Pero, incluso si Bigador no la perseguía y se desentendía de André, las cosas serían muy difíciles. También eso la asustaba: tendría que criar al bebé sola, sin ninguna ayuda familiar y casi sin dinero. Se vería obligada a mendigar una plaza para él en alguno de esos conventos de monjas que se ocupan de los niños de las inmigrantes solteras. Tendría que abandonarlo allí de lunes a sábado. Se refugiaría de nuevo en un cuartucho asqueroso, e iría cada día a trabajar muerta de nostalgia, recordando todo el tiempo que a su niño lo estaban cuidando las manos frías de esas mujeres vestidas de negro que lo dejarían llorar en su cuna y nunca se lo comerían a besos y no le susurrarían canciones africanas para dormirlo.
Claro que siempre podría regresar a Queimada y pedirle ayuda a Jovita. Pero entonces se moriría de apatía, se quedaría aplastada bajo el sol y las rocas desnudas como un lagarto, como un pájaro que cae desplomado al suelo tras un largo vuelo, sin conseguir llegar a su destino. Y si su hijo lograba sobrevivir a todas las penurias que les esperaban allí, nunca podría estudiar. Sería otro hombre condenado a la ignorancia, otro futuro gusano entre los pobres del mundo, arrastrándose en medio de una vida miserable.
Una y otra vez daba vueltas a todas aquellas ideas en su cabeza, y no encontraba ninguna solución. Se sentía encerrada dentro de la caverna roja, en la que soplaba furiosa una tempestad. Sola, sentada en un rincón, muerta de frío, aterrada. No había salida. Únicamente Bigador tenía acceso a la entrada, y la usaba a su antojo. Él era el dueño y señor de aquel ámbito, e imponía su voluntad mediante el látigo o la caricia. Era el torturador experto que sabe hasta dónde debe apretar el potro, hasta cuándo acercar el fuego a la piel o verter agua en los pulmones sin provocar la muerte, y que finge luego curar las heridas, calmar la angustia, devolver la esperanza.
Ella temblaba cuando oía sus llaves en la cerradura del piso. El cuerpo se le ponía en tensión, se estremecía como el de la gacela a punto de ser atacada por el león. Pudiera ser que el que entraba fuese el Bigador bondadoso, sonriente y enamorado. Pero también era probable que apareciese el otro, el déspota, el que parecía detestarla y se mostraba enfurecido sin razón y la volvía loca. A veces llegaba con regalos, un ramo de flores, una tarrina de helado, un disco. Luego le hacía la corte igual que un pavo real que despliega su cola. Le decía que la quería, la levantaba por los aires, le recorría el borde de los labios con la lengua, ponía música y agitaba ante ella su magnífico cuerpo, sabiendo que se excitaría y se le entregaría obediente y ansiosa. Y ella fingiría que era así. Se dejaría tocar y besar y penetrar. Pero lo haría tan sólo por no enfadarlo, sintiendo repulsión, teniendo que sobreponerse a las náuseas, luchando desesperadamente contra el asco que le producían sus manos, su boca, su sexo buscando el placer sobre su piel y en sus entrañas.
Había perdido por completo la capacidad de defenderse de su ira. Cuando él cerraba la puerta dando un portazo, y exhalaba sobre ella su peste a alcohol, y comenzaba a gritar por cualquier cosa, porque la cena no estaba preparada, o porque se había olvidado de comprarle la espuma de afeitar, o había estado en el banco y apenas quedaba dinero en la cuenta, o la encontraba demasiado seria, o le molestaba el ruido que ella hacía en la cocina mientras él intentaba quedarse dormido, São se acurrucaba dentro de sí misma, se metía en el rincón más profundo de su propio ser, encogida como un feto, y se mecía allí tratando de protegerse de aquella violencia que se desparramaba por la casa anonadándola, dejándola rígida y muda, con un nudo en la garganta que amenazaba con convertirse en un llanto infinito y el corazón latiéndole enloquecido, como una máquina a punto de estallar.
