debe de haber sido entonces cuando inexplicablemente me derramé de nuevo; porque me he despertado más alicaído que ayer y húmedo aún.
acaso el final de la agonía no sea otro que un orgasmo ya póstumo, como dicen que les sucede a los ahorcados.
despierto sí que sueño: en todos los cautivos junto a los que he pasado sin fijarme; en los cristianos de las mazmorras de la alhambra, cuyas condiciones de muerte -me niego a escribir de vida- jamás me preocuparon; en los cientos de pájaros exóticos encerrados en jaulas de plata, devorándose cada noche entre sí, enloquecidos por la contradicción de tener alas inservibles (con sus trinos y con sus plumajes me embelesaban y me cautivaban: me cautivaban los cautivos)… no un ensueño, sino una pesadilla son todos para mí, hoy que sólo veo el cielo por la estrecha tronera de esta torre.
esta mañana ha entrado por la tronera un gorrión. aleteaba aterrado y se golpeaba contra el muro, me daba ejemplo de lo que tendría que hacer yo. con la paciencia de todo prisionero, cuyo tiempo se dilata y no corre, y agradece cualquier distracción que lo distancie de sí mismo, he conseguido cansarlo y apresarlo (yo, el preso). su pequeño corazón palpitaba, perdido el ritmo, entre mis dedos. yel miedo me ha invadido a mí también.
delante de una vida que nada tiene que ver con la mía y que puedo extinguir, delante de su terror a mí, reflejado en sus ojos minúsculos con los que me pedía perdón por estar vivo, me aterré yo. he afinado mi puntería y, a riesgo de estrellarlo, lo he lanzado como una piedra a la tronera. ‘ tu muerte -le dije- es preferible a tu tenebrosa vida aquí. sal. inténtalo.
para que vivas, es preciso este ensayo de muerte.’ con limpieza pasó entre las dos aristas del estrecho orificio. me embargó la primera alegría desde que fui apresado.
ysueño despierto en las criaturas que me acompañaron, silenciosas, hasta ayer mismo, y que no es improbable que me añoren.
mis inquietos perros de caza y mis halcones, a los que las caperuzas oscurecen el día. les estará dando su pitanza, si lo hace, una mano distinta; ¿no me echarán de menos?
acaso la comida les oculte la mano… ylas flores, que clamarán con su aroma en los jardines alborotados de la primavera. sueño con los paseos de arrayán, con el azahar ya desprendido (no hay estaciones para los cautivos: para ellos, en la libertad del exterior, es siempre primavera), con las lozanas huertas del albayzín, con los almendros que, despojados de su manto blanco o rosa, comenzarán a endurecer la almendra bajo el estuche tierno de la alloza. ysueño con el sol que, al arreciar, con caricias ardientes, disipará poco a poco la nieve de la sierra.
pero quizá más que con nada sueño con mis libros, los fieles obedientes que se dirigieron tanto tiempo a mí con voces disponibles.
cuando en mis manos la soledad era como un verdín; cuando sólo los desprovistos me asistían y los demás me habían desechado; cuando una y otra vez el amor se hizo el desentendido, me persiguió mi padre, me fustigó mi madre; cuando todos, quizá excepto moraima, requerían de mí lo que no tuve nunca…
ellos, inconmovibles, han sido mi soporte y mi certeza. por eso los echo de menos en esta hora acongojada en que alargo la mano y no los toco.
ayer me atreví a preguntarme: si no me liberaran, ¿cómo escapar de aquí? ¿ yqué rescate pedirán por liberarme? ¿ es que un rey se rescata? ¿ no pagará con el resto de su vida la torpeza de dejarse aprisionar con ella? antes de que me reconocieran los cristianos, me habían comunicado algunos oficiales la voz que sobre aliatar corría.
cuando se persuadió a nuestra destrucción, el anciano, sobre el que pesaba la responsabilidad del ataque a lucena, entró a caballo en el río genil, y, al llegar a una poza, saltó de la silla y se hundió por el peso de su armadura.
pensaría que un general que fracasa en la primera batalla de su rey ha de asumir que ha sido para él mismo la última. ¿ opensó que más vale sofocarse en el légamo de un río que caer en manos de enemigos a los que tanto se ha sobrepujado? pensara de una u otra manera, yo le doy la razón: abrir con mano fría las puertas de la muerte, antes de que ella las abra, es justo en ocasiones. ¿ no es esa misma idea la que, como un pertinaz tábano, me ronda y me perturba?
porque un reino, cuyo rey está preso, vacila y se detiene; es como una persona cuya actividad interrumpe un vahido. demasiadas cuestiones afligen a granada como para agregarle la cárcel del sultán.
¿ no puede ser utilizado aquí como la más mortífera arma contra ella?
¿ no sería prudente que un voluntario punto final cerrase el puntiagudo párrafo de la historia que soy, y que, por pernicioso, convendría abreviar?
bajo la desabrida luz -del sol o de la luna, ¿qué me importa?que desciende casi invariable por la aspillera, me planteo cómo ha podido suceder. ¿ no estaban desmoralizados los cristianos? ¿ no era lucena una ciudad indefensa?
¿ no había de ser imprevisto nuestro ataque? ¿ no salimos de granada, mi alegre hueste y yo, como a una cacería? hernando de argote, el alcaide de lucena, que me visita por lo general acompañado de su señor -un joven no muy alto, robusto y de mirada poco firme-, me ha contado algo en mi idioma. ( yo a nadie he dicho que hablo el suyo, lo cual me permite escuchar por dos veces, disponer de más tiempo para la respuesta, y comprobar si yerra el trujamán al traducirme.) con ello, con lo que vi yo mismo y con lo que llegó a mis oídos en los días que pasé entre los oficiales, he podido saber cómo los acontecimientos se opusieron a mi fortuna.
¿ tendré que atender en adelante a los augurios y las supersticiones? al cruzar gozosos la puerta de elvira entre el entusiasmo de los granadinos, recejó mi caballo, y se partió contra una de las jambas el astil de mi lanza.
yo, que conozco a mis súbditos, miré a los más próximos y vi la alarma en sus rostros; pedí otra lanza riendo. ‘ yo sé cómo vencer al destino’, grité con insolencia para confortarlos, y espoleé a la cabalgadura. pero a un tiro de ballesta de granada, al salvar la rambla del beiro, una zorra de pelo reluciente y espesa cola enmudeció a los que cantaban, atravesó las filas y pasó a la carrera junto a mí. ni flechas ni jabalinas la abatieron; desapareció ilesa, tan veloz como había aparecido.
algunos principales me alcanzaron y, entre bromas y veras, me pidieron que aplazáramos la acometida a los cristianos. yo me burlé en sus barbas, maldije sus aciagos vaticinios que ponían en entredicho la juventud de nuestros hombres, y continué al trote. al anochecer llegábamos a loja; allí la impavidez de mi suegro tranquilizó los ánimos de todos.
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