Maruja Torres - Esperadme en el cielo

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Premio Nadal 2009
Un cuento para adultos sobre la felicidad de no rendirse jamás.
La narradora y protagonista se reúne en el Más Allá con sus amigos Terenci Moix y Manolo Vázquez Montalbán. Juntos pueden volver al pasado y revisitar los escenarios de su educación sentimental, así como desplazarse instantáneamente a cualquier punto que deseen.
Esperadme en el cielo es un libro gozoso con el que Maruja Torres consagra su talento de narradora haciendo un uso fascinante de la libertad de géneros.

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Ese inmenso territorio todavía por arar. ¿Cuál es la esperanza de los viejos? ¿Arrancarle una propina al Tiempo?

Mas… mas… pero… sin embargo…

¡No! ¡Más! ¡Es un más con acento, un más como el universo entero, lo que sale de mí en este instante! Un momento. ¿De mí? ¿Sale de mí esta inesperada urgencia de algo que no sé nombrar? ¿Hablo con mi voz o lo hacen por mí ese par de druidas espaciales, empecinados en salvarme? ¿Salvarme del comatoso lecho o salvarme de mí? No puedo verles pero les siento próximos, atentos a mi deshilachado monólogo.

¿Más?

En el supuesto de que despiertes Allá Abajo, de que este paseo por la Eternidad sea una «estancia entre nosotros» -así la habían llamado cuando hablaban a dúo y telepáticamente-, en lo que se refiere a Tener no puedes pedir más. Seguridad económica, un piso, un perro, ingenios electrónicos y cibernáuticos, abalorios ornamentales… Un nombre reconocido, lectores, la suerte de expresarte, de escribir. Cuando lo haces sobre tus cobardías o ansiedades, duele (tocas nervio y eso rechina), pero luego publicas, sales de gira y te lo pasas bien, te tratan como a una rica heredera y el baño de ego te deja lo bastante atontada como para continuar escribiendo sin preguntarte qué o quién te queda. Eso, si la fortuna no se empeña en que detengas el paseo promocional para asistir a las honras fúnebres de algún ser querido.

Posees cuanto has enumerado, lo poseías. O te poseía. Tienes o te tiene. ¿Qué significa esta superlativa exigencia de Más y Más?

¿Más garantías de permanecer en la Eternidad junto a mis amigos? No es por ahí… ¿Más vida terrena como la que se ha interrumpido? No, eso sería desquiciado. ¿Más amor, más compromiso, más sufrimiento? Ah, no, olvidadme. No envejeceré escuchando rancheras.

Empiezas por enumerar tus posesiones y más pronto que tarde te asaltan tus carencias.

Más… Más… Más…

Entonces apareció el espejo. Pero yo, que no soy Faulkner usando los monólogos, tampoco me parezco a la madrastra de Blancanieves cuando me ponen un espejo por delante. Y sé que existen preguntas que no hemos de pronunciar e ilusiones que han de permanecer bajo tierra.

Me acerqué. Era un espejo grande como la boca de un túnel, rodeado por una moldura barroca cubierta de pan de oro y nimbada por querubes. Respondía a las exigencias de Terenci, atento a que la intimidad suprema de mi desgarro adoptara un marco sólo comparable a los almacenados en liceís-ticos arcanos.

Observé a la mujer que me observaba y supe que entre las dos íbamos a parir una palabra decisiva.

Las letras se deslizaron como riachuelos por el interior de mi cabeza, hasta cuajar en mi aparato reproductor de sonidos, gotas de mercurio que se

alargaban y encogían para tallar el verbo en modo subjuntivo. El verbo se apretaba contra la barrera de lengua, dientes y labios cerrados que le impedía respirar. Sentí que cada fonema, ahora firmemente agarrados el uno al otro, como si temieran la dispersión, pugnaba por salir y por existir más allá de mí, como parte de una palabra que, al ser pronunciada, se convertiría en locomotora de la amplia acción que anticipaba. Daban tantas patadas, las letras del verbo al que yo me debía, que no tuve otro remedio que abrir su prisión.

– ¡Aventurarme! -grité. Y repetí-: Aventurarme.

La palabra se dibujó en la superficie del espejo, como si alguien la hubiera trazado con el dedo sobre un velo de vapor. Cuando éste disminuyó, Manolo y Terenci me flanqueaban en el azogue. La palabra, escrita en diagonal, me cubría el rostro casi por completo.

– ¿Lo ves, burra? -dijo Terenci-. ¡Has de regresar! ¡Te queda mucho por hacer!