Luego, cuando él se dormía al fin o se concentraba en la televisión y los gritos callaban y volvían a oírse las voces de los niños de al lado y las patadas arriba y las músicas que sonaban a todo volumen en el edificio, cuando la vida volvía a ser ese flujo vulgar de pequeños ruidos molestos y expectantes silencios y ritmos tranquilizadora-mente reconocibles -platos golpeando las mesas, lavadoras centrifugando, patas de sillas arrastradas por el suelo, cubiertos cayendo, agua corriendo en las duchas, cochecitos de juguete rodando sobre el linóleo-, se sentía estúpida y cobarde. ¿Por qué no tenía fuerzas para plantarle cara? ¿Por qué no le contestaba y le chillaba y lo envolvía con su propio furor? ¿Por qué no era capaz de lograr que aquella boca atroz se quedase callada?
A veces se acercaba a la habitación mientras él dormía y lo observaba. Ocupaba toda la cama, con las piernas y los brazos abiertos, como si ella no existiera, como si no fuera a necesitar al menos un pequeño hueco. Descansaba profundamente, olvidado del terror que acababa de generar, o tal vez incluso orgulloso por ello. São lo miraba allí tendido, tranquilo, tan relajado como un niño inocente, y sabía que ni un solo sentimiento de culpa atravesaba su conciencia, ni el menor arrepentimiento, aunque a veces lo fingiese por despertar de nuevo en ella la ilusión imprescindible para poder volver a ejercer al día siguiente su crueldad, peticiones de perdón y promesas y hasta llantos que ella ahora veía caer con el corazón seco, arrasado por la profunda decepción y por el miedo.
Entonces apretaba los puños, se clavaba las uñas en la palma de la mano, y se decía a sí misma que nunca más le aguantaría un grito ni una orden, que no volvería a quedarse callada cuando la insultase o la despreciase, haciéndole creer que no valía para nada, que no sabía nada, que sin él no sería nadie en aquella ciudad poblada de inmigrantes como ella, ignorantes y estúpidas y miserables. No soportaría ni una vez más que le dijese que estaba demasiado gorda y que se quedaría así para siempre, o que después de hacer el amor afirmase que no le gustaba su cara contraída por el esfuerzo. No se rendiría de nuevo a su deseo, entregándose a él con los ojos cerrados no por el éxtasis, sino por la pretensión de no verlo agitándose encima de ella, exaltado como un perro junto a una hembra en celo. Escarbaría entre los restos que quedaban de sí misma, recogería con cuidado el orgullo, y la dignidad, y el valor, los alzaría sobre su cabeza y los arrojaría contra él igual que si le arrojase una piedra.
Se decía todo eso y luego regresaba a la sala y se echaba en el sofá, esperando desesperadamente que llegara el sueño. Y en ese momento sabía que nada de lo que acababa de afirmar era verdad, que en cuanto él abriera la boca llena de furia para maltratarla, su fuerza desaparecería y se pondría a temblar, se encogería de nuevo como la hoja de una de esas mimosas que se cierran sobre sí mismas apenas alguien las roza, se convertiría en astillas, en barro, en nada. Y que no tenía ninguna esperanza.
Cuando nació André, Bigador le mandó un billete a su madre para que fuera a ayudarles con el niño. De esa manera, São podría volver tranquilamente a trabajar y no tendrían que pagar una guardería o a alguna vecina que se lo cuidase. Doña Fernanda era una buena mujer. Ya había cumplido los setenta años, y tenía la mirada muy triste y la cara arrugada como el tronco de un árbol, pero mantenía el cuerpo ágil y los brazos fuertes. Su vida había sido dura, la miseria y el hambre, la guerra eterna, el marido ausente en la mina, los hijos muertos y los que se habían ido un día para enrolarse en alguno de los ejércitos rebeldes, sin que se volviera a saber nada de ellos… Tan sólo en los últimos años había encontrado cierta calma. Ahora vivía en la casita que Bigador había comprado en un barrio de Luanda, con uno de sus hijos mayores y su esposa y un buen puñado de nietos a los que criaba con toda la paciencia de quien sabe que lo único que le queda por hacer es morirse, y aguarda ese momento convencida de que lo que haya más allá, sea lo que sea, no será peor que lo que pasó.
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