con qué claridad veo que el pueblo menudo y menesteroso no cree con sinceridad en su dios, ni los grandes señores en sus pueblos, ni los reyes en sus vasallos chicos o grandes, del tamaño que sean. los reyes mienten cuando exclaman postrados: ‘ no para nosotros, señor, sino para ti el poder y la gloria’.
cada hombre busca su provecho; a veces lo disfraza con vistosos ropajes de desprendimiento, y lo denomina dios, rey o patria; a veces lo deja desnudo, y se bate como un lobo solitario. para que renuncie a la violenta codicia de un cubil, de un alimento, de una pareja, ha de unirse con otros hombres bajo un poder común que satisfaga esas tres necesidades, y que después le invite a vivir en una ciudad justa, donde la convivencia con los otros enriquezca la vida de cada uno, sea cual sea el dios que adore, la lengua en que se exprese y el matiz de su piel. eso fue lo que, dentro de la península, el islam intentaba.
anoche he sufrido una aniquiladora pesadilla. soñé, con toda clase de detalles vívidos y exactos, cómo perdía granada, y cómo la entregaba, y cómo era expulsado de ella. en el sueño, no obstante, había una nebulosa mitigación del sufrimiento: de un modo enigmático, que sólo obra en los sueños, sabía que soñaba. para sacarme de aquella angustia que me hacía gemir, me despertó moraima.
con ello me indujo a otra pesadilla peor: la de esta realidad de la vigilia, en la que todo lo que soñé se había producido de antemano.
las crónicas, no sé si para facilitar su acceso a futuros lectores, o para simplificar las historias, que son siempre inenarrables, reducen cada reinado y cada batalla a una partida de ajedrez.
yo mismo tiendo a ello: tan grande es la pasión del hombre por el juego, que de alguna manera disculpa sus errores con el azar.
cuando se conquistó toledo, un sabio, abu mohamed al asal, lanzó un grito de alarma:
“ habitantes de andalucía, espolead vuestros corceles.
detenerse ahora sería una hueca ilusión.
los vestidos suelen rasgarse por los bordes, pero españa empezó a desgarrarse por el centro.”
por el centro del tablero -y cada tablero ostenta a los adversarios de un mundo, sea grande o sea pequeño- avanzaron los peones de la partida. temerarias fueron las apuestas, y la baza, cuantiosa; las jugadas se llamaