Maxim Huerta - El susurro de la caracola

Здесь есть возможность читать онлайн «Maxim Huerta - El susurro de la caracola» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El susurro de la caracola: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El susurro de la caracola»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Ángeles Alarcón, una mujer que se gana la vida haciendo pequeños arreglos y remiendos entre sus vecinas, pasea una tarde de agosto por la Gran Vía de Madrid. Frente a ella, en la otra acera de la calle, le sorprende la maniobra de colocación de un gran cartel de cine que ocupa toda la fachada del edificio. Allí aparece el chico más guapo del mundo, Marcos Caballero, el protagonista de la película de moda, Los días más felices. A partir de ese momento la existencia de Ángeles dará un giro radical: desatiende sus labores, acude el día del estreno para ver a Marcos de cerca, comienza a recortar todas las fotos y reportajes que de él aparecen en las diferentes revistas -hasta llegar a coleccionar 450 imágenes-, le sigue a las fiestas, averigua su dirección y comienza a espiarle para entender su rutina diaria…

El susurro de la caracola — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El susurro de la caracola», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Fundamentalmente tiritamos de amor cuando existe la posibilidad de que se haga cierto y, asustadas, acabamos enredadas en la historia que se cuela por el deseo inmaduro de las Hollys.

Con los churros en la mano me volví a mirar en el reflejo, más próxima que antes al vidrio, y fantaseé con la idea de que una cámara de cine me grabase detrás de mi espalda con la música de inicio de la película. «Moon river, wider than a mile. I’m crossing you in style some day…» Me vi desde fuera de mí. Había esa luz que solo aparece en las películas de lujo, amor y fantasía. La calle yerma de gente y yo frente a mi reflejo como única compañía masticando unos churros aceitosos. Al igual que Holly, llegaba de una fiesta que no era mía, pero, a diferencia de ella, estaba desayunando churros como simulados diamantes. Esperé el amanecer como los marineros esperan la hora de llegar a puerto; una luz, la del balcón de Marcos encendido y apagado después, me sirvió de faro para sentir que mi vida empezaba a ordenarse en el número exacto de una calle de Madrid.

5

Mi compañera de celda me mira mal. Tampoco me resulta extraño porque estoy acostumbrada a que me miren mal toda mi vida. Mi padre gritaba a mamá día sí día también. Y la cocina fue el refugio en el que, como esta celda, macerábamos peras al vino, hacíamos conserva de tomate dulce o guardábamos uva en sal para convertirla en agraz. A mi madre le gustaba cerrar la puerta con la excusa de que no salieran los humos, pero yo sabía que era para protegernos de otros humos que habitaban en el salón. Él, mi padre (no puedo llamarle «mi padre» en voz alta, no sé cómo consigo escribirlo), tosía escupiendo y eructaba apoyado en la ventana, a la vista de todos. Y fumaba, y fumaba, y fumaba.

Gaby, la colombiana que está instalada conmigo, tiene treinta y tres años pero aparenta los míos.

Tiene la tripa descolgada y las manos secas. Me mira mal, pero no quería decir que me mira mal, apenas abre el párpado izquierdo.

– Me lo rompieron antes de entrar aquí.

Mi madre también se curó durante semanas una herida en la ceja que cicatrizó mal de puro profundo que era el corte. Se lo curó ella sola porque no quiso ir al médico. Me dijo que se había golpeado con la cabecera de la cama al levantarse de madrugada, pero era mentira. Siempre mentía. Y esto lo he heredado de ella. Mentir me protege. Aquella noche escuché el golpe seco desde mi habitación. Pero no era el impacto de una persona al caer sobre la madera. Fue él, como tantas otras veces. Yo empecé a dormir con la puerta de mi cuarto cerrada, no quería-no soportaba- escuchar los gritos mudos de mamá al retirarse de los fuertes bofetones y porrazos. Me tapaba los oídos y formaba un eco interior murmurando letras y números. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco…, contar me ha vuelto a salvar de la desesperación aquí también.

El día siguiente lo pasé también, casi entero, con la esperanza de verle. Paseé un rato por su barrio para hacerme a la vida que le rodeaba y me compré alguna cosa… Una libreta para ir tomando notas de horarios, entradas y salidas de Marcos; la verdad que para no ser detective me parecía la primera regla que debía cumplir. Amén de la invisibilidad. Metí la libreta en mi bolso. El barrio era muy distinto al mío.

