el ejército constaba de tres cuerpos: uno, mandado por hamed abencerraje; otro, por aliatar, y el tercero, por mí. consultado mi suegro, mandé a hamed con trescientos hombres a una operación de hostigamiento y distracción por tierras de don alonso de aguilar, ocupado aún en enjugar y lamentar la derrota de la ajarquía. había de obtener allí trofeos y despojos.
fue el domingo 20 de abril. tardaré en olvidarlo.
mi suegro y yo partimos con el jubiloso ejército hacia lucena.
grande fue nuestro asombro al encontrárnosla bien pertrechada y protegida; el efecto de la sorpresa se había venido abajo. he sabido que un lucentino cautivo en granada, bartolomé sánchez hurtado, se enteró de nuestro propósito y avisó a sus paisanos a través de un arriero de los que tienen paso franco por la frontera, y que son casi todos espías dobles. desde las almenaras del camino se levantaron ahumadas para denunciar nuestra avanzada, y tiraron por las atalayas, en la dirección de lucena, cinco hachos encendidos, lo que indicó que era yo quien capitaneaba la ofensiva. además, los atajadores de aguilar, a los que había soliviantado hamed abencerraje, sembraron la alarma por todos los señoríos del contorno. de ahí que nos encontrásemos barreadas las calles con maderos y fajina, provista la plaza con víveres y bastimentos, y reforzada la débil guarnición con caballeros llegados aprisa desde córdoba. de forma que nos fue imposible entrar por su arrabal y poner fuego a la puerta de la villa como era nuestro plan.
en consecuencia, establecí el cerco y di orden de talar viñedos y olivares.
al día siguiente, vistas las dificultades del asedio, y ratificado por hamed, que no logró imponerse a un enemigo más cauteloso y reforzado que nunca después de lo de málaga, opté por levantar el cerco y retirarnos a nuestros confines. concebí, sin embargo, una última intentona muy rápida, por temor a que llegasen refuerzos cristianos desde las villas próximas. hamed había tratado al alcaide de los donceles, el joven señor de lucena, en casa de su tío el de aguilar, cuando se refugió allí huyendo de la matanza de los abencerrajes que decretó mi padre; mandé, pues, a hamed que se entrevistase con el alcaide y le ofreciera unas aceptables condiciones de rendición total. dudé, no obstante, que fuesen aceptadas.
la plática se entabló en uno de los postigos de la muralla. servía de trujamán este hernando de argote de que hablo. el alcaide de los donceles discutía con prolijidad cada una de las propuestas de la capitulación con la idea, según supe luego, de ganar tiempo y dárselo a los socorros que esperaba.
el primero, el de su tío el señor de baena, cuyo nombre y apellido coincide con los suyos, al que había advertido de su situación el día anterior. pasaban de una hora las discusiones, cuando mis atalayas me indicaron que, por el lado de cabra, se avecinaba una tropa de grosor incierto. mandé, desengañado, suspender la entrevista, recogerse los taladores, y reagruparse los tres cuerpos de ejército para retirarnos en orden por el mismo camino que habíamos traído.
mientras nos alejábamos, oíamos ya las trompetas y los tambores del refuerzo, y los tambores y las trompetas con que los recibían los sitiados.
juzgando concluido el incidente, aunque mortificados, nos detuvimos hacia el mediodía en una campa para distribuir el rancho. no lejos hay un arroyo que llaman de martín gonzález. comentaba pesaroso con aliatar y hamed el sesgo de los sucesos, y, mirando mis tropas, según estaban de animadas, aunque era el día bastante neblinoso, más parecía que las habíamos sacado de granada para invitarlas a una fiesta campestre.
fue entonces cuando escuché el grito: ‘¡ santiago, santiago y a ellos, que hoy es nuestro día!’
aliatar, cabizbajo, me aclaró que era el grito de guerra de su viejo amigo el conde de cabra y señor de baena. apesar del imprevisto, se rehicieron mis soldados al instante. dispusimos los tres cuerpos en orden de combate, y resolvimos encarar a los que, de atacados, se habían convertido en atacantes. de los seis escuadrones de jinetes, mandé juntarse cinco en sólo un batallón, y dejé otro de trescientos cincuenta caballeros, apartado unos trescientos pasos, como refresco. alos costados de la batalla gruesa situé toda la infantería, y la abrigué a su vez con dos mangas de sesenta jinetes para apretarla y evitar que así se rezagara. era una estrategia que creo haber visto aconsejada en algún libro, y que agradó a mi suegro. la niebla de por medio, nos encontrábamos frente a frente con el enemigo, tan cerca de él que unos cuantos de los míos, desobedientes, no fueron capaces de resistir su ufanía, y salieron de las filas con alharacas y voces y gestos con que echaban en cara a los contrarios la matanza de málaga.
nos hallábamos a lo largo de una ladera, abajo de una cuesta, y me preocupó la situación y la cantidad de nuestros perseguidores. al observarlos, vi sobre ellos una enseña que yo desconocía y pregunté a aliatar, muy ducho en ellas.
– desde aquí me parece que es un perro, señor. yése es el escudo de úbeda y baeza. quizá nos convendría seguir viaje a toda velocidad; por lo que veo, se ha reunido buena parte de andalucía en contra nuestra. puede que quieran vengar en nosotros sus últimos desastres.
( ya demasiado tarde, supe que no era un perro la divisa de la enseña, sino una cabra, muy poco conocida porque el señor de baena no solía luchar con el escudo de su condado, sino con el de su señorío, y hacía bastantes años que no sacaba aquél, pero acuciado por la urgencia, olvidó su enseña habitual de baena y, al pasar por cabra, recogió su divisa.) llegados a este punto, la sugerencia de mi suegro no era admisible sin desdoro. mandé tocar añafiles y melendías, y dar la grita común entre nosotros. respondieron con otra no menos nutrida los cristianos, con lo que el campo entero daba voces. salieron ellos a buen paso fuera del monte que los encubría; avanzaron en orden. gozábamos nosotros de mejor posición para la lucha. de repente, volvieron las espaldas. creí que huían. ordené atacar. lo que intentaban era, sin embargo, trepar por la ladera, de modo que, al romper, se equiparasen a nosotros y trabajasen menos sus caballos. sin más, el primer choque se produjo.
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