Era un viernes por la noche. Lisboa ardía. El calor había ido concentrándose a lo largo del verano en las calles, inundando el asfalto y las paredes de las casas y los tiradores de las puertas. Hasta los árboles desprendían calor, como si un fuego invisible los estuviera devorando por dentro y lanzara luego sus vahos hacia el aire. Ella había trabajado todo el día. Estaba agotada. Su cuerpo era fuerte, pero el embarazo parecía menguar su resistencia. Se le habían hinchado las piernas y le dolían los riñones, como si alguien estuviera dándole latigazos allí, a la altura de la cintura. Llegó a casa con el único deseo en la cabeza de descansar, cenar algo rápidamente y acostarse pronto para volver a madrugar a la mañana siguiente.
Se encontró a Bigador tirado en el sofá, dormido. Había cinco o seis latas vacías de cerveza encima de la mesa.
La televisión estaba puesta a todo volumen. Una película en la que unos tipos se daban puñetazos y se perseguían unos a otros en coche, produciendo un ruido infernal. São quitó el sonido antes de acercarse al hombre y besarlo:
– Hola, cariño.
El abrió los ojos y se estiró, bostezando:
– Hola.
– ¿Qué tal tu día?
– Aburrido. No he hecho nada.
– ¿No has salido?
– No. No tenía ganas.
– Pues yo estoy cansada con este calor. Mira las piernas, cómo se me han hinchado…
Bigador echó un vistazo:
– ¡Vaya…! ¿Qué hay de cena?
– Arroz con bacalao. Lo dejé hecho ayer. ¿Te importa calentarlo? Necesito tumbarme un poco.
– Sabes que no me gusta el arroz recalentado…
São sintió cómo la sangre le subía por todo el cuerpo y comenzaba a bombearle en las sienes, una oleada de rabia que enseguida fue acallada por el miedo, igual que el agua silencia el fuego. Comprendió que el hombre estaba al borde de uno de sus ataques de ira. No quería oírle. No quería que sus gritos cayesen sobre ella como piedras afiladas. No lo soportaría. Le faltaban las fuerzas para enfrentarse a su cólera. Tenía la sensación de que, si él le gritaba, ella se desharía, se desvanecería en el aire, de la misma manera que se desvanecen los espectros. Sin darse cuenta, había entrado en la cueva donde se aloja el miedo, en ese ámbito terrible y rojizo en el que la víctima prefiere sacrificarse a sí misma antes que provocar de nuevo la ira de su verdugo. Así que no dijo nada. Fue a la habitación y se puso un vestido de andar por casa. Luego volvió a la cocina, silenciosa, y preparó la cena. Calentó el arroz, extendió el mantel, colocó los cubiertos y los vasos, sacó del frigorífico una cerveza para él y la botella de agua para ella, partió el pan, sirvió los platos.
Se sentaron a la mesa. Para entonces, São ya había superado el mal momento. Había ido haciéndolo más pequeño dentro de sí misma, reduciéndolo con esfuerzo hasta que sólo fue una diminuta mota oscura dentro de su cerebro. Intentó hablar de las cosas que le habían sucedido en la panadería, de doña Luisa, la viejecita de la esquina, que había llegado muy contenta y había estado contemplándose un largo rato en el cristal del escaparate porque su vecino del quinto, aquel chico tan guapo, le había dicho al encontrársela por la escalera que cada día parecía más joven, y que era una pena que él ya tuviera novia, porque si no le iría detrás. Y de Elisa, la niña tan preciosa de la primera bocacalle, que le había preguntado si era verdad que iba a tener un bebé y cómo se hacían los bebés y quién era su marido.
Bigador apenas contestaba. Había vuelto a poner la televisión, y ahora veía un partido de fútbol que le hizo dar un par de puñetazos en la mesa y pegar alguna que otra voz. São terminó de cenar en silencio. Deseó que el juego durase mucho para poder irse sola a la cama y estar ya dormida cuando él se acostara. En cuanto acabó, se levantó y recogió la mesa. Luego fregó los platos, los secó y colocó todo en su sitio. Pasó la bayeta por la cocina, el fregadero y la encimera. Ya podía acostarse. Bigador había cogido otra cerveza y estaba de nuevo tendido en el sofá. Seguía viendo el fútbol, pero el partido debía de ser poco interesante, porque ahora estaba callado y tranquilo. Se acercó a él de camino hacia el dormitorio:
– Buenas noches, le dijo.
