Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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Ahora le tocaba emocionarse a Shirley, pero ella no lo disimuló, sino que disfrutó del momento y buscó un pañuelo de papel para secarse los ojos en un gesto deliberadamente teatral.

– Muchas gracias, querida… No te prometo nada, pero agradezco la oferta… Es muy bonito por tu parte.

– Creo que voy a vomitar -dijo Solange-. No soporto tanta cursilería junta. Creo que me caíais mejor cuando os llevabais mal.

Se rieron las cuatro.

– Esto se parece un poco al final de una película, ¿verdad? -Marga, cómo no, insistiendo en el momento emotivo-. Han pasado tantas cosas desde que Javier murió…

– Y lo que te queda, Marga… En cuanto regresemos a Madrid tendrás que participar en la entrega pública de la película. ¿Ya sabes qué significa eso? -Había que evitar a toda costa que siguiese hablando de Jan, pues iría derecha al pozo de las lágrimas-. Significa fotos, entrevistas, cámaras de televisión y toda la fanfarria que vuelve locos a los americanos.

– ¿Tú crees?

– No conoces a Herder, ni a sus asesores. Montarán un show al más puro estilo Hollywood con el que salir en todos los informativos de costa a costa. No pongas esa cara. Serán sólo unas horas, y cuando todo acabe serás un poco más rica y podrás olvidarte de las preocupaciones económicas.

El camarero llegó con los entrantes: aros de cebolla crujientes y aceitosos, alitas cubiertas por una salsa marrón capaz de subir el colesterol sólo con olerla, barras de mozzarella fundida y una ensalada César con la que aliviar la mala conciencia del exceso. «Pues nada, de algo habrá que morirse.»

– ¿Y tú, Victoria? ¿Qué vas a hacer?

– Volveré con Herder a Nueva York en cuanto acabemos con el paripé de la entrega de la película. Tengo trabajo allí. Se supone que debo hacer lo posible por convertirme en la perfecta esposa de un senador. Ayudaré a recaudar dinero, pediré el voto para mi marido, aguantaré a un montón de pelmas y a lo mejor hasta inauguraré supermercados.

– ¿No te da pena?

Era Solange quien preguntaba, pero quizá sólo ella y la propia Victoria entendían el significado de la pregunta. No te da pena vivir con un hombre al que ya no quieres, no te da pena tirar la toalla, no te da pena renunciar a ponerte el mundo por montera y enfrentarte a todo, empezando por ti misma… Victoria se obligó a sonreír.

– Claro que no. Será una experiencia. A lo mejor hasta me divierto. Quién sabe, quizá mi marido llegue a presidente. ¿No os parece que yo sería una primera dama estupenda?

Sólo Marga se dio cuenta de que la voz de Victoria no era la de siempre. Se miraron las dos, y Vic recordó a Jan. Él hubiese sabido perfectamente lo que estaba pensando. Pero su mujer, la bondadosa Marga, solamente podía intuir que algo no iba bien. Hubo unos segundos de silencio.

– Buenísima. -Shirley parecía estar evaluando sus posibilidades-. Eres guapa y tienes buen tipo, y un gusto increíble para la ropa. Que conste que lo pensaba incluso cuando me caías mal. Esa Michelle no te llega ni a la suela del zapato. Sigo sin fiarme de ella, ya os lo dije. Victoria quedaría estupendamente en la Casa Blanca. Sería como Jackie… Bueno, mucho mejor que Jackie, porque ella tenía un padre borracho y no sé si sabéis que su hermana era un poco ligera de cascos… ¿Tú no tienes hermanas así, verdad?

Volvieron a reírse, pero sólo Shirley y Solange eran sinceras. Justo en ese momento, como si se tratase de un milagro, el móvil de Victoria empezó a sonar.

– Es un número de Londres… Perdonadme.

Salió fuera, para escapar del estruendo de las conversaciones y los platos.

– Hola.

– Victoria… Espero no molestarla.

Era la voz de Douglas Faraday. Algo -pero ¿qué exactamente?- cambió de sitio dentro de Victoria.

– No, claro que no… ¿Qué tal Pinter?

– Terrible. Esta vez, Lockwood va a tener muy difícil su defensa.

