Maxim Huerta - El susurro de la caracola

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El susurro de la caracola: краткое содержание, описание и аннотация

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Ángeles Alarcón, una mujer que se gana la vida haciendo pequeños arreglos y remiendos entre sus vecinas, pasea una tarde de agosto por la Gran Vía de Madrid. Frente a ella, en la otra acera de la calle, le sorprende la maniobra de colocación de un gran cartel de cine que ocupa toda la fachada del edificio. Allí aparece el chico más guapo del mundo, Marcos Caballero, el protagonista de la película de moda, Los días más felices. A partir de ese momento la existencia de Ángeles dará un giro radical: desatiende sus labores, acude el día del estreno para ver a Marcos de cerca, comienza a recortar todas las fotos y reportajes que de él aparecen en las diferentes revistas -hasta llegar a coleccionar 450 imágenes-, le sigue a las fiestas, averigua su dirección y comienza a espiarle para entender su rutina diaria…

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– Es superemocionante que también os guste a las mayores, ¿no?

Si alguien pudiera decir, volviendo la mirada atrás, que ha sido feliz en el ridículo, bien seguro que yo lo fui. Yo lo puedo decir bien alto. El amor, si sirve para algo, es para amar sin vergüenza, si no, no vale para nada. Fue exactamente lo que hice aquel día, porque el miedo es mal amigo de la necesidad. Me vi estirando los brazos para tocarle haciendo añicos mi vergüenza, me atreví a gritar dejándome la garganta en cada «Marcos, Marcos, Marcoos» y sobre todo aposté por rozarle para que viera que yo estaba allí, que me tenía, que quería contarle mis cosas, que quería explicarle mi vida en un solo segundo. Ahora lo recuerdo mejor, muchísimo más claro, porque en ese intante la cantidad de lágrimas que malgasté al verle llegar a la multitud me hicieron perderme su mirada. No sé bien si me miró, si su sonrisa de agradecimiento a los cientos de fans que estábamos en la Gran Vía rebotó con la mía o si conseguí que se entendiera mi «cuánto te quiero». Ignoro lo que pasó, se dice que las emociones son imposibles de describir, necesitamos creer que pasó, cómo lo recordamos o cómo quisimos que sucediera. Quizá por eso lo he mitificado y solo me recuerdo volviendo a casa apretando la foto de Marcos contra mi pecho y con la respiración agitada: «No sabes cuánto te quiero. Tengo planes para nosotros dos». Lo dije masticando las palabras sin miedo, ajena a que venía caminando hacia mi portal sola. Sola. Había empezado a hablar sola, como si tuviera todo el eco atrapado en los intestinos y necesitara hablar más que pensar. «Tengo planes para nosotros dos.» Al decirlo me liberaba de la tensión y de las ganas de estar a su lado y agarrarle de las manos. Me dolía el pecho y me escocían los ojos. Es lo único que recuerdo medianamente.

Se me olvida casi todo. Solo con decir su nombre me siento bien.

4

Tardé dos días en pisar de nuevo la calle de Marcos Caballero. Cuando acabó el estreno aquel 29 de agosto, esperé a la salida del cine y les seguí hasta la fiesta posterior que celebraron en una sala cercana (de este modo no me despegué de su troupe) y esperé durante horas en la acera de enfrente. Aquella noche Marcos llevaba un traje negro, con zapatos negros y camisa negra, de la fiesta salió con unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca y unas zapatillas del mismo color. Cuando abandonó el local, le seguí hasta su casa. Fue entonces cuando sorprendentemente me descubrí a mí misma más serena-ninguno se dio cuenta de mi presencia, seguramente ebrios-, y me convertí en una sombra de su figura.

Para mí acababan de empezar los títulos de crédito de la película, la mayoría de las veces presagio de la incertidumbre. Ángeles Alarcón era yo. La protagonista más desconocida de mi barrio, la mujer con más secretos enquistados en la memoria, la que dejaba colar a las vecinas por esperar un rato más en la cola, la huidiza, mentirosa por necesidad, la soñadora, la mujer que entraba sola al cine aunque fuera acompañada, la que compraba comida de gatos y alpiste, la que soñaba con ser Audrey Hepburn en cada joyería… Me había aprendido las frases de todas las películas y retenía diálogos enteros. Ahora Ángeles Alarcón tenía todos los títulos de crédito delante de sí mísma, pero en secreto. Esa noche de estreno dejé atrás a la mujer miedosa y tantos años solitaria para dedicarme solo a él.

