Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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Los domingos, mientras él veía en la televisión los partidos de fútbol con algunos amigos, São limpiaba a fondo la casa, le planchaba la ropa y cocinaba, dejándole comida preparada para toda la semana. Aprendió a hacer los platos que a él le gustaban, guisos de pescado con maíz, funje de yuca, cordero muy picante con verduras, y se pasaba horas en la cocina, sintiéndose afortunada de poder ocuparse de él de esa manera, dichosa de pensar que cada noche se repondría de la dura jornada de trabajo comiendo aquellas cosas en las que ella ponía todo el cuidado de que era capaz.

Cada día estaba más enamorada de Bigador. Y cada día le resultaba más necesario. Su llegada a Lisboa habría sido muy dura sin su apoyo. Él le explicó todos los pasos que debía dar para arreglar sus papeles. La llevó a los rincones más bonitos de la ciudad. Le hizo comprender las costumbres portuguesas. Y, en cuanto firmó el contrato, la rescató de la horrible casa de María Sábado para trasladarla a otra mucho más decente. São se marchó de aquel piso sin haber cruzado ni una palabra con los demás habitantes. Nunca llegó a saber que María Sábado había sido violada una noche por siete guerrilleros borrachos, uno tras otro metiéndose brutalmente dentro de sus entrañas de adolescente encogidas y maltrechas, y que parió un niño al que abandonó en mitad de la selva, sobre las hojas descompuestas de los miombos. Que los dos hombres que solían sentarse en el sofá a ver la televisión y que apenas la saludaban eran dos desertores del ejército de Unita, con la piel manchada por la sangre de muchas víctimas. Y que las mujeres que dormían durante el día en la habitación de al lado de la suya y a las que jamás vio habían sido engañadas en un bar de Luanda por una madama que les prometió trabajo como camareras en un buen hotel de Europa y luego las secuestró y las amenazó de muerte para que ejercieran la prostitución en un club, y que ahora envejecían vendiendo sus cuerpos desesperanzados en las esquinas más mugrientas de Lisboa.

Bigador la instaló en su mismo barrio, en Corroios, al otro lado del puente 25 de Abril, en el piso de un amigo suyo que vivía con su mujer y alquilaba dos habitaciones. El cuarto de São era pequeño, pero al menos los muebles tenían buen aspecto. Y, sobre todo, por la ventana le entraba luz. Daba a un descampado por el que merodeaban los gatos, maullando y haciendo ruido entre los escombros. A ella no la molestaban, ni siquiera cuando la despertaban en plena noche. Le gustaba oírlos jactándose en medio de la oscuridad. Los veía como luchadores infatigables, pequeños seres frágiles que sobrevivían día a día teniéndolo todo en contra, el hambre y la sed y el tráfico. Había también un cerezo, un arbolillo endeble que debía de haber crecido solo, aferrándose furiosamente a la humedad del suelo. Todas las mañanas lo miraba y recordaba los frutales de las huertas de Queimada, con sus olores dulzones y las hojas bailoteando en el viento. Pero cuando el sol se alejó cada vez más en el cielo y llegó el otoño, el cerezo comenzó a volverse rojizo y las hojas fueron cayendo lentamente. Ya había aprendido que en primavera volvería a brotar. Sin embargo, el día en que por fin le vio el tronco desnudo y patético, sintió pena. Aquella noche se lo contó a Bigador. Creyó que iba a entenderla pero, inesperadamente, el hombre resopló y luego se echó a reír con desprecio:

– ¿Se puede tener pena por un árbol…? -le dijo-. ¡No te comportes como una idiota!

En ese instante lo vio por primera vez. Un gesto raro, la boca torcida hacia la izquierda, el labio de arriba separado, dejando entrever los dientes, y algo rojizo en el fondo de los ojos, un destello del que parecían emanar rabia e ira. Se quedó callada durante unos instantes, asustada y, a la vez, dudando de sí misma. Estaban en la cama. Él se levantó y fue al baño. Antes de regresar, puso música, un semba lento. Entró en la habitación bailando, agitando las caderas mientras mantenía los brazos abiertos en el aire. Se echó en la cama. La besó muy suavemente y le cantó toda la canción al oído. Incomprensibles palabras en kimbundu que São deseó que fuesen de amor. Al terminar, le dijo en voz muy baja: te quiero. Ella se apretó fuerte contra él, como si pretendiera desintegrarse. Yo también te quiero, susurró. Bigador se levantó y abrió la ventana:

– ¡São me quiere! -gritó-. ¡Enteraos bien! ¡São me quiere! ¡Soy el hombre con más suerte del mundo!

