Rebufé.
– ¿Para qué quiero una Eternidad en la que mis mejores amigos muertos se empeñan en hacerme reproches? Maldita sea, ¿es que no podemos ser celestialmente superficiales? ¿Vais a contarme qué pretendéis de mí?
– Como poeta que fui, investigo una lírica teoría que explica el porqué de tu insustituible colaboración en nuestro empeño.
– ¿Como cuál? ¿Qué teoría es ésa? -Me puse en jarras. Con la engorrosa sábana húmeda todavía encima, no resultó sencillo.
– El ouroboros. Nos llevó tiempo averiguarlo, pero hemos comprendido que, entre Terenci y yo, no formamos la representación adecuada para reproducir un Barrio tan complejo como el nuestro ni unas infancias tan ricas. Esa figura es el ouroboros, la mítica serpiente que se muerde la cola, símbolo de perpetuidad y de plenitud, que ya Eliot utilizó, y yo mismo, en algún que otro poema. Una imagen de primera.
– ¡Una serpiente! ¿Para ver el Barrio? -me escandalicé.
– Mujer, puesto así… Supon que soy la cabeza… Y un gran cabezón sí que me adorna, lo reconoceréis. Terenci encarnaría la cola…
– ¡ Colita retrechera! -palmoteó el otro.
– Y tú serías la parte fecundadora… En fin, no hagas que me ponga rojo de vergüenza.
Reflexioné.
– Si no estuviéramos muertos, os diría que so-
mos carne de psiquiátrico -advertí-, pero os concedo que, dentro de la sinrazón, tiene sentido. No sentido-sentido, pero sí sentido a secas.
Retiré la sabanita de mi mano izquierda y me rasqué el dorso con la derecha, un truco que utilizo a menudo para ganar tiempo. Manolo aprovechó para divagar:
– Entre éste y yo sobran palabras. Una mirada, un gesto, y ya está: servido un período histórico, un acontecimiento…
– ¡Un estreno de Hollywood! ¡ La Traviata de María con Visconti, en La Scala de Milán! -se extasió Terenci.
– Pero el Barrio… Aquel universo nos atañe demasiado, somos incapaces de representarlo porque cuando uno de nosotros se pone a rememorar, qué te diré, el aspecto de las azoteas, se le atraviesa el otro con una evocación personal, íntima. Como ambas memorias son centrífugas y simultáneas, el recuerdo se dispersa. No cuaja ni cuajará nunca, a menos que dispongamos del tercer elemento. Carecemos del tercio central de la metáfora, esa parte que facilita la articulación de sus prolongaciones, haciéndonos fluir del uno al otro, de la cabeza a la cola. El vientre feraz de nuestra memoria emocional. Y ése eres tú.
– ¡Ahora me llamáis barriga! El uno es la Mente y el otro la alegre Colita. Para mí queda la tripa, la bodega, el útero, lo que siempre ha sido imprescindible pero que ancestralmente habéis opacado para montároslo a lo grande.
Cerré los ojos, teatral.
– Maldita sea. Carecéis de sensibilidad. Allá abajo no creía en los hombres, y aquí tampoco me va a ser posible.
Era una trola. Si su Gran Fallo me había colmado de satisfacción, saber que mi presencia a su lado era determinante para subsanarlo me llenaba de orgullo. Pero no podía demostrarlo. Tenía miedo de que se habituaran a mí, de que se cansaran. Y también de no dar la talla.
Había olvidado que penetraban en mis pensamientos. Terenci alargó una mano envuelta en sábana empapada y me acarició la cabeza.
– Ay, mujer a, esa inseguridad. Tú y yo hemos de hablar muy seriamente, y éste también quiere decirte algo. ¡Mas no ahora! ¡Ahora, a lo nuestro! Anda, Wendy, pon un poco de orden en nuestras muertes.
Oh, sí, un poco de orden-orden, me dije. Tantas emociones me mareaban.
– Sopesemos la situación -decidí, tomando las riendas de nuestros destinos, al menos por esa noche.
– Si nos cuentas el Barrio tal como lo recuerdas, tú, que estás fresca aún y con una tercera versión, la propia de tu experiencia, conseguirás que se ponga en pie.