La gente era más joven, más guapa. Y todo estaba lleno de escaparates que escondían los precios de las prendas. El horno era un espectáculo para la vista, no había visto cosa igual. Era un derroche de variedades de pan, con tonos diferentes, más o menos tostado, y en la vitrina-parecía una joyería-había tartas de las que sacan los americanos en sus películas: con moras, con frutas, con chocolate de colores. En una estantería de madera, así como de la Casa de la Pradera, tenían mermeladas y dulces envasados en frascos tapados con tela de cuadritos. No quise mirar los precios. En la charcutería cercana, solo «calidad» según el cartel, había decenas de tipos de jamón, unos colgados y el resto expuestos con jugosos cortes en mostradores iluminados por luz de neón. Había también varias agencias de viajes, con destinos que salían por la tele. Y, aunque el barrio me pareció amable, un circuito de edificios y tiendas ordenadas en el que daba la sensación de que al cuarto día crees que los conoces a la perfección a todos, eché en falta cabinas telefónicas. Todos caminaban con móviles en la mano, o incluso auriculares, hablando en voz alta. Todos parecían tener más dinero en este barrio. De hecho, en el supermercado, junto al cajero, había un hombre que abría la puerta a las señoras y le daban monedas porque las ayudaba a cargar las bolsas en el coche. No vi muchos carros de la compra, al contrario que en mi barrio.

Tuve claro que si seguía yendo automáticamente todos los días por la zona, podía tropezarme con las mismas personas como si estuvieran girando de forma circular en unas vías imaginarias. También con Marcos. Una vez todos ponían sus actividades en marcha, la teatralidad de la calle era idéntica entre unos y otros. Quizá alguno miraba mi cara, pero no me veía. Quizá un joven que cruzaba el semáforo se tropezaba conmigo, pero yo le era invisible. A ese y a todos.

Apenas estuve unas horas estudiando el terreno, de once a tres, pero al día siguiente reconocí las facciones de la señora que entró al banco sonriendo, salió descompuesta y entró en la cafetería; incluso a la que se coló en la peluquería y salió diferente, coloreada y cargada de revistas caminando resuelta hacia un taxi. Todo consiste en mirar, observar; tomar nota si se hace necesario.

Esta era mi libreta de anotaciones, la tengo aquí en prisión y me ayuda leerlo: Observo el semáforo. Estoy aburrida. Se acerca una mujer despeinada. Dos horas. Rizado. Sonrisa. Para mí que solo le ha cambiado la expresión.

Mujer de gris. Lleva prisas. Toca timbre pero nota que está abierta. Empuja puerta sucursal. Tarda cuarenta y cinco minutos. Triste. Alterada. Parece que llora. La mujer revisa una lista entre manos. Bus.

Hombre de traje. Amigo de traje bronceado baja de coche caro. Veinte minutos. Chica joven. Beso. Gesto fraternal de apoyo. Caricia en la mano. Hija.

Hombre de mediana edad con camisa arremangada. Susurra en voz baja. Se acerca a las personas. Viene a mí.

Disimulo. Sigo aburrida. Le veo susurrar a los demás. Pide dinero.

Opto por bajar la cabeza y centrar la mirada en mis zapatos.

Nota a mano: quizá todo consiste en ser una relojera de los otros, esperar y descifrar sin datos qué está pasando alrededor, solo lo que observo, sin más preguntas. Esa puede ser la estrategia para entrar en el escenario de Marcos Caballero.

Mis cualidades no eran las de James Stewart, pero siempre tuve mucho olfato para los demás; para mí-tan cenicienta- he sido una desorientada toda la vida. En la primera de las semanas en las que me dispuse a moverme en su barrio, descubrí que no hacía falta ser tan sigilosa como imaginaba. Las mejores horas eran las de la mañana, todo eran trabajadores, funcionarios y muchas señoras. Las visitas al banco de la esquina eran muchas, sin embargo aluciné al comprobar que muchos de los anónimos eran los mismos del día anterior. Esa semana un hombre de jersey marrón a rayas repitió tres veces cita con los empleados, era un cliente fijo que llegaba susurrando en voz baja números y palabras, se atusaba el pelo al entrar y hacía lo mismo al salir. Cuando estaba dentro se asomaba a la cristalera, entre los carteles, buscando nada. Llevaba zapatos de cordones, mal limpiados.

Otra vez aparecía la mujer de la peluquería. No debía de tener nada que hacer en casa porque era de las que caminan hablando solas. Esta vez con dos bolsas con varias cajas. Masticando palabras. Una rara (como yo) de manual. Llevaba cajas de zapatos. La seguí y me quedé delante de la puerta mirando el escaparate. Dentro las dos dependientas arrugaban la nariz al verla llegar y vaciar las bolsas. Según pude observar, cambiaba el género por otro idéntico para probárselo en casa porque, decía, le daba asco descalzarse en la moqueta marrón. Muy interesante. Tenía un pie más grande que el otro y no le cuadraban los números. He aprendido a leer los labios.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El susurro de la caracola»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El susurro de la caracola» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «El susurro de la caracola»

Обсуждение, отзывы о книге «El susurro de la caracola» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x