ANA MARÍA MATUTE
Todo comenzó un domingo en la Gran Vía de Madrid. Un domingo de esos de agosto en los que a las seis de la tarde no hay casi nadie circulando por las calles y el asfalto parece que respira. Yo iba con unas chanclas de goma, lo recuerdo porque me provocaron dos rozaduras que años después han quedado marcadas como dos premonitorios estigmas. En el cine Avenida estaban colocando unos carteles gigantescos anunciando una película de estreno, Los días más felices (ESTRENO 29 DE AGOSTO); me quedé embobada desde el otro lado de la calle, bajo un entoldado que me daba cobijo instantáneo, pero sobre todo sombra. La maniobra de los cartelistas era muy lenta y excesivamente mecánica, pero me estaba resultando entretenido ser la única espectadora de la composición de aquel gran cartel. De hecho, soy boba, miré a los lados de la Gran Vía para ver si era la única que estaba prestando atención a aquella lenta y organizada función de montaje en la fachada. El ajuste en vertical sucedía tan pausado que daba la sensación de que el cartel no se modificaba apenas, los obreros subían y bajaban con cuerdas trozos del puzle fotográfico que les habrían encargado montar. A ellos no les deparaba sorpresa alguna la suma de todas las piezas, a mí sí. Por eso me quedé apoyada en la pared a la espera del resultado. De pequeña era de las que elegían una cifra muy alta y contaba del revés hasta que me cansaba, cuando no podía más, sumaba las cifras resultantes y decidía que ese sería el número de la suerte de ese día. Así que estaba acostumbrada a esperar por muy parsimoniosa que fuera la tarea. Esperar es lo único que he hecho en la vida. El cartel me había conquistado porque, aunque solo podía verse la mitad del título del letrero y un enorme ojo de color verde, era un verde en el que me sentí cobijada.
El calor de aquella tarde de agosto era asfixiante y debía de serlo mucho más para los montadores del anuncio, pero cuando la cara del anuncio quedó totalmente formada…, me recorrió un escalofrío helado. La calle se me hizo enorme. Sentí que se batió a mis pies una convulsión seca, como si hubieran sacudido la Gran Vía a modo de alfombra. El cartel me zarandeó todas las emociones de agosto. Tuve que moverme del sitio en el que estaba y menearme precipitadamente en busca de aire, había perdido la respiración normal. Mis pulmones se habían vaciado sin darme cuenta, estrujados sin oxígeno por una mano ajena, y la agitación me impedía volver a fijarme en el chico de papel. Me estaba ahogando. Por más que intentaba coger aire apretándome fuerte en el pecho para volver a mirar el anuncio definitivamente compuesto, me era imposible. Me apoyé en una de las papeleras de espaldas a su belleza como si todas las fuerzas físicas se me hubieran escapado por los desagües de las aceras. Al llevarme la mano a la frente noté que estaba temblando nerviosa y me desvanecí empapada en sudor.
Minutos después, al incorporarme del suelo, era incapaz de pronunciar todavía su nombre. Me acordé de mi casa, de mi habitación con los cuadros de mamá y recuerdos alojados en los estantes, de la ventana que daba al patio de los gatos; incluso creí escuchar la voz de la abuela con su campanilla de aviso para comer que me devolvió el olor a guisado como si el humo de entonces todavía estuviera alojado en mis ojos impidiéndome ver lo de hoy. El calor era el mismo, tal vez más por la hora, pero me parecía que se apagaba de pura felicidad al saber que todo estaba sucediendo de verdad. En esto vi que había perdido una de las chanclas con la conmoción, la busqué con la mirada y me di cuenta de que se había quedado bajo el entoldado donde antes, tranquila, me había apoyado para ver la faena de los obreros. Sin separarme de la pared, más pegada que antes para sentir la columna segura sobre mis pies, y como si llevara un siglo conteniendo la respiración, levanté de nuevo la vista hacia la luminosa fachada del cine Avenida. Bajo el título, Los días más felices , apareció la sonrisa más bonita del mundo: Marcos Caballero. Me había olvidado de Dios.
Durante los tres días y las tres noches siguientes pasé por la puerta del cine para mirar su cara. Con el cansancio de quien ha descubierto el sentido de su existencia, me quedaba analizando cada palmo del cartel como una recién enamorada por un flechazo y conforme pasaban los días establecí una conversación imaginaria con la foto. Estática al otro lado de la acera, ajena al tráfico, le hablaba de mi vida, de todo lo que había pasado, de donde nací, incluso de las veces que había estado enamorada.
