el que Maruja Torres consagra su talento de narradora haciendo un uso fascinante de la libertad de géneros.

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– ¡Manuel Puig! -grité, por fin.

– ¡Claro, burra! -Terenci se echó a reír-. El querido, admirado y guapísimo Manolito Puig.

– Ante todo y para que no trabajemos inútilmente, amiga nuestra -Manolo me contempló con seriedad-, prométenos que, si aceptas regresar a la vida, no pondrás ningún impedimento, bien al contrario, que te esforzarás en la tarea, sin amargura y sin mirar atrás. Promételo. No vaya a resultar que después te arrepientas, te dé por suicidarte, metas la pata y no coincidamos jamás por estos pasadizos.

– Yo… Oh… ¡Una decisión-decisión! -nuevamente al borde del sollozo.

– Nada de tonterías sacadas de los cuentos, ahora. -Terenci también tenía el ceño fruncido-. Hablamos de vivir. De respirar. De llorar. De sufrir. De amar. De perder. De ganar. De perder, perder, perder… y, sin embargo, hablamos de vencer, porque cualquier segundo que se le arranca a la maldita Parca es un triunfo del humano empeño en existir. Hablamos, pues, reina, de si tienes o no tienes collons para aceptar tu segunda oportunidad, una bendición que otros hubiéramos agradecido.

– Me entra miedo.

– Joder con la niña. Miedo a nosotros, miedo a la vida. A ver si te aclaras. Si te desenchufan nunca más experimentarás temor ni emoción alguna. Nada. Se acabó.

– Y no olvides -Manolo puso el colofón- que si has disfrutado con nosotros es porque aún estás allá, respirando y, sin darte cuenta, intentando continuar en la tierra. No entiendes lo poco que hemos sentido nosotros, en comparación contigo, durante este interludio celestial. No es que nos quejemos…

– Tú puede que no -le cortó Terenci-, pero yo sí. Me quejo de estar muerto.

Noté que Manolo prefería no ahondar en el asunto.

– No es por ofenderos, no es por arrogancia, como el que disfruta de dos pasaportes y presume ante un inmigrante sin papeles -me apresuré a decirles-. No deseo abandonaros. Lo pasaré mal allá abajo. Sin vosotros, ya lo pasé muy mal. Por otro lado, me pedís que decida con rapidez sobre algo de lo que depende no sólo mi vida, sino mi actitud hacia ella. Porque, si no me equivoco, pretendéis que retorne allá, pero que no lo haga para matar el tiempo.

– No lo podrías haber expuesto con mayor claridad. -Terenci sonrió-. Ni aburrirte, ni vegetar. ¡Aventurarte, tonta!

– Necesito… ¡Oh! ¡Necesito estar sola! ¿Puedo abandonaros durante un breve interludio? ¿Os ofendo si os pido que os larguéis y que asimismo

renunciéis a la lectura de mi mente? Daré un paseo por el Retiro y os aseguro que, cuando termine, sabré lo que quiero hacer.

– ¡Estupendo! -Se agarraron del brazo-. ¡Volvemos a hablar a dúo! Hay que convocar a Manolito Puig. Veremos qué nos aconseja para apartar a Paula del diccionario… o del amante argentino. Seguro que se le ocurre algún truco bonaerense.

Y se alejaron.

12

Intervención providencial

Subí por la avenida, ligeramente en cuesta, que enfilaba desde Alfonso XII. Busqué un banco sombreado en el que sentarme a meditar. Había uno bastante limpio en la rotonda del Ángel Caído, cuya estatua, en actitud doliente, presidía esa mañana de la tardía primavera. Estaba sola. Supuse que era día laborable y la hora demasiado temprana para que el público rondara las cercanas casetas de la Feria del Libro. ¿O la falta de prójimos obedecía a mi aspiración al aislamiento, expresada poco antes? Necesito estar sola, había insistido. Hay que andarse con cuidado al formular deseos, cuando una usa superiores dones.

Recordé mis frecuentes visitas al parque, durante mi pasado madrileño. Aquellos casi veinte años, del 81 al 98 (del siglo XX) me sacudieron profesional y personalmente, me destartalaron y me rehicieron, llevándose cada marea las algas secas que se enredaban en mis pies y dejando, al retirarse, senderos en la arena que conducían a otra pleamar. Así fue conformándose -mientras me conformaba- la imagen del futuro apacible, el

maduro reposo ajeno a sobresaltos y deslices, la seca espera consistente en no esperar.