Victoria se rió. No es que Faraday hubiese dicho nada muy divertido, pero su risa era sincera.

– Escuche, voy a hacerle una propuesta… ¿Le gustaría acompañarme a Oxford mañana?

Un silencio. Victoria se dio cuenta de pronto de que también en la calle había ruido: coches que pasaban, charlas en voz alta, música de un guitarrista callejero, el repiqueteo de una máquina de palomitas… Sin saber por qué agradeció toda aquella banda sonora de la ciudad.

– Verá, me avisaron cuando usted se marchó… Mañana tengo que visitar a una dienta… La señora Coleman.

La señora Coleman… aquella abuela desalmada que iba a comprar a su nieta una antigualla como regalo de bodas.

– Ya.

– Se ha empeñado en hablar conmigo antes de decidir lo que va a comprar. Vive en Bourton. Está muy cerca de Oxford, y he pensado que tal vez a usted le gustaría acompañarme a la ciudad y conocer la casa de Arvid Soderman. Allí… allí hay algo que creo que le gustaría ver.

– Y, naturalmente, no puede anticiparme nada…

– Claro que no. Ya sé que sólo su curiosidad va a librarme de hacer el viaje solo.

– Me tiene bien calada, ¿eh?

– Vamos, anímese. Le enseñaré la ciudad. Podemos almorzar por allí, si quiere. El pub de CS Lewis sirve buenas comidas. Y, usando mis privilegios de antiguo alumno, la llevaré a visitar Christ Church College…

– No siga. Parece que quiere venderme algo.

«¿Y qué dirán sus amigas, Douglas? ¿Qué opinará Emma cuando sepa que está tentándome para pasar el día conmigo?»

La máquina de palomitas lanzó al aire una nueva remesa de rosetas de maíz, y el chisporroteo recordó a Victoria los fuegos artificiales.

– Me encantaría, Douglas. Nunca he estado en Oxford.

– Entonces, decidido. Nos veremos a las nueve en el andén de la estación de Paddington.

– ¿No puede contar nada de lo que va a enseñarme? ¿Ni una pista?

– No. Y menos ahora, que ya la he convencido. Hasta mañana.

Cuando Victoria regresó al comedor, Marga y Solange se dijeron que acababa de recibir una buena noticia. Shirley no. Estaba demasiado ocupada mojando en kétchup aquellos aros de cebolla blandengues y pringosos, y pensando aún en la posibilidad de relacionarse, en un futuro lejano, con el presidente de Estados Unidos.

Victoria llevaba despierta desde las siete de la mañana. Había desayunado ferozmente ante la incredulidad de Solange -«Tía Vi… ¿dónde lo metes?»- y tardado más de lo habitual en decidir qué ponerse. La hija de Jan -«Dios mío, la nieta de Douglas»- la observaba, divertida.

– Entonces, ¿te ha llamado otra vez? Vi, es una historia preciosa… Está intentando recuperarte, ¿no lo entiendes? ¿Cómo es? ¿Es guapo? Oh, daría cualquier cosa por poder vigilaros por un agujerito…

«Solange, si supieses lo nerviosa que me estás poniendo…»

– Afortunadamente, eso está fuera de tu alcance. -Recogió el monedero y un pañuelo para el cuello-. No digas más bobadas y aprovecha el último día en la ciudad. Os veré esta noche en la cena. Pásalo bien. Adiós.

Cuando Victoria llegó a la estación de Paddington, Faraday ya estaba allí. Lo observó durante unos segundos desde lejos. El cabello abundante, el rostro anguloso, aquella nariz perfectamente definida, los labios finos, la silueta precisa… Era exactamente igual que jan. Sin embargo, el corazón de Victoria jamás se había acelerado al acudir a una cita con su amigo, y aquella mañana le parecía llevar en el pecho la aldaba de una puerta que se negaba a abrirse. Se concedió unos segundos más para observar a Douglas sin ser vista. Quería ser testigo de su impaciencia, verle mirar el reloj, pasear nerviosamente por el andén. Cuánto tiempo, pensó, cuánto tiempo hacía que no le importaba a ella cómo la aguardasen. Cuánto tiempo que no se le alborotaba el pulso al saber que alguien la esperaba.

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