– ¿Ya te vas a la cama?
– Sí, estoy muerta, no puedo más.
– ¿No vamos a salir?
– ¿A salir…?
– Es viernes, tengo vacaciones, y estoy harto de estar en casa.
São sintió un latigazo de dolor en los riñones, como si el miedo se le estuviese enganchando allí, preparándose para expandirse por todo su cuerpo. Trató de controlarse. Le pareció que era mejor que él no lo sospechara:
– Lo siento, cariño. Estoy agotada, de verdad, y tengo que madrugar. Saldremos mañana, te lo prometo.
Bigador se había mantenido muy calmado hasta ese momento, hablando en voz baja, tranquilo, como una fiera que acecha a su víctima sin hacer ruido. Ahora empezó a gritar:
– ¡Me has jodido las vacaciones! ¡No he podido ir al Algarve por tu culpa! ¡Y ahora no puedo ni salir a tomar una copa! ¡Sigue jodiéndome, a ver hasta dónde eres capaz de llegar!
São susurró:
– Vete tú. No me importa. Yo no puedo.
– ¿No te importa…? ¿No te importa…?
Y entonces se abalanzó sobre ella. El puño enorme le golpeó un pómulo, una, dos, tres veces. La otra mano gigantesca le sujetó los brazos que trataban de hacer frente a aquella mole inesperada, a toda esa brutalidad que se había precipitado encima de ella en un instante, desbaratando su orgullo de ser mujer, el ensimismamiento de su amor, su ciega confianza en la vida que había ido construyéndose, el refugio que había intentado levantar fervientemente para ella misma y él y su hijo contra la hostilidad y los malos vientos. No le dolía el cuerpo, no sentía los golpes, pero sabía que a medida que la alcanzaban, una parte importante de sí misma estaba huyendo hacia la nada, y no regresaría nunca más.
Bigador seguía gritando:
– ¿Te estás enterando de lo que te importa? -alzó el puño en el aire y lo mantuvo allí amenazador, muy cerca de su cara-. ¿Vas a seguir jodiéndome? ¡Di! ¿Vas a seguir jodiéndome?
São movió la cabeza y susurró:
– No…
La voz del hombre volvió a ser suave:
– Bien, así me gusta.
La soltó. Luego se dirigió a la puerta y salió. Ella se sentó en el sofá. Estaba vacía. Sólo era capaz de observar su cuerpo. Sólo le importaba comprobar que no sentía un dolor repentino en el vientre. Que no había un rastro de sangre en el cojín. Un coche aparcó en la calle y comenzó a tocar el claxon. Por las ventanillas abiertas sonaba un kizomba. São fue siguiéndolo, cantando en voz muy baja, arrímate a mí, mi negra, arrímate a mí, si tú vienes, yo seré un colchón de arena, una manta de estrellas, arrímate a mí. El pómulo comenzó a palpitar. La carne le latía por debajo de la piel. Se lo tocó despacio con la yema de los dedos. Acabó dejando la mano encima. La mano estaba helada. Aquel frío sobre el pómulo caliente era bueno.
Tenía que llamar a Liliana. Liliana iría a buscarla y la acompañaría a un hospital. Sólo Liliana sería capaz de sacarla de allí y construir un puente para ella que la llevase de nuevo a la realidad, al verano caliente y húmedo, a la alegría del niño dentro de su cuerpo, a los helados de chocolate que tanto le gustaba tomar al mediodía, a la sombra consoladora de los árboles, a todos los proyectos y esperanzas y deliciosos momentos de placer de que debía estar hecha la vida de una mujer embarazada. Lejos de la cueva roja del miedo, de las amenazas y la angustia y la asfixia.
Pero no podía llamarla. Ella la había avisado. Había percibido algo en Bigador, quizás aquel gesto, la boca torcida hacia la izquierda, los labios dejando entrever los dientes, y el destello perturbador en el fondo de los ojos. Al principio le había dicho que no se fiara de él. Y, de alguna manera, se lo había intentado repetir muchas veces en los últimos meses.
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