– Entonces -insistí, sin que me importara repetirme en adverbios de tiempo-, ¿no me matasteis? O, si lo hicisteis, ¿la cosa fue mal y quedé postrada?
– Amiga nuestra -dijo Manolo-, en diversas ocasiones has insinuado semejante posibilidad, y hemos hecho como que no te oíamos porque sólo un desvarío temporal pudo haberte inducido a pensar eso de nosotros.
– Pensé que me añorabais tanto… que me queríais tanto… ¡Menudo chasco!
Sollocé sin que me importara mojar el lino, ni que me contemplaran con asombro los figurantes que, riada arriba, riada abajo, paseaban por aquel tramo de Rambla. De buena gana les habría volatilizado, tal era mi rabia, pero no me atrevía ni a moverme. Saberme viva, y en un Allá Debajo de cuyas exigencias me creía ya dispensada, me espantaba.
– No seas tonta, mujera . Nuestro cariño no es de los que matan, sino de los que ayudan a vivir.
¿O no era eso lo que tú proclamabas en tus días de duelo? ¿ Que sin nosotros tu existencia carecía de alicientes?
– Por otra parte -terció Manolo-, hay esperanzas. Te mantienen enchufada a una máquina y los médicos se muestran pesimistas, pero en nuestro aventajado habitat actual hemos consultado con no pocas eminencias difuntas y aseguran que existen grandes posibilidades de que te recuperes en condiciones satisfactorias.
– Eso ocurriría -le cortó Terenci- si no hubiera dejado atrás el maldito testamento. Por cierto, ¿dónde lo guardaste? Nadie da con él. Aunque no tardarán en hacerlo, ¡en mala hora!
– Lo metí en el diccionario María Moliner -dije-. Pasaba por una etapa depresiva, así que lo coloqué entre la M de menopausia y la O de os-teoporosis. Segundo tomo.
Terenci lanzó un suspiro de alivio:
– ¡Acabáramos! En estos tiempos no hay quien se interese por consultar un diccionario, y mucho menos de tomo y lomo. Lo más que miran es Internet. Con suerte, a los libros sólo les pasarán el plumero y, entre tanto, nuestra comatosa volverá en sí.
– No sé. -Manolo no parecía convencido-. A veces alguien lo hace. Consultar diccionarios impresos, quiero decir. Sea como fuere, se esfumó el alegre disfrute del Barrio que nos habíamos propuesto. Hemos de intentar por todos los medios a nuestro alcance que ese maldito testamento desa-
parezca. Esta mujer tiene todavía unos años de vida por delante. Y no olvides, Terenci, que cuando la trajimos con nosotros no sólo pretendíamos que nos ayudara a completar nuestros recuerdos. Nos incumbe otra misión.
Me miró con ternura:
– O, como tú dirías, otra misión-misión.
– Me siento muy bien aquí, gracias. Muerta, con vosotros. Llevaba una vida de mierda, no os falta razón.
Manolo se levantó, consultando la hora en su reloj biológico.
– Vamos al cine. Nos relajará.
– Vale -aceptó Terenci-, pero me dejas escoger a mí. Por lo menos, una de las dos. Y sin No-Do, ¿vale?
Se apresuraron y no me quedó más remedio que imitarles. Ni siquiera se volvieron para confirmar que les seguía.
Cine con cerveza
– Cuánta razón tenías, Manolo -comenté-, cuando escribiste, lo recuerdo con exactitud, que «el paseo por esta ciudad, esta concreta ciudad, significa recorrer la geografía del tránsito». Henos aquí a los tres, sorteando el tráfico del viejo Paralelo fantasmalmente, en pleno tránsito mortal. Yo, un poco menos que vosotros, según me habéis narrado, y lo lamento.
– ¡Mirad, tranvías! -se encandiló mi amigo-. No nos pueden atrepellar. ¡Atravesémoslos!
Terenci, travieso, se lanzó el primero. Y cruzamos con nuestros cuerpos astrales uno de aquellos armatostes eléctricos que algún día, más sofisticados, regresarían con su elegante simplicidad a las ciudades europeas mejor urbanizadas.
