José Santos - La Amante Francesa

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Primera Guerra Mundial. El capitán del ejército portugués Afonso Brandão está al frente de la compañía de Brigada de Minho; lleva casi dos meses luchando en las trincheras, por lo que decide tomarse un descanso y alojarse en un castillo de Armentières, donde conoce a una baronesa. Entre ellos surge una atracción irresistible que pronto se verá puesta a prueba por el inexorable transcurrir de la guerra.

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El deseo creció, se volvió irresistible, arrebatador, incontrolable, la respiración pesada, jadeante. Ella sintió que sus piernas Saqueaban, cayó en la cama y se perdió en las sábanas. El capitán le lamió la oreja derecha, bajó hasta el cuello y después, liberando sus senos del camisón, recorrió los pezones erectos con la lengua, los chupó y los lamió, eran rosados y firmes. Metió la mano por debajo del camisón, la ayudó a quitarse las bragas y la acarició entre las piernas. Después, cuando la sintió muy húmeda, se quitó los pantalones del pijama y buscó la entrada.

Doucement -susurró ella.

Afonso la penetró con suavidad. Se sintió embriagado, era como si se hubiese sumergido en un delicioso frasco de miel, infinitamente dulce, caliente y húmedo, tan sabroso que hasta se le hizo la boca agua. Agnès cerró los ojos, gimió, echó la cabeza hacia atrás y lo sintió dentro de sí, abriéndola, explorándola. Sin que Afonso lo esperase, ella se giró y rodó encima de él, dominándolo. El capitán nunca había visto a una mujer en esa posición, ni siquiera lo habían hecho las desenfadadas chicas de las Travessas, en Braga. Pasada la sorpresa inicial, aceptó el dominio, lo consideró una cosa excitante más que la francesa le enseñaba. Ella lo cabalgó con entusiasmo, con su vientre danzando de arriba abajo, a veces acariciándolo con la yema de los dedos. Cuando sentía que la eyaculación era inminente, le apretaba las manos.

– ¡Para! ¡Para! -imploraba.

Ella se inmovilizaba, paciente, hasta que la lava que lo quemaba retrocedía poco a poco, y después recomenzaban, siempre besándose y acariciándose. Minutos más tarde, ella se tumbó y él volvió a la postura dominante. Sintió que su cuerpo ganaba velocidad y ritmo, dejándose llevar, cabalgando autónomamente con creciente intensidad, cada vez más rápido, hasta que ya no pudo contenerse y se descargó con un grito, y entonces el cuerpo estalló y gimió de placer, al mismo tiempo que ella se agitaba debajo en un orgasmo más prolongado. Todos los músculos se endurecieron, alcanzaron un pico de tensión y, pasada la oleada alucinante, se relajaron de inmediato. La respiración recobró su normalidad gradual, una indescriptible sensación de bienestar les llenó el alma de paz y se durmieron enlazados en un abrazo.

Capítulo 6

La luz, esa mañana, era límpida y suave. El sol difundió una claridad helada por el manto blanco intermitente que cubría el paisaje agreste de las trincheras. Diciembre había llegado con nieve y un frío glacial, más helado cuando el cielo se abría con un azul puro, como hoy, restos de copos amontados aquí y allá, como si estuviesen echados al abandono, pequeños charcos de nieve derretida en los cráteres y en las fosas de los surcos rasgados en la tierra entre parapetos, donde se amontonaban los topos humanos. La vegetación yacía quemada por el hielo o el fuego de la guerra. Los árboles, desnudos, carbonizados y mutilados, se alzaban como espectros obstinadamente de pie en aquella tierra revuelta por el acero y la muerte.

La tranquila placidez del paisaje albo creaba la ilusión, agradable pero peligrosa, de que allí no había guerra, impresión intensificada por las nuevas sensaciones que habían entrado de repente en el mundo del capitán Afonso Brandão y que daban color a su nueva perspectiva de vida. La intensa noche con Agnès y la complicidad que se estableció entre los dos amantes, complicidad cimentada en los fugaces encuentros que tuvieron los cuatro días restantes de descanso del oficial, avivaron en él otro estado de ánimo. En cierto modo, el capitán temía ahora aún más las semanas de trincheras, pero, al mismo tiempo, y a pesar de un mal disimulado sentimiento de culpa por su relación con la mujer de otro hombre, la perspectiva del regreso al descanso se presentaba más luminosa, llena de promesas, de encantos prohibidos, de placeres renovados, de emociones arrebatadas.

