Maxim Huerta - El susurro de la caracola

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El susurro de la caracola: краткое содержание, описание и аннотация

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Ángeles Alarcón, una mujer que se gana la vida haciendo pequeños arreglos y remiendos entre sus vecinas, pasea una tarde de agosto por la Gran Vía de Madrid. Frente a ella, en la otra acera de la calle, le sorprende la maniobra de colocación de un gran cartel de cine que ocupa toda la fachada del edificio. Allí aparece el chico más guapo del mundo, Marcos Caballero, el protagonista de la película de moda, Los días más felices. A partir de ese momento la existencia de Ángeles dará un giro radical: desatiende sus labores, acude el día del estreno para ver a Marcos de cerca, comienza a recortar todas las fotos y reportajes que de él aparecen en las diferentes revistas -hasta llegar a coleccionar 450 imágenes-, le sigue a las fiestas, averigua su dirección y comienza a espiarle para entender su rutina diaria…

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Me he ido conformando la mayoría de las veces con verle a través de las fotos. Sobre todo ahora que estoy en la cárcel…

He desplegado sobre la cama dos carpetas en las que he guardado su vida separada por bloques: en una he guardado aquellas en las que aparece solo y en la otra, aquellas en las que está acompañado, esas las he ido separando. Justo en esta última carpeta es donde está la foto del otro día. La de las caracolas. Yo sabía que estaba extraño, como una desgana de enfado que le hacía tener la mirada perdida, se le nota mucho en la foto, y eso que últimamente he observado que siempre se pone gafas de sol para todo y hacen invisible su desánimo. Por eso tuve que empezar a fijarme en sus manos, en cómo las colocaba y si las agarraba fuerte o las escondía en los bolsillos. Su pose favorita es cruzado de brazos como abrazándose a él mismo.

En la cabecera de la cama, justo bajo el colchón de la litera de mi compañera de celda, he puesto con celo una foto de la primavera, es cuando suele estar más guapo de todo el año, se le nota relajado y ausente de problemas como si el año empezara ese mismo día con alguna novedad. En la primera fotografía que he pegado en la pared tiene la sonrisa auténtica, no la que pone postiza para los fotógrafos, tan mentirosa y absurda; la que se ve en este retrato es real, feliz, abiertamente feliz.

Alrededor he ido desplegando otras parecidas, no siempre sale bien, pero a mí me gusta incluso cuando se le nota turbio y distraído o cuando le pillan de improviso y sale como enfadado sin estarlo. He ido coleccionando todas sus fotos haciendo una cuidada selección de las mejores y descartando las pequeñas o las excesivamente repetidas. Tengo un primer plano del estreno de la primera película, que es mi favorita, también una en la que sale girado hacia su hombro y que se le ve tan dichoso como radiante. Y otra con gafas de sol. Y una con los brazos estirados como queriendo volar que me hartaría a besarlo. Y la del balón de playa. Y la del sofá rojo. Y en la que está disfrazado de espadachín. Y…

Y… Me hace mucha gracia una serie de tres retratos en los que simula a los monos de la sabiduría, con las manos en la boca, con las manos en las orejas y la tercera queriendo taparse los ojos a modo de guiño. En el tablón de corcho he colgado una en que se le adivina sosegado ante la cámara, va vestido de camiseta y vaqueros, y aparece acurrucado en la alfombra de su casa. Al lado he puesto la del traje azul clarito que llevaba el día que salía del restaurante con los directores y una chica. Así he ido cubriendo todo el corcho con fotografías, sin dejar huecos, montando un tapiz con sus miradas. Una junto a otra según el orden con el que las he ido coleccionando para vigilarle de cerca. Es mi única tarea desde hoy, ir poniendo y quitando fotos para mejorar este escenario en el que me han metido y hacer fácil el paso de los días. Puede parecer engorroso, pero no tengo nada más que hacer, ni quiero, la verdad. Me tocará ganarme el cariño de las guardianas porque únicamente espero-y esto es de vital importancia- que me sigan trayendo las revistas. De hecho, lo que me gustaría es ser la encargada del economato o de la biblioteca, me he enterado de que existen varios reclusos incorporados al trabajo, «socialmente útil» dicen, dentro del recinto penitenciario y así me puedo evitar que sea una odisea tener que arrancar todas las fotografías que salgan en las revistas. He escuchado que hay un módulo que llaman de respeto en el que todo es distinto a este en el que me han metido esta mañana y en el que el trato es mejor y en el que la limpieza y el orden es fundamental. Haré todo lo posible desde hoy para que me cambien.