– ¿Lo veis? ¿Podría realizar semejante prodigio de no estar prácticamente muerta, lista para quedarme, valga la paradoja, viviendo con vosotros? -afirmé, más que pregunté, cuando alcanzamos, riéndonos, la acera de la antigua Cervecería Damm, la de los años cincuenta, con cine al aire libre en la terraza superior.
Se encendían las luces de las farolas pero el cielo aún aparecía malva y, pinzada entre esos dos resplandores, se extendía la serpentina de locales teatrales y carteles realzados con bombillas anteriores a los anuncios de neón.
Recuperamos la niñez. Nos hicimos con una mesa bien centrada, ya que era ficticia, muy cerca de la pantalla, en donde pronto las estrellas de Hollywood competirían con las que brillaban en el cielo, sobre nuestras cabezas.
– ¿Algún pervertido quiere gaseosa? -inquirió Manolo.
Era un niño regordete y serio, vestido en tonos agrisados, los de aquellos tiempos, y había dejado una cartera de plástico marrón sobre el velador cuya superficie de mármol, rajada y bordeada de chapa metálica, contribuía no poco, con su olor a cerveza añeja, a reproducir el ambiente de la época.
– ¿Qué escondes ahí, Manolo? ¿Deberes? -señalé la cartera.
Yo había elegido un vestidito de viscosilla a cuadros escoceses rojos y verdes, con falda tableada y peto blanco de puntillas. Me tiraban las trenzas, como siempre que me peinaba mi madre, pero aquel ligero dolor me parecía muy soportable, casi una alegría. Para compensar, los zapatos de charol que en vida tanto me atormentaron me sentaban como guantes de seda, y tampoco me comía los calcetines.
– No -respondió Manolo-. Son los recibos
de seguros de vida y alquiler del nicho que voy a cobrar los domingos, de puerta en puerta, para ayudar a mi padre.
– Fijo que pasabas por mi casa. Otra cosa no, pero los pobres pagan el entierro religiosamente desde que tienen uso de razón…
– ¡ Ondia ! ¡Te veo de niño, y creo que te recuerdo de venir a la mía, a cobrarle a mi padre! -exclamó Terenci, rascándose los muslos a través de los pantalones blancos. Se había empeñado en vestirse de Troy Donahue universitario, con un jersey de perlé trenzado que lucía una gran H azul marino en la pechera: por Harvard.
– Y henos aquí a los tres -intervine, pomposa-, unidos en el tránsito final del que escribiste con acierto.
Manolo se impacientó.
– No me refería a este transcurrir, sino a la geografía de los tránsitos políticos. Si me permitís que me autocite, me satisface el párrafo: «… y de vez en cuando una maleta, una muchacha que corre, un reguero excesivo de hojas muertas o de brotes de flores rojas, indican que la esperanza, es decir, el deseo, es decir, la historia, crece entre las destrucciones, como los jaramagos, plantas tenaces donde las haya».
Nos quedamos más transidos aún, ante tanta sabiduría.
– Regresa, amiga -dijo Manolo-. Aquello todavía vale la pena. En cuanto nos veamos las pe-lis y nos trinquemos las cervezas con unas almen-
dritas saladas, echaremos toda la carne en el asador y nos lanzaremos a tu rescate para la vida real.
Terenci se sacó del bolsillo un puñado de programas de cine de vivos colores, y los extendió sobre la mesa.
– Yo empezaría por un musical de Betty Gra-ble y remataría con aquella de Don Ameche, El Diablo dijo no, también dirigida por Lubitsch, santo patrón de nuestra reunión en el Paraíso. Fue la última película completa que rodó, el pobre, y ya tuvo un ataque al corazón mientras organizaba aquel infierno en colores pastel, tan exquisito como su conocimiento de los agridulces senderos del amor.
– Pues mira, sí, me apetece -asintió Manolo-. Una de buenas piernas y otra de talento. ¿Quién da más?
Sorbí la cerveza con fervor, e hice lo posible para que su sabor me sorprendiera, porque a los diez u once años ni siquiera una adelantada como yo había probado el preciado líquido inventado por los egipcios. Y no quería recordar mis cervezas posteriores. Quería experimentar el primer sorbo, el primer aroma, la primera espumilla pegándose a mi nariz.
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