Estaba hablando con un póster de Marcos Caballero en plena Gran Vía y no me importaba. Supongo que alguno de los que pasaban me vio como una descerebrada sin casa que se pasaba las horas aquejada de gestos absurdos en esa conversación muda. Estaba tan guapo que era imposible no contagiarse de su monumental sonrisa de papel y alojarse en ella. No solo eso, sino que tenerle allí enfrente me hacía inmensamente feliz, me cambiaba mi visión del mundo y me desempolvaba de un montón de años de abatimiento. Es como si me hubieran dado un meneo por la espalda y me hubieran dicho a gritos: «Estás viva, mírale». Me acababa de quitar de encima esa amargura que algunas mujeres tenemos atrapada en diagonal entre el pecho y la sien. Pero volvamos a aquella tarde de agosto. Como estaba loca de la emoción, decidí seguir estándolo y plantarme bajo los obreros a pedirles alguna copia del cartel.
– ¿Qué pasa?-gritaron desde las escaleras.
– Que si tenéis la foto del cartel en pequeño.
– No.
– Puedo esperar, no me importa.
– Que no, que no tenemos.
– ¿Por qué?
– Porque… Que no tenemos y punto.
Como no tenían, eso me dijeron para quitárseme de encima, se me ocurrió buscar una tienda de regalos para turistas en la que vendieran una de esas cámaras desechables que acababan de inventar.
Resultado, acabé por la calle Mayor sudada y acelerada por las prisas, pero con la cámara en la mano y de vuelta al lugar más importante de Madrid. A esas horas, se estaba haciendo tarde, la Gran Vía ya tenía más trajín de gente y no había manera de sacar una foto decente de Marcos. Marcos. Qué bien sonaba: Marcos Caballero.
Sería una estupidez decirlo en voz alta. Marcos Caballero. Al intentarlo me salió desarmado y arrítmico como el tartamudeo de un borracho.
Tal vez no me había repuesto de la ilusión porque-y esto que voy a decir es muy frecuente cuando me atacan los nervios- impulsiva soy una total desconocida incluso para mí. Así que toqué al timbre de una oficina de seguros que tenía los balcones a la altura directa frente al cartel; se me ocurrió que era la única manera de conseguir una foto perfecta, cara a cara con Marcos. Con el exceso de entusiasmo podía haber esperado a otro día, pero decidí hacerlo aquella misma tarde. Permanecí quieta en los timbres, temiendo que no me abriera nadie o que me preguntaran más de lo que se me puede ocurrir con la imaginación. Sin embargo, santa Rita a veces se pone de parte de los optimistas. Me abrieron, me atusé el pelo sudado y subí por las escaleras pensando que era la mujer más esperanzada de la tierra, al menos de Madrid.
– ¿Qué desea? La oficina está cerrada.
– Vengo a mirar. Quiero pedirle un favor.
La señora de la limpieza intentó cerrar la puerta porque presintió que iba a agredirla al verme sujetándome al marco de la puerta y con una zapatilla agarrada en la mano amenazante. Todavía no me había calzado y andaba con la chancla sin poner, ajena a la pérdida de conocimiento y de sensatez.
– Perdone, es que venía corriendo.
No sé qué le expliqué, ni cómo. Pero Julia, la señora, comprendió el porqué de mis prisas y de mi aturdimiento en dos segundos. Supongo que escuchó todo lo que era incapaz de decir y no intentó averiguar nada más para lo que yo no tenía justificación que darle. Una loca que quería fotografiar al galán. Una fan absurda que acababa de despertar de su monotonía vital con la presencia del actor en la Gran Vía y que en cuestiones prácticas solo quería sacar una foto desde la balaustrada. Avanzando por el pasillo de las oficinas alcancé enseguida las puertas que daban a la calle, la señora abrió una de las hojas y me dijo: «Ahí está». Distinguió el nerviosismo de mis manos, porque me acarició la espalda con los guantes de látex de limpieza. Áspero y chocante. Lo recuerdo especialmente porque se me hizo ridícula la sensación que tuve, su tacto de plástico me pareció fantasmal, como si la señora no existiera, como si me hubiera abierto las oficinas algún espectro enviado por Marcos.
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