Suspiré cual pastorcilla de Lladró, sí, pero reencarnada en madura mujer moderna. Siempre me emocionaron los árboles del Retiro, sus amenas variedades y serranos tamaños. No existe en Madrid espectáculo más hermoso que el de su breve primavera, representado con generosidad en árboles, arriates y floraciones diversas. No desdeñemos tampoco el no menos corto otoño, cuando el parque ofrece tal derroche de tonalidades cromáticas que…

– ¡Si tuvieras que aguantar lo que yo, no te entregarías a cogitaciones tan almibaradas!

Miré en derredor. La rotonda se hallaba desierta.

– Hace calor -siguió la voz, que me pareció varonil-, y ni siquiera es mediodía. Así, una jornada tras otra. Verás cuando llegue el verano, la semana que viene.

Oh, no. No puede ser que aquí, en esta seleccionada mañana que no debería albergar más que el trino de los pájaros y mi propio ánimo bucólico, también se me aparezca alguien dispuesto a darme la tabarra. ¡No puede ser!

– Sí, puede ser -replicó la voz.

– ¡Otro que lee el pensamiento! -grité-. ¡Sal de donde estés!

Cogí del suelo una rama seca y, esgrimiéndola a modo de bastón fustigador, me dirigí a los arbustos situados detrás del banco.

– ¡Abandona tu anonimato! -conminé al oculto desconocido-. ¡Asoma la cara y explícate!

Volví al banco y pateé el suelo.

Una carcajada sorprendentemente simpática se alojó a mi lado. El individuo seguía sin materializarse, pero su manifestación vocal zumbaba a mi derecha. Bien, cosas más raras había visto y no visto en los últimos ¿días? Mi descontrol del horario

era desmoralizador.

– Y tú, ¿de qué te ríes? -rezongué, dirigiéndome al vacío contiguo.

– Creo recordar al empezar este relato que le exigiste a Dios algo parecido. Para ser atea y estar medio muerta, conservas tu capacidad de fabula-ción en forma.

– Déjate de tonterías y dime quién eres. Si te

apetece, porque a mí me toman por el pito del sere-

¡I no. Nadie me da explicaciones.

Noté que mi banco se despoblaba, y un revoloteo como de palomas alejándose.

– ¿Dónde estás? -me levanté.

– ¡Eh, eh! ¡Aquí, aquí! -La voz, regocijada, provenía de las alturas-. ¡ Soy el traficante de almas!

– ¿De armas?

– ¡De almas, tonta! Ya sabes, Goethe y esos atormentados de la literatura romántica.

Me puse en jarras. Si era cierto lo que sospechaba, Lucifer en persona se aprestaba a irrumpir en mi soledad. Nada menos que El, quebrantando mi retiro en el Retiro. Me urgía mostrar un poco de carácter. Alcé la testa.

-solté el pronombre con claridad y aplomo.

El Ángel Caído me contempló desde el único monumento construido en su honor que existe en el Mundo Libre. Qué pose más retorcida le había dado el artista. Pobre, me compadecí. Ha de ser una auténtica matraca soportar el lento devenir de la Eternidad en postura tan incómoda.

– Pasé a menudo ante ti durante mi etapa madrileña, y no pocas veces admiré tu bella escultura -algo de oportuna adulación-, mas nunca me dirigiste la palabra y creí, como tantos otros, que eras un simple símbolo, una artística representación del Mal.

– Puedes deducir lo que te plazca. Habría continuado mudo bajo la solanera de no haberte sentado con talante tan confuso en ese banco, lo cual me distrajo de mis ejercicios zen.

– ¿Practicas el budismo? ¿También tú?

– ¿Cómo crees que aguanto esto? ¿Rezando? Iba a penetrar en el Camino Intermedio cuando tu presencia me ha interrumpido.

– ¡Habráse visto, qué jeta! Si alguien ha interrumpido a alguien, has sido tú. Ni siquiera sé si este capítulo acaece de veras.

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