– este prisionero me pertenece -dijo el conde ayer ante mí, como si yo no estuviera, aprovechando la ignorancia que él piensa que tengo de su idioma-, porque fue martín cornejo, un soldado mío, el que lo cautivó, y también por las leyes de la caballería, entre las que se cuenta, sobrino, lo sepas o no, la de la gratitud. pues de no ser por mí, ni te habrías arriesgado a salir de tus murallas tras los moros.
– señor y tío: fue mi soldado martín hurtado quien lo cautivó antes de que se interpusieran los vuestros, atraídos por el aspecto del sultán. esto es así, y así seguirá siendo.
miraba yo a uno y a otro aparentando curiosidad y desconcierto, y reflexionaba qué más me daba a mí quién cargase conmigo, si un martín u otro martín, junto a un arroyo también martín de nombre.
sin embargo, me suplicaron que identificara a mi apresador, puestos varios hombres en hilera. yo, sin muchos miramientos, señalé a dos de ellos; pero con tanto tino que fueron precisamente los dos martines en discordia.
– dudo cuál de ellos sea -advertí.
con lo cual quedó sin resolver la duda, y enojados entre sí los dos señores, y convencidos ambos de su propio derecho.
mis armas y mis ropas pasaron a la propiedad de mi aposentador el alcaide de los donceles. ( yo recordaba algo que en una fiesta cristiana de primavera -no, no era fiesta, porque todos lloraban- oí comentar sobre lo que el profeta jesús exclamó a punto de ser crucificado: ‘ sobre mi túnica echaron suertes, y se repartieron mis vestidos’.) las veinte banderas de las puertas de granada, más mi pendón real y el de mi suegro, fueron a poder del conde de cabra, que se tiene en todo momento, y de ello alardea, como adalid indiscutible de la “gesta”.
– adornaré con ellos las tumbas de mis padres; les servirán de orgullo y testimonio a mis sucesores desde ahora en adelante.
sé que se los ha llevado en procesión solemne, entre cruces y cantos religiosos, a su casa de baena.
hoy ha venido a verme, como cada mañana, el señor del castillo.
me traía ropa, imagino que a cambio de la mía, que se ha quedado.
– no está a la altura de vuestra alcurnia, señor; pero también iremos remediando esto.
me ha preguntado -lo hace de costumbre- si estoy bien atendido.
está claro que no quiere que muera de hambre, ni de sed, ni de miseria; está claro que quiere presentarme a su rey en buenas condiciones. él y su madre se ocupan de mí con diligencia. no me cabe agradecérselo más que de palabra, porque no me han dejado ni una sola alhaja con que obsequiar a esta escrupulosa, antipática y cristianísima señora.
don diego, cuando se había despedido ya, me ha preguntado:
– ¿ recibiríais a un pariente mío? es don gonzalo fernández de córdoba. me ha manifestado un deseo muy especial de conoceros.
no necesitaréis un trujamán, porque él puede expresarse en vuestra lengua.
aburrido como estoy, no menosprecio ninguna ocasión de conocer nuevos cristianos, con la remota expectativa de que alguno me resulte más interesante que interesado.
hoy creo que topé con un espléndido ejemplar.
al entrar en mi estancia, antes aún de que levantara la cabeza tras rendirme pleitesía, lo he reconocido. no es que se conserve idéntico desde hace -¿cuánto ya?- cuatro o cinco años. los labios se le han endurecido, ya no luce la ávida boca infantil que tanto me llamó la atención en la faz de un guerrero; su nariz se ha afilado un poco más, se han levantado y ajustado sus pómulos; se ha arrugado su frente.
pero sus ojos ostentan aún la misma agudeza y el mismo brío que ostentaban, delante de mi padre, la mañana en que asistí por vez primera a una embajada en el salón del trono. ‘ don gonzalo fernández de córdoba’, me musitó al oído el maleh. yahora estamos solos los dos (y digo solos porque estar con el doncel alcaide de los donceles es como estar sin él), cara a cara los dos, midiéndonos con respeto y con una simpatía mutua, probablemente insensata y probablemente también inevitable.
me di cuenta de que él o no me recordaba o no se fijó en mí en aquella ocasión, deslumbrado por el lustre de la corte nazarí, que es justamente para deslumbrar embajadores para lo que más sirve; sin embargo, me cuesta figurarme a don gonzalo bajo un deslumbramiento.
en cualquier caso, no era correcto que se lo preguntara: preso o no, yo soy rey; los castellanos tienen un culto por la realeza, sea la suya o no, difícil de igualar por otros pueblos.
me senté; él permaneció en pie.
junto a su figura, la del alcaide se desvanecía. pensé: ‘ el muchacho desea ser como él cuando tenga su edad; pero él debió de empezar a ser como es antes de la edad del muchacho. y, por otra parte, ¿cuántos años tendrá? no creo que nos lleve, al alcaide y a mí, más de diez; quizá menos: la guerra, cuando no mata al hombre, lo envejece.’
– podéis hablar -le dije.
– las noticias que os traigo, señor, no van a ser de vuestro gusto; pero considero que un rey ha de estar al corriente de lo que ocurre en su reino, sea lo que sea y por cualquier medio. os prometo que cuanto os diga será cierto, y que lo primero que os diré lo lamento de todo corazón.
me estremecí, pero sin traslucirlo.
– necesito saberlo antes de agradecer que lo lamentéis.
– vuestro padre ha ocupado granada, y se ha vuelto a instalar en la alhambra.
– mejor para los míos; no se les podrá reprochar tener a su rey preso.
– vuestro trono se tambalea, señor.
– puede que mi trono sí; pero no el de los nazaríes. mi padre fue un gran rey.
sus ojos se abrillantaron con un asomo de malicia, o eso me pareció.
– lo es, señor.
con un temblor en la voz que en seguida logré aplacar, porque, al preguntarlo, preguntaba por todos mis partidarios, continúe:
– ¿ qué ha sido de mi madre?
– según mis informaciones, y espero que sean veraces, se ha hecho fuerte en almería. con vuestro hermano yusuf y con aben comisa.
suspiré: no todo estaba perdido. aunque para mí quizá fuese más simple que nadie contara conmigo.
la conversación transcurría en un árabe despojado, pero comprensible. el capitán lo pronunciaba bien. se echaba de ver que era un hombre nacido en la frontera: eso me unía a él. balbuceaba a veces, y yo le suministraba la palabra oportuna. sin duda descubrió que yo hablaba el castellano tanto como él mi idioma, pero no aludió a ello: eso me unía más.
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