Marcos era delgado y tonificado a la manera de un deportista de élite, tenía-ya lo he dicho- los ojos verdes. Su pelo cogía algo de alboroto cuidado que caía sobre la frente de medio lado; de espalda ancha y paso firme, a veces simulaba que daba patadas a las cosas por la calle. En cualquier caso, solía jugar a caminar bromeando, de esos que están invitados por la vida y tienen algo de impetuosos. Todo esto lo imagino yo ahora porque, aquella noche de fiesta en la que averigüé el lugar donde vivía, le acompañaban a su casa varios miembros del equipo de la película-imagino-, que continuaban hablando del tema protegiéndolo de los extraños de la noche.

– Creo que es la noche más emocionante de mi vida.

– Eres la hostia, tío.

– No imaginas cómo me siento.

– Yo medio borracho. Tú es que no has cogido una copa.

– Quería vivirlo. Es que no quiero que se me olvide. ¡Es mi sueño!

– Había cada tía…, acojonante, eh. Joder, qué bestial.

– En la puerta era como los estrenos de los americanos. ¡No voy a pegar ojo!

– Joder, ¡y es tu primera película!

– … Buff…, menos mal que no he bebido. ¡Estoy feliz!

– Pues grítalo, coño.

– ¿Aquí en la calle?

– Grita.

Marcos cogió aire y gritó: «Estoy feliz, ¡¡feliiiiiiiz!!». Sonó tan fuerte que el eco entre los edificios hizo que vibrara toda mi piel.

– ¿A qué hora quedamos mañana? Estoy muerto.

– Ya te dormirás una siesta en el coche.

– Había una que me gritaba tequieros.

– Ni me he dado cuenta. He entrado como un zombi en el cine detrás de ti.

– A empujones, dirás. Recuerda lo de mañana.

– Lo que quiero es recordar lo de hoy.

Era la primera vez que escuchaba su voz. Tal vez iba borracho, tal vez era la noche, pero sonaba tan adulto, tan mayor, tan sereno… Su voz resonaba como ciertos pasos en ciertos callejones: seguros, firmes, sigilosos.

– Por cierto, ¿te fijaste en la música de los títulos de crédito?-añadió Marcos ya en su portal-.

Es como una versión de Moon River .

– Sí, aflamencada. Anda, duerme. Te veo mañana.

– Me subo a casa.

– Buenas noches, estrella.

– … ¿Es verdad que me gritaban tequieros?

– Sobre todo una de primera fila.

– ¿Y qué más?

– Anda, vete a dormir. Hasta mañana.

En este punto de la noche, Marcos abrió la puerta y se coló en su casa. Yo me quedé esperando silenciosa en la parada del autobús, fingí sentarme a la espera apoyada en la propaganda. Unos seguros del hogar que garantizaban mucha felicidad para toda la vida con una paradisiaca playa dominicana y una sonriente familia en primer plano. «Aseguramos su felicidad.» Yo la acababa de asegurar también.

Marcos apareció de nuevo en su balcón. Bueno, su silueta recortada al trasluz de sus cortinas. Tomé nota de la dirección exacta y salí hacia casa como una absurda, pero campante y segura de lo que estaba haciendo. Por fin era una absurda feliz.

Ya eran las siete y media de la mañana, me compré unos churros en uno de los bares cercanos que estaban amaneciendo a la clientela. Rocablanca. Y ahora es cuando tengo que decirlo, compré los churros porque los vi humear en el ventanal del bar al mirarme de reojo en el cristal. Estaba agotada y el sonido de la persiana barriéndose hacia arriba me despertó súbitamente. Me quedé parada ante el aroma de los aceitosos churros como una Audrey Hepburn convertida en Holly Golightly ante mis propios brillantes. Por eso empecé a tararear Moon River mientras encendían las luces de la cafetería y me brindaban los buenos días desde dentro dos camareros. De tanto sueño no estaba para cánticos, pero hice un esfuerzo para completar la escena que estaba imaginando en mi cabeza, lentamente pasé al interior del bar y me apoyé en uno de los taburetes que se alineaban en la barra. En voz muy baja, como si no quisiera molestar al camarero, dije:

– Unos churros, por favor.

– ¿Café con leche?

– También.

Y me salí de nuevo al escaparate/ventanal como si me hubiera poseído la Holly madrileña que habita en todas las mujeres que paseamos solas por la capital. No me hizo falta bajarme las gafas de sol hasta la punta de la nariz para darme cuenta de que, por fin, me había convertido en la protagonista de mi propia película. De hecho nunca he conocido, hasta ahora, a una mujer que no quiera ser la protagonista de un cuento de hadas y tirite de amor por un amor imposible. O posible.

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