Wisan se hace cargo de mi bolsa y, cuando el anciano consiente en soltarme la mano, me lleva a mi habitación. Me quedo dormido antes de que mi cabeza toque la almohada. Al anochecer acude a despertarme. Faten y él han puesto la mesa bajo el enrejado. No han reparado en gastos. El decano está sentado en una punta de la mesa, encogido en su silla de ruedas, y no deja de mirarme. Se le nota muy feliz. Cenamos los cuatro al aire libre. Wisan nos cuenta historias divertidas del frente hasta bien avanzada la noche. Omr se ríe con los ojos, la barbilla caída. Wisan es un fenómeno; me cuesta creer que un chico tan tímido pueda tener tanta gracia.
Regreso a mi habitación aturdido por sus relatos.
Me levanto muy de mañana, justo cuando la noche recoge sus faldones ante las primeras caricias del día. He dormido como un niño; hasta puede que haya tenido algún bonito sueño, aunque no lo recuerdo. Me encuentro mejor, en forma. Faten ya ha sacado al decano al patio. Lo veo por la ventana, hierático sobre su trono, como un tótem convaleciente. Está esperando que salga el sol. Faten acaba de preparar unas tortas. Me sirve el desayuno en el salón: café con leche, aceitunas y huevos duros, fruta del tiempo y tostadas con mantequilla y miel. Como solo; Wisam sigue en la cama. Faten acude de cuando en cuando para comprobar que no me falta nada. Tras desayunar, me acerco a Omr en el patio. Me aprieta con fuerza la mano cuando me inclino para besarle la frente. Si no habla mucho, es para saborear plenamente cada instante junto a mí. Faten se dirige al gallinero para dar de comer a los pollos. Cada vez que pasa delante de mí me dirige la misma sonrisa. A pesar del duro trabajo en la granja y de la crueldad de su destino, sigue al pie del cañón. Su mirada es árida y sus gestos carentes de gracia, pero su sonrisa conserva una púdica ternura.
– Voy a dar un paseo -digo a Omr-. Vaya uno a saber, lo mismo encuentro el botón de cobre que perdí por aquí hace más de cuarenta años.
Omr ladea la cabeza pero se le olvida soltarme la mano. Sus viejos ojos carcomidos por las tormentas de arena y los infortunios relucen como joyas desgastadas.
Tomo un atajo por el huerto hasta llegar a un resto de vergel de árboles esqueléticos, en busca de los caminos de mi infancia. Los senderos de antaño han desaparecido, pero las cabras han abierto otros, quizá menos inspirados pero igual de placenteros. Veo la colina desde la cual me lanzaba al asalto de las quietudes. La cabaña donde mi padre había instalado su taller se ha venido abajo. Una pared se niega a abdicar, pero el resto es sólo un amasijo de escombros nivelados por las lluvias. Llego hasta la tapia tras la cual, con la pandilla de primos, urdíamos emboscadas contra ejércitos invisibles. Sus grietas están invadidas de hierbajos. Mi madre enterró exactamente aquí a un cachorro que nació muerto y que iba a ser para mí. Sentí tanta pena que hasta lloró conmigo. Mi madre… un alma caritativa que se desvanece por entre los recuerdos, un amor perdido para siempre en el rumor del tiempo. Me siento sobre una piedra y hago memoria. No era hijo de sultán, pero veo un príncipe con sus brazos desplegados como alas, sobrevolando la miseria del mundo como una oración un campo de batalla, como un canto sobre el silencio de los que ya no pueden más.
El sol ya ha alcanzado mis pensamientos. Me levanto y subo la colina coronada por unos pocos árboles hirsutos. Escalo un talud y alcanzo la cresta. Era mi mirador en aquellos tiempos de guerras felices. Por entonces, cuando me erguía, tenía desde allí tal panorama que alcanzaba a ver, concentrándome un poco, los confines del mundo. Hoy, producto de algún pernicioso designio, un muro odioso se interpone incongruentemente a mi cielo de antaño, tan obsceno que los perros prefieren orinar en los espinos antes que a sus pies.
– Sharon está leyendo la Torá al revés -dice una voz a mi espalda.