No me gustó la entonación que Terenci le dio a la palabra fresca. Repensando la figura elíptica que me proponían, me sentí como una pescadilla recién enharinada, mordiéndose la cola y lista para pasar a
la condición de frita. ¿Me mataron mis propios amigos? Era una pregunta que me había planteado antes, sin que me importara: el asesinato por nostalgia no debería figurar como delito. Otra cosa era que me hubieran liquidado para obtener el dichoso tronco de ouroboros. Aunque, en este caso, ¿su acción no sería el resultado de una nostalgia aún mayor, y por lo tanto más perdonable? La que sentían por el Barrio, y que les había inducido a utilizarme.
– Nuestras memorias -añadió Manolo- se unirán a la tuya, creo yo, en cuanto revivamos, por tu mediación, algunas emociones pertenecientes al tiempo y al lugar de la infancia.
– Y cuando lo hayáis conseguido, ¿qué pensáis hacer? -inquirí, irónica-. ¿Abandonarme por un cadáver más joven?
– ¡Nunca Jamás! ¡Nunca Jamás! -gorjearon.
Ahora sé que no me mentían, pero entonces no les creí. Siempre he pensado que las cosas demasiado buenas no duran. Ni siquiera en la Eternidad.
– Está bien, está bien. Os contaré un cuento. Pero antes, ya que me habéis adjudicado un papel central -el subrayado casi se arrastró por los infiernos, de marimandona que me puse- en vuestra historia, permitidme que asuma cuanto el mismo conlleva. Dejadme que os diga que vuestra Pos Vida es un desastre. Os disfrazáis cada dos por tres, pero vuestra capacidad para reinventar interiores no os ha facilitado ni un solo entorno acogedor. Criaturas mías, ¿os dais cuenta de que ni siquiera tenéis zapatillas?
– Qué rapapolvo -se quejó Terenci.
– Mujer, visto así -se justificó Manolo.
– Anda, reina, con lo dispuesta que eres -Terenci, zalamero.
– Muy bien. Si es lo que queréis, lo obtendréis con creces. Os fiscalizaré. Convertiré vuestra inmortalidad en un sinvivir. Por ejemplo, ¡esas manos! ¿Cuándo os las habéis lavado por última vez?
Extendieron los brazos, con las palmas hacia arriba, y bajaron la cabeza, como un solo crío.
– No nos riñas, no nos riñas. Por favor -suplicaron.
– ¡Hum! ¡Qué barbaridad! -Pasé somera revista al material-. ¡Podéis hacerlo mejor! ¡Estropajo y jabón de sosa!
Manolo esbozó su sonrisa de chinito, la de las sobremesas felices. La fue extendiendo como un biombo, hasta mostrar los últimos molares.
– Qué grande eres y cómo nos comprendes -dijo, mientras yo frotaba las cuatro manos con los susodichos enseres, que aparecieron en mi regazo en cuanto los convoqué.
– ¡Es jabón Lagarto! -suspiró Terenci-. La marca predilecta de las torturadoras de mi familia. Nueve de cada diez amas de casa lo usaban cuando yo era niño.
Fanfarrona, atajé:
– Cállate. Cuando se ha convocado una especie de cadalso mezclado con tribuna del Ensanche, y se ha pretendido tratarlo como a un balcón del Barrio Chino, lo menos que hace uno es callarse.
Me repantigué en la mecedora y crucé las manos sobre el regazo, tirando del camisón azul para que me cubriera las piernas.
– Creo que comienzo a gozar de potestades ul-trahumanas -sonreí-. He pensado jabón y estropajo, he pensado mecedora y camisón, y aquí me tenéis. Os voy a poner un piso en la Eternidad como Dios manda. ¡Hala! Pijamicas y a la cama, y os contaré un cuento que hará surgir el Barrio junto con el sol del nuevo día que nos espera.
¡El Barrio!
Después de que se lavaran los dientes les vestí para el descanso nocturno. Elegí pijamas de franela, que en el Barrio se consideraban un lujo con el que afrontar algo menos desvalidamente los inviernos que manchaban de humedad las paredes. Me tentó concederles sabañones en los dedos de los pies, pero mi bondad innata me lo impidió. Les instalé en camas gemelas. La de Manolo, sin embargo, sufrió un proceso rápido de reformas, ya que:
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