– No necesariamente -respondí, tozuda-. No es contradictorio. Preciso aventurarme, lo acepto. ¿En dónde mejor que aquí? Alfombras mágicas. Amigos de ayer, de hoy y de siempre. Volver a ser niños, adolescentes, jóvenes, pero sin verme sometida a terrenas pasiones. Tú mismo lo anunciaste, vestido de Sabú: «¡Diversión y aventuras, por fin!». Eso sí que sería un sueño.

– Hablando de sueños. Valorando las condiciones objetivas -intervino Manolo, con frialdad-

nos queda muy poco tiempo para que concluyas el tuyo y ocupes de nuevo tu cuerpo.

– No digas eso, por favor, y no lo digas así, como si no te importara. Me duele, no quiero dejaros. ¿Qué será de mí? Me quedo con vosotros, ésta es la mejor aventura que puedo desear.

– Cuca, no se lo tomes en consideración, ya sabes que éste, cuando se emociona, se pone adusto -le disculpó el otro-. Es su forma de defenderse. Pero su bondad es más profunda que la nuestra.

– Cierto -dije-. Posee un temperamento solidario y justiciero.

– Dejaos de gilipolleces -cortó el aludido-. He estado conversando con una señora que vivía en tu barrio más reciente, y que ha irrumpido en Este Mundo con una información de primera. Dice que, mientras la trajinaban en el furgón, vio salir de tu portal a una chica de unos veintitantos, alta y atractiva, que llevaba una bolsa cargada con tus diccionarios.

– ¿Desde el coche fúnebre vio eso? -me sorprendí.

– Algunas comadres -observó Terenci- mantienen al morir las mismas dotes de fisgonas que las adornaron anteriormente e hicieron de ellas temibles portadoras de rayos X en las pupilas.

– Dinos -me urgió Manolo-, dinos sin dilación si hay alguien en tu entorno más inmediato lo bastante leído como para buscar palabras en los diccionarios.

Retrocedí, ofendida.

– Muchos leen en mi familia. Entre el círculo de mis colaboradoras y amistades, la lectura es un elemento de primer orden, y un libro puede cambiar una vida, como bien sabéis, aparte de que leer es conocer y conocer es amar.

– Reina, deja el refranero editorial y canta -me instó Terenci-, que como no te podamos salvar nos vamos a quedar el colega y yo más amargados por la Eternidad que las hijas de Bernarda Alba.

– ¿Esa chica sólo se llevó diccionarios?

– Sí. Sí. Hizo una corta visita a tu piso, después de pasar unas horas contigo en el hospital Clínico y de hablar con los médicos. Mantuvo una conversación con la portera, que también escuchó la vecina, y le prometió que cuidaría de tus palabras hasta que te pusieras buena.

– ¿Mis palabras?

– Nuestras palabras -aclaró Manolo-. ¿No lo entiendes? Las palabras que usamos los escritores y que los diccionarios guardan para nosotros. Es un detalle emocionante.

– ¡Paula! ¡Es Paula! -Me eché a reír-. ¡Le encantan los diccionarios! Eso es quererme, llevarse mis palabras para protegerlas.

– Y te quiere tanto que hará que te desconecten en cuanto dé con tu testamento -acotó, pensativo, Terenci-. ¿Cómo es ella?

– Científica. Va a ser investigadora, aunque está en la fase de entregarse a la medicina pública en esa cámara de tortura para médicos internos re-

sidentes que puede resultar Urgencias. Talento, sensibilidad, alegría de vivir, compromiso… Se va por las selvas a montar dispensarios, lo cual no le impide salir de marcha cuando se lo pide el cuerpo, es culta… Cuando era niña solía llevarla a la librería Antonio Machado. Se metía en la sección infantil y salía con carretadas de libros. Hasta que un día se dirigió a una estantería y eligió las obras de Shakespeare. No había cumplido los trece años.

– Eso que nos cuentas es muy inquietante -comentó Terenci.

– Hummm. Hummm -Manolo, lacónico.

Tenían razón.

– Si descubre mi última voluntad se empeñará en ejecutarla -resumí-. Porque es científica y por respeto a mí. Convencerá a mi familia, hablará con los médicos, pondrá abogados de por medio… Intentará evitar que pierda la dignidad, qué delicia de niña.

– Calla, tonta. -Terenci me sacudió por los hombros-. Ignoras que nosotros hemos recibido un soplo, de muy buena fuente. Allá Abajo, los médicos conciben serias esperanzas sobre tu despertar. No sufrirás secuelas, ni psíquicas ni físicas.

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