entre el polvo y el griterío, el tiempo se detuvo; creo que así sucede siempre en las batallas. ya no existía el paisaje, verde, florido y aromado. ni la niebla ni la polvareda permitían ver al enemigo, más numeroso en apariencia que nosotros. descendía con rapidez desde su posición, que había abierto mucho, y nos cercaba. tuve un presentimiento; lo rechacé. la confusión era terrible, y, pese a mi inexperiencia, percibí que perdíamos terreno. no sé cuánto llevábamos luchando, cuando tronaron unas raras trompetas. corrió hacia mí aliatar.
– pienso, señor, que hay tropas extranjeras. aquí no se usan tales instrumentos. cubro tu retirada.
sálvate.
pero era tarde ya. mis hombres reculaban sin orden ni concierto.
yo, fuera de mí, les grité para que se detuvieran.
– teneos. sepamos antes de quién huís. es gente que siempre hemos vencido.
no me hacían caso. huían. no todos, pero huían.
– la salvación está en vuestras manos -gritaba yo-, no en vuestros pies ni en las monturas. teneos.
los que quedaban a mi alrededor se batían con nobleza. bajaban por la cuesta nuevos refuerzos enemigos. eran los retrasados: alonso de aguilar, el alcaide de luque, el de doña mencía, los peones de santaella, los auxilios venidos de la rambla, de montilla, de castro del río, de la puente de don gonzalo y hasta de antequera.
habían respondido ahora a las almenas de rebato. todos estaban dispuestos a desquitarse del desbarato de los montes de málaga, con encono y resolución. mis pocos caballeros fieles se desmandaron y me arrastraron en su huida.
– ¿ es que no vais a defenderme?
tornad por vuestra fama. teneos, teneos -seguía yo gritando inútilmente.
me había quedado solo. me ensordecía el fragor. oía gritos, quejidos, amenazas, blasfemias, pero cada vez más lejanos. la contienda se apartaba de mí, no yo de ella. ami derecha, corrían las aguas del martín gonzález. mi caballo “ shir” (que quiere decir “ magia”), se atascó en el fango de la orilla. no conseguía avanzar ni retroceder. una flecha se le clavó en el pecho. inmovilizado, sangraba y resollaba con un ruido angustioso. me di cuenta de que yo estaba a pie, en medio de los enemigos que volvían. todo se hundió: la guerra, la vida, la muerte, el riesgo, y yo también, que nunca sería el mismo. sólo vi ya los ojos de “ shir”. giraban sin cordura, me suplicaban que lo sacara del atolladero para que él me sacase a mí del mío. quizá ése fue el momento de mi vida, antes de esta prisión, en que me haya encontrado más solo e impotente. no sabía qué hacer. mi caballo, con su mirada pendiente de la mía, esperaba desde el cieno que lo llevase a tierra firme. igual que él somos todos, siempre que tengamos a quién dirigir nuestra plegaria; no lo tenía yo. entre la niebla, desamparado y a la vez protegido por ella, saqué fuerzas de flaqueza, levanté con un sollozo mi espada, y degollé de un tajo a mi caballo.
sus ojos me miraron con estupor y sin ningún reproche; se cuajaron después. tuvo varios espasmos y dejó de sufrir. su sangre me había salpicado la cara, y me empapaba el brazo. sentí una arcada. vomité entre unas zarzas. ‘ traiciones y mentiras -me decía-. mentiras y traiciones. ¿ contra cuántos enemigos ha de luchar un hombre? ¿ es mi guerra ésta? ¿ esperaba alguien que yo hiciese algo con tanta fuerza en contra? ¿ qué ha faltado?
¿ es mía la culpa? ¿ aquién conduzco? ¿ quienes son mis aliados?
estoy solo. estoy solo. ¿ quién ha muerto por mí además de mi caballo?’ así pensaba cuando recibí una pedrada que me acabó de oscurecer la mente. no perdí, sin embargo, el sentido del todo. vi tres o cuatro peones que se acercaban con puñales y palos y una pica. intentaban prenderme. me defendí con el alfanje, y herí a uno. el de la pica la enarboló para atravesarme. me rendí. era todo como si no estuviese sucediendo. escuché que se proponían matarme y apropiarse de mis ropas y armas. lo iban a hacer, cuando aparecieron dos soldados de baena: eso decían; los otros eran de lucena. traían a su cargo cuidar de la rezaga, e impedir que los codiciosos mataran a los heridos para adueñarse de un arma, de unas botas, de un velo o de una silla.
acudieron más soldados; con los que ya había se disputaron la posesión de mi persona. se enzarzaron a golpes y a empujones. sólo estaban de acuerdo en que habían de matarme, y ‘aquí paz y después gloria’, repetían. entretanto, despojaron a mi caballo de su arnés. los tres o cuatro primeros, al ver que les arrebataban su presa, gritaron a voz en cuello:
’¡ lucena! ¡ lucena!’ llegó al galope un muchacho con superioridad. era el alcaide de los donceles, que perseguía a los pocos que quedaban de mi hueste. le refirieron, cada uno a su modo, la reyerta. me preguntó quién era yo.
muchos soldados saben suficientes palabras árabes para entenderse con nosotros en cuanto les conviene.
uno tradujo mis palabras.
– soy hijo de aben al hajar, alguacil de granada y principal del reino.
el alcaide me examinaba con sus ojos pequeños y sin energía. echó pie a tierra. se desatacó una de sus agujetas y, con el cordón, él mismo, sin dejar de observarme, me ató los dos pulgares. se volvió luego a uno que lo acompañaba:
– toma diez lanzas, y llévalo al castillo. yo sigo al conde, que va tras de los moros; no me fío de él, no sea que me deje sin nada que tomar.
hasta ver lo que vi en el camino de lucena ignoraba lo que es una batalla y por qué se guerrea.
no es una cuestión de religiones, ni de ideales, ni siquiera de querer imponer por la fuerza nuestra religión y nuestros ideales; sólo es una cuestión de ruindad y miseria: apoderarse de lo que otros disfrutan, apoderarse de sus bienes y de sus posesiones, y arrebatarles hasta sus vidas para que no puedan defenderlos. arrastrar los cadáveres mientras se les quitan sus calzados; cortarles los dedos para sacarles los anillos; revolcarlos para arrancarles sus escarcelas; desnudarlos para robarles su ropa interior. la guerra no es un asunto de azar, como había creído hasta ahora, sino de carroña. los vencedores son los primeros buitres, que cederán su turno a los otros cuando se marchen con el botín.
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