– ymi tío “el zagal”? mi tío el emir abu abdalá, quiero decir:
– decís bien: “el zagal”; el islam no tiene una espada mejor.
está con vuestro padre.
me miraba con fuerza.
– así ha de ser -le dije.
me vino a las mientes la prestancia de mi tío cuando lo vi antes de lo de alhama: mimbreño, recio, atractivo e impasible al mismo tiempo; con su rostro severo, digno y muy pálido; vestido con un largo sayo de pelo de camello, bajo un manto de seda negra, y con un turbante de lino blanco enmarcándole la expresión imperturbable.
– así ha de ser -repetí.
– nuestros reyes, señor, han determinado que concluya esta situación de guerra permanente.
– ¿ desean firmar treguas?
¿ conmigo?
– como aquella mañana en granada, en la que vuestro padre afirmó: ‘ se acabaron las parias’
– ¿es que me recordaba?-, yo hoy os digo: ‘ se acabaron las treguas.’
– también entonces vuestro rey nos amenazó diciendo: ‘ desgranaré uno por uno los granos de esa granada.’
– no sé si dijo eso. los cronistas son amigos de frases. es sugestivo resumir con ellas un estado de cosas; sugestivo y expuesto. no sé si lo dijo, pero está dispuesto a cumplirlo.
– viene intentándose, con grandes altibajos, durante muchos siglos. españa somos todos, don gonzalo. vos habláis de aragón y de castilla; yo soy el rey de andalucía: ni pude desear más, ni puedo contentarme con menos.
– otra frase, señor. las guerras no se ganan con frases.
– ¿ con qué se ganan?
– con dinero -me dijo, después de pensar un instante. yañadió-: también yo soy andaluz. he nacido en montilla; ya mis tatarabuelos fueron andaluces. la situación ha cambiado: andalucía hace cientos de años que no es vuestra del todo.
nuestros reyes son jóvenes y fuertes; vos también; pero ellos además no tienen otro designio, ni otro problema ya, que el de adueñarse de granada. no son éstos los tiempos en los que los castellanos ambiciosos venían aquí para hacer su fortuna a vuestra costa. hoy nosotros luchamos, lo mismo que vosotros, por una tierra nuestra.
– al final se verá de quién es.
– el final está próximo.
– si era eso sólo lo que queríais decirme…
hice ademán de levantarme.
– perdonad -con el gesto me suplicó que siguiera sentado-, perdonad. no es un reto; no es tampoco una vana soberbia; no me la habría permitido en estas circunstancias. yo os admiro -mis cejas se levantaron, sin querer, denotando mi asombro-. admiro la entereza con que aceptáis vuestra enrevesada misión. pero, frente a la nueva pujanza y a la nueva sangre de castilla, vosotros estáis invadidos de una vieja desgana; frente a nuestra unidad, oponéis sólo vuestra dispersión; frente a nuestra luna creciente, vuestra luna menguante.
– una frase más, don gonzalo.
no pareció escucharme.
– toda europa anhela que se apague en granada la llama nazarí.
ya nosotros nos conviene que europa lo anhele. hemos mirado demasiado tiempo hacia dentro: es hora de abrir las ventanas y de asomarnos y de respirar. el mediterráneo está llamándonos; para llegar a él han de arreglarse antes los asuntos internos de la casa.
ya está bien de que españa sea el rabo sin desollar de europa.
– bendito rabo: cuanto, a lo largo de siglos, españa le ha regalado a europa de arte, de ciencia o de filosofía, nos lo debe a nosotros.
– es cierto: españa nunca podrá entenderse del todo sin vosotros. pero la historia no se detiene nunca; en lugar de cerrarse ( yvuestro reino está cerrado igual que una granada que sólo madurará para caer), se abre…
– ¿ no será eso otra frase, don gonzalo? -le interrumpí.
– puede, pero expresa admirablemente una realidad -sonrió, y sonreía bien-. en lugar de cerrarse, hay que abrirse. el rey fernando ha enviado embajadas a europa. la infantería de los suizos nos ayudará contra vosotros, y los artilleros alemanes, y los campeones de inglaterra, vistosos más que nada -añadió despectivo-.
el rey acaba de obtener del papa una bula para que todos los prelados y maestres, y los estados eclesiásticos de aragón y castilla, le suministren un subsidio en florines. y, a través de otra bula, se le otorga a la empresa, por fin y en serio, carácter de cruzada (es lo que vosotros llamáis guerra santa), y se le concede, a quienes colaboren, muy generosas indulgencias.
había dicho en castellano la última palabra.
– ¿ qué son indulgencias? pregunté.
– vosotros obtenéis el paraíso si morís en la guerra; nuestras indulgencias son la remisión, por la limosna, de parte de las penas que nos esperan tras la muerte.
– no sabía que a dios podía sobornársele.
fingió no comprender.
– todo eso va a permitir a don fernando contar con un ejército fijo nunca visto: seis mil caballeros y cuatro mil peones, como mínimo.
– no está mal; sin embargo, el número no lo es todo.
– yla buena causa, y el entusiasmo, y la certeza de que esta campaña será la definitiva. no se trata de proseguir una guerra desmayada e interrumpida cada invierno; es una forma nueva del conflicto, una última etapa que comienza. yo tengo mis ideas, señor: creo que la caballería no es desde ahora lo más importante, sino la infantería: una infantería brava y bien mantenida, agrupada en cuadros muy sólidos, de fácil maniobra, y apoyada por una artillería -vacilóconvincente.
– ¿ por qué me decís esto? ¿ no son secretos vuestros? ¿ oes que me mantendréis aquí hasta que ese nuevo conflicto -subrayé la expresión- se resuelva?
ahora la ironía estaba en mis ojos; los suyos chispeaban. añadí:
– yo no soy un estratega, capitán. soy simplemente el rey.
me levanté. él entendió que cerraba la audiencia. inclinó su hidalga cabeza. el alcaide, que había asistido a la entrevista sin mostrar curiosidad excesiva, creyó notar algo discordante en la despedida. se apresuró a decir:
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