Era la mañana del día 6 de diciembre. La noche de la víspera, Afonso y la Infantería 8 habían regresado a las posiciones deNeuve Chapelle. El frío era punzante y, si ya se manifestaba así a principios de diciembre, ¿cómo sería en enero y febrero? Apoyado en el parapeto interior de la línea B, los pensamientos del capitán se dividían entre el esfuerzo por protegerse del hielo que le entraba por el dolmán y el deseo de refugiarse en el calor del recuerdo ardiente de Agnès y en el universo de fantasía que construía en su alma apasionada, anticipando los nuevos encuentros que preveía después de esta semana en las trincheras. Sacó del bolsillo la cigarrera plateada que la baronesa le regaló guiada por la emoción de la despedida, se llevó distraídamente un Kiamil a los labios y lo encendió, siempre sumido en sus pensamientos, intentando encontrar en el acre humo del cigarrillo el dulce aroma de la boca de la baronesa, la fragancia perfumada de L'heure bleue. Tan absorto estaba que sólo se dio cuenta de que el teniente Timothy Cook se acercaba cuando el oficial inglés de enlace lo saludó.

– What ho, Afonso, old boy?

El capitán bajó a la Tierra y miró al recién llegado.

– ¿Eh? -exclamó-. Ah, hola, Tim.

– What's up? -preguntó Cook, deseoso de saber qué novedades había.

– Nada. Por el momento, todo sigue igual.

– Entonces, ¿cuál es el motivo de tanto revuelo? -preguntó el teniente inglés en su portugués británicamente abrasileñado.

– ¿Revuelo? ¿Qué revuelo?

– El que se ha armado en la C line.

– ¿Qué ocurre en la línea C?

– No sé, dímelo tú. He visto un montón de gente en la puerta del puesto de señaleros, en Dreadnought Post.

– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?

– Ahora mismo, he pasado por allí y había un tumulto tremendo.

Afonso miró a Cook con expresión interrogante.

– No sé nada -dijo-. Espera que voy ahí a ver qué pasa.

El capitán recorrió con Joaquim la línea B, llegó a la línea de comunicación, Jock Street, giró a la izquierda y entró por Winchester Road, cogió la línea C, siguió hacia la derecha y fue hasta el puesto de señaleros de Dreadnought, un hoyo abierto entre sacos de arena. Al acercarse, se dio cuenta de que había, en efecto, un rumor agitado en el lugar.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó al teniente Curado, que se quedaba a la puerta, con oficiales inquietos a su alrededor.

– Una revolución, mi capitán.

– ¿Una revolución? ¿Qué revolución?

– En Portugal, mi capitán. Bernardino y Afonso Costa se han marchado.

– ¿Qué me están contando?

– Como le digo, mi capitán. Ha habido una revolución en Portugal.

Afonso entró en el puesto, donde todos hablaban animadamente, en medio de gran alboroto, se abrió paso entre los oficiales excitados y fue a hablar con el telegrafista.

– Cuéntame qué es lo que está pasando.

El telegrafista, un alférez de nariz protuberante, lo miró desanimado, por enésima vez le hacían la misma pregunta, todos querían saber qué pasaba, qué informaciones llegaban por telégrafo, y se había cansado de repetir la misma cantilena. Suspiró y decidió ser escueto.

– Sé muy poco, mi capitán. Sólo la información de que ayer hubo una revolución y que se combate en las calles de Lisboa.

– Me han dicho en la puerta que han derrocado al presidente de la República y al primer ministro.

– Por lo que sé, eso aún no se ha confirmado, es una mera especulación. Si hay combates, supongo, eso significa que aún no hay nada decidido.

– ¿Y quién encabeza ese golpe?

– Un tal mayor Paes.

– ¿Mayor Paes? ¿Quién es ése?

– No lo sé, mi capitán.

El teniente Pinto, su mejor amigo dentro de la Infantería 8, apareció entre otros dos oficiales, con su pelo rojo despeinado, como si acabase de levantarse, y le puso la mano en el hombro.

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