Y luego se abalanzó sobre ella y se la comió a besos.

Cuando se quedó embarazada, en mayo, Bigador se puso muy contento. São al principio sintió miedo. Aunque desde que estaba con él había pensado a veces silenciosamente en la posibilidad de tener hijos, no estaba muy segura aún de que fuera el momento adecuado. Pero al ver que él se alegraba tanto, que le acariciaba la tripa entusiasmado y enseguida empezaba a imaginar el nombre que le pondrían -André, o Jorge, o Edson, sólo nombres de chicos, porque estaba convencido de que sería un chico-, empezó a pensar en la vida a tres, ella y Bigador y una criatura minúscula y vulnerable junto a los dos. Y le gustó la idea, a pesar de que sabía lo difícil que iba a resultar poder cuidarla con sus largas jornadas de trabajo y sin ninguna ayuda familiar. Pero se las arreglarían. Todo el mundo se las acababa arreglando. Parecía como si los hijos aguzasen el ingenio e hicieran que se te ocurriesen ideas que nueve meses antes ni se te hubieran pasado por la imaginación.

Él le propuso enseguida que se fuera a vivir a su casa. São aceptó sin pensárselo. Eso era lo normal. Una familia, tener un hogar, como todo el mundo. Y además, por las noches se sentía sola en su habitación. Le gustaba dormirse abrazada a él, y ahora necesitaba más que nunca que estuviese cerca y se preocupara por ella. Cuando estuviera gorda y pesada, sería bueno que se levantase a buscarle un vaso de agua si le entraba la sed. Sólo quería eso: pequeños gestos, un poco de ternura, alguien que hiciese un esfuerzo de vez en cuando para ayudarla. El embarazo le había dado mucha fuerza. Estaba alegre y tranquila, y se veía capaz de realizar cosas que antes ni se hubiera planteado. Pedirle a su jefe sin vergüenza las horas que le hacían falta para ir al médico, por ejemplo. O sostener la mirada sin sonrojarse a quienes la trataban con desprecio. Pero, a la vez, necesitaba sentirse más protegida que nunca, ubicarse en un espacio cálido y cómodo, donde todo transcurriera con suavidad, libre de cualquier zozobra.

Cuando se despidió de su cuarto solitario y trasladaron su única maleta al piso en el coche de Bigador, tuvo la sensación de que era la mujer más feliz del mundo. Hacía un día hermoso. La gente caminaba ligera y parecía despreocupada. Tal vez a todos les esperase en casa una amante de piel resplandeciente, un marido con los ojos brillantes de deseo. Sobre el puente y la desembocadura del río se pavoneaban alborotadas las gaviotas. La luz se reflejaba en sus alas y rebotaba luego en el aire, dejando un leve rastro violáceo que se esfumaba en un instante. Pasaron junto a una acacia florecida. Un soplo de viento ligero arrancó algunos pétalos, que entraron por la ventanilla y cayeron sobre su vestido. São se echó a reír: flores africanas bendiciendo su cuerpo. Llevaba un hijo del hombre al que amaba dentro de ella. ¿Podía pedirle algo más a la vida? Cogió una de las manos de él, la separó con fuerza del volante y la besó, muchas, muchas veces, hasta que Bigador logró soltarse y volvió a concentrarse en la conducción:

– No seas pesada -le dijo-, nos vamos a estrellar por tu culpa.

La pesadilla se repetía una y otra vez. Él estaba nadando en medio del océano. El mar era verde y claro, pero ella sabía que bajo aquella aparente calma había cientos y cientos de metros de oscuridad y pavor. Nadaba y jugaba y sonreía y se daba la vuelta. Pero, de pronto, algo sucedía. Su cara se transformaba. Tenía miedo. Se volvía débil como un niño. São sabía que corría peligro. Entonces estiraba la mano desde donde quiera que estuviese para sujetarlo. Él, sin embargo, la rechazaba. Era como si no quisiese que ella le ayudara. Como si prefiriese ahogarse, dejarse tragar por las aguas oscuras, antes de que ella lo sostuviera.

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