Maxim Huerta - El susurro de la caracola

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Ángeles Alarcón, una mujer que se gana la vida haciendo pequeños arreglos y remiendos entre sus vecinas, pasea una tarde de agosto por la Gran Vía de Madrid. Frente a ella, en la otra acera de la calle, le sorprende la maniobra de colocación de un gran cartel de cine que ocupa toda la fachada del edificio. Allí aparece el chico más guapo del mundo, Marcos Caballero, el protagonista de la película de moda, Los días más felices. A partir de ese momento la existencia de Ángeles dará un giro radical: desatiende sus labores, acude el día del estreno para ver a Marcos de cerca, comienza a recortar todas las fotos y reportajes que de él aparecen en las diferentes revistas -hasta llegar a coleccionar 450 imágenes-, le sigue a las fiestas, averigua su dirección y comienza a espiarle para entender su rutina diaria…

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– Vale. Luego los cojo-le dije-. Si quieres te arreglo la cocina.

– Pues mira, sí, que la he dejado hecha un cisco.

– Yo me hice ayer un pollo con mostaza que leí en la revista… ¡Fácil decían que era! ¡Esos no lo han hecho nunca! Además, yo no uso nunca los chismes estos.

– ¿Qué chismes?

– El microondas.

– Si es fácil.

– Será para ti, chica, que eres moderna.

– Yo guardo las recetas, me las recorto-les dije sin levantar la mirada de las uñas de la Luisa-.

No están mal.

– Pues serás la única, porque las recetas de las revistas siempre son unas jeringonzas de no te menees.

Acabé con la Luisa y me puse con la Tere, que había estado mirando la cartelera en la mesa camilla.

– Echan una del vasco ese, el que hizo la de las mariposas.

– ¡Esa nos gustó!

– Hay una de Maribel Verdú. Será buena. Seguro que se meten con Franco.

– Será de la Guerra Civil, eso es lo que será. Quita, busca otra.

Los días más felices , es nueva. En el Avenida. Así nos tomamos un algo en el Nebraska, nos pilla bien.

Callé.

– Se te ha caído algo del bolso…-me dijo la Luisa cuando me levantaba.

– ¿Una cámara de fotos? ¿Dónde vas con cámara de fotos?

Antes de contestar abrí la bolsa de los coquitos y probé uno.

– Están buenos. Me tienes que dar la receta.

– ¡Pero si te la sabes de memoria! Anda, cóbranos y llévate los encargos, están en la entrada. Y deja, que ya haré yo la cocina.

– Hasta mañana.

– No, mañana no vendré.

A partir de entonces, me convertí en una embustera. La idea de que podía conocerle no me dejaba concentrarme. Así fue, el día del estreno llegué la primera a la barrera que habían puesto en la acera del cine, me quedé pegada a la espera en la parte derecha evitando así el golpe de sol que daba de espaldas, por eso busqué el punto con mejor visión y menos solana. Me llevé una bolsita con galletas dulces y una botella de agua en el bolso para soportar la espera, la metí en el congelador la noche anterior y así, convertida en un bloque de hielo, podía aliviarme todo el día de canícula veraniega. Los de seguridad me sacaban de quicio con su exceso de profesionalidad porque cada diez minutos me recordaban que «eso» empezaba a las diez de la noche, que quedaba mucho, que si iba a esperar allí mientras organizaban las puertas y pegaban al suelo una alfombra roja que parecía de fieltro. A todo les decía que sí, que yo me quedaba, que había llegado de lejos, que se olvidaran de mí, que no quería perderme «eso». Las nueve de la mañana podía parecer muy pronto para estar rondando la entrada del Avenida, pero era la única forma de no estar comiéndome las uñas, o mejor dicho, de no estar haciéndoselas a María Luisa y a Tere, las vecinas que tenían cita aquella mañana otra vez. Les dije que estaba enferma y dejé las persianas semibajadas. El Día Uno de mi nueva estrategia no podía haber empezado mejor. Una de las hijas de la Tere, al cruzármela en la parada de metro, me preguntó y le dije que me iba al ambulatorio, que tenía las tripas revueltas desde la noche anterior.

– Es esta calor que mata, entre el resol del día y que no se puede estar en estos pisos, me estoy finiquitando…

– Mejórate-me dijo-, ya le diré a mi madre que te vas al médico, que no vendrás a casa hoy.