He dejado guardadas las carpetas para seguir mañana empapelando mi espacio y conseguir la sensación de que puedo verle cada mañana al abrir los ojos. Algunas prefiero dejarlas guardadas para que no se estropeen, las he barajado tantas veces en busca de sus emociones que me conozco de memoria todas sus euforias, sus zozobras y sus triquiñuelas para fingir estados de ánimo. Ahí te pareces a mí. Te pareces muchísimo a mí.

Antes de bajar a las zonas comunes he sacado cuidadosamente una foto de la carpeta azul; es una imagen que ha dado la vuelta a los quioscos a pesar de estar desenfocada. La foto me llamó especialmente la atención por algo que me desconcertaba. Se les ve fracturados, sudados… Nunca me han gustado las bocas gruesas, es un presentimiento que barrunto desde que mi abuela me dijo que al abuelo le partían la cara cada noche en prisión-qué paradoja haber imitado sus pasos-, y ahora cuando veo ese tipo de bocas hinchadas y rígidas, siento que todo empieza a torcerse. El abuelo murió por culpa de la guerra, le delataron y fue encerrado, y yo desde entonces empecé a cogerle manía a todo lo político. Mi madre, en esto he salido a ella, me mimó en el rezo diario y fue calcándome sus premoniciones. Tenía todas las supersticiones del mundo que yo también he heredado. Yo le tenía miedo, porque se olía el mal como los perros huelen el misterio y arrancan a ladrar mirando a un punto fijo. Ahora me he convertido en una mezcla de los dos, en prisión y supersticiosa. La primera vez que me barrunté que algo negativo pasaba fue en la feria del pueblo, era septiembre, no había hecho más que entrar al recinto de los pasacalles cuando, al mirar hacia la noria, empecé a oír gritos. «Un muerto, mamá», advertí. Al acabar mi premonición empezaron a oírse los gritos que había escuchado en mi interior: una niña de mi edad se había quedado enredada entre los hierros y había caído al vacío.

Esta vez, cuando vi la foto, intuí algo extraño. No me gustaba la chica de la boca gruesa.

«Módulo nueve, abrimos puertas. Salida general.»

El altavoz con el aviso ha sonado en todo el pasillo de forma metálica, no tenía origen, pero se hizo pastoso y bullicioso porque las puertas numeradas empezaron a abrirse electrónicamente para que todas las reclusas empezáramos a salir escaleras abajo en dirección al comedor. Observé mis paredes con las fotografías recién puestas y agarré una que tenía repetida para dejármela doblada en el bolsillo del chándal. Es la forma, la única forma, de que me acompañes en este nuevo lugar.

– Hola, señoras-dije al reconocer a las dos funcionarias que nos invitaban a caminar con prisa.

Eran las mismas de esta mañana.

– Salgan todas hacia abajo, al comedor.-No sé ni si me reconocieron porque, aunque cruzaron la mirada conmigo, hablaban sin hacer excesivos movimientos, lo hacían de tal modo que resultaba frío.

– ¿Cómo te llamas?-me preguntó una extraña de coleta y tatuajes que se unió a la fila al mismo tiempo que yo.

– Begoña Rojo. Me llamo Begoña Rojo.-Cuando me pillan desprevenida, suelo inventarme mi nombre, es una barrera que me protege ante los desconocidos.

– Y ¿por qué estás aquí?-me volvió a preguntar. Aquello era real, aquí sí que no tenía necesidad de mentir porque con todo lo que llevaba recorrido durante años, con el cansancio de los mimos mal digeridos y con el agotamiento de seguirle a él día y noche, sentirme ahora entre estos pasillos alicatados de blanco, esto no significaba una entrada al dolor, sino una salida. Llevaba meses chupando miserias, años alimentándome de las migajas del cariño de un chico que no me conoce de nada y al que conozco del todo. Prácticamente del todo. Mientras bajaba las escaleras hacia la planta baja apreté firmemente la foto doblada de mi bolsillo, sentí su cara, sus hombros, sus manos, su aroma. Me quedé callada un momento y sonreí:

– Por amor.

2

«El cine era uno de los más grandes, de entre los muchos que había en una calle que llamaban Gran Vía.

Solo ver sus grandes carteles en color, sus muchas luces encendidas y aquellas letras luminosas […] me hicieron latir el corazón. Presentía que allí me esperaba algo nuevo.»

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