Me vuelvo y veo a un anciano envuelto en una túnica descolorida aunque limpia. Apoyado en su bastón, con la cara descompuesta y el pelo ralo, mira de frente la muralla que oculta el horizonte. Recuerda a Moisés ante el Becerro de Oro.
– El judío es errante porque no soporta los muros -dice sin prestarme atención-. No es casual que haya levantado un muro para llorar sobre él. Sharon está leyendo la Torá al revés. Cree que está resguardando a Israel de sus enemigos y no hace sino encerrarlo en otro gueto, sin duda menos aterrador pero igual de injusto…
Me mira de frente.
– Perdone si le molesto. Lo he visto llegar por el sendero y he creído reconocer a un viejo amigo que nos dejó hace unos diez años y que echo de menos. Tiene usted su silueta y sus andares, y ahora que lo veo de cerca, también sus rasgos. ¿No será usted Amín, el hijo de Reduán el pintor?
– Así es.
– Estaba seguro. El parecido es increíble. Al principio, creía que eras su fantasma.
Me tiende una mano ajada.
– Me llamo Shlomi Hirsh, pero los árabes me llaman Zeev el ermitaño, por un antiguo asceta. Vivo en la choza que hay allá, detrás de los naranjos. Antes trabajaba como negociante con vuestro patriarca. Cuando perdió todas sus tierras, me convertí en charlatán. Todo el mundo sabe que tengo menos poderes que los pollos que inmolo en el altar de los casos imposibles, pero parece que a nadie le importa. Todavía vienen a pedirme milagros que no estoy en condiciones de atender. Auguro un buen porvenir a cambio de unos cuantos shekels, y como nunca son muchos, ningún cliente me lo tiene en cuenta cuando no acierto.
Le doy la mano.
– ¿Lo estoy molestando?
– Para nada -le aseguro.
– Muy bien. Últimamente viene muy poca gente por aquí. Por culpa del Muro. Qué horror de Muro, ¿verdad?; ¿cómo se pueden construir barbaridades semejantes?
– No sólo la infraestructura es una barbaridad.
– Desde luego, se han pasado totalmente. ¡Un Muro! ¿Qué sentido tiene un Muro? El judío ha nacido libre como el viento, inexpugnable como el desierto de Judea. Si omitió delimitar su patria hasta el punto de que casi se queda sin ella, es porque durante tiempo creyó que la Tierra Prometida era aquella donde ninguna muralla impidiese que su mirada llegase más lejos que sus gritos.
– ¿Y qué hace con el grito de los demás?
El anciano agacha la cabeza.
Recoge un terrón del suelo y lo desmenuza con los dedos.
– ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? Harto estoy de holocaustos.
– Isaías 1,11 -digo.
El anciano pestañea de admiración:
– Bravo.
– ¡Cómo se ha hecho adúltera la villa leal! -recito-. Sión llena estaba de equidad, justicia se albergaba en ella, pero ahora, asesinos.
– Pueblo mío, tus regidores vacilan y confunden tus derroteros.
– Por el arrebato de Yahvé la tierra ha sido quemada, y es el pueblo como pasto de fuego; nadie tiene piedad de su hermano, corta a diestra y queda con hambre, come a siniestra y no se sacia; cada uno se come la carne de su brazo.
– Pues bien, cuando hubiere dado remate el Señor a todas sus empresas en el monte Sión y en Jerusalén, pasará revista al fruto del engreimiento del rey de Asiria y al orgullo altivo de sus ojos.
– ¡Y Sharon, que se ande con cuidado, amén !
Soltamos una carcajada.
– Me has quitado el hipo -me confiesa-. ¿Dónde has aprendido esos versículos de Isaías?
– Todo judío de Palestina es un poco árabe y ningún árabe de Israel puede evitar ser un poco judío.
– Estoy totalmente de acuerdo contigo. Entonces, ¿por qué tanto odio en esta consanguinidad?
– Porque no hemos entendido las profecías ni las leyes elementales de la vida.
Asiente con tristeza.
– Entonces, ¿qué podemos hacer? -me pregunta.
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