Me aseguré de poner gesto de angustia al decirle adiós a la muchacha. Iba con mi blusa turquesa y mi falda nueva, una que me hice con los retales de un pantalón del marido de la Luisa, que siempre tenía telas de sobra. Puede parecer extraño, pero, arreglada para ir al médico, no levantas sospechas porque las mujeres de mi barrio siempre nos hemos arreglado para ir al ambulatorio o para ir al centro, tanto vale.

El público empezó a llegar sobre las ocho y media de la tarde, en su mayoría niñas y madres, jovencitos, todos fans del chico de papel. El griterío empezó en ese momento, surgía de forma improvisada en cuanto alguna enloquecida avistaba algún coche que se paraba a las puertas del cine y sospechaba que podía llegar. Primero me entraba risa porque parecía que gritaban «¡Tierra!» y decenas de grumetes se ajetreaban en cubierta en busca de Marcos. Sucedía cada cinco minutos sin más motivo que la sensación de su llegada inminente, como si las ganas de su presencia nos hicieran verle en todos los que se acercaban rodeados de gente vestida de traje. Me dije: «¿Pero qué coño estoy haciendo aquí?». Estaba en la puerta del cine, tenía calor, estaba llorando como una niña, no sabía si era el mejor lugar del mundo, me preguntaba qué hacer, si escapar o quedarme. El caso es que cada vez sentía menos vergüenza, se me evaporaba ese pudor molesto de verme en la concentración de admiradoras. Porque, no sé cómo, la segunda vez que empezaron a alborotar de nuevo con su nombre me uní al griterío para liberarme de las tensiones. Rugíamos sin control, escandalizando a los que pasaban por la Gran Vía, que nos miraban atónitos, unas veces aplaudíamos y otras nos daba por dar vivas que parecían bramidos animales. Era la forma de sentirme una más del grupo, aunque lo que quería, lo que me pedía el cuerpo, era echarlas a todas de un rugido y quedarme yo sola con él a las puertas del cine. Quizá había más y mejores admiradoras de Marcos Caballero, pero yo me sentía obviamente única, le acababa de encontrar y tenía mil y una razones mejores para quererle. Mil y una razones para que me quisiera. Era mi actor favorito.

A una de las chicas se le cayó una foto al suelo, era similar a la del cartel, parecía de aquellos promocionales de mano que guardaba mi abuela en la despensa con caras de famosos de Hollywood o retratos de escenas míticas del cine en tecnicolor. Me agaché entre la marabunta de niñas y me la guardé en el bolsillo izquierdo. Esa fue mi primera foto de la colección. Aún tenía por revelar las que hice del cartel.

– Qué guapo es, ¿eh?-dijo una de las crías a mi lado-. Es ideal.

– Es ideal-repetí.

– Eh, mirad quién viene también… Es uno de la película.

– Qué flaco.

– Pero, tía, de qué vas, está buenísimo.

– A Marcos me lo follaría.

– ¡Me lo como!

– ¡Marcooos!

Una tras otra encadenaban comentarios acerca de su culo y de su cuerpazo sin ninguna moderación. Era la primera vez que escuchaba semejante retahíla de piropos chuscos en niñatas de coleta y minifalda. Todas me parecían iguales, amantes novatas del actor de aspecto primerizo y muy muy muy chillonas. No cesaban de gritar, hambrientas y febriles, levantando los brazos y compitiendo en osadía con las compañeras. El alboroto iba y venía desde la canallesca instalada en la primera fila hasta contagiarse a todas las muchachas del final, que, en peor sitio, esperaban ansiosas la llegada de la estrella. Yo al principio me vi ridícula y solitaria entre el bullicio de gatas, pero la emoción se sostiene a veces en pilares firmes que apenas tiemblan. Por eso me uní al fandango de las niñas sin rubor.

– ¿Te gusta?-me dijo una de ellas, molesta ante mi privilegiado lugar en primera fila.

– Supongo que igual que a ti.

– Eres la fan más mayor que conozco, qué guay.

Ha querido decir «vieja», pensé.

– A nosotras nos encanta, nos encanta. Me lo como. Marcos: el más guapo, ¡mira qué ojazos tiene!

– Verdes.

– Es un verde superespecial-matizaron.

– Y tan especial.

– ¡Y qué culazo, tía! ¡Hello, Marcooos!

– ¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?-me dijo una de las locas.

– Nada, estoy llorando. Es de alegría.

– Ya, tía, qué bueno que está… ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Isabel-contesté. Como ya dije, en estos casos, cuando la situación es así, siempre me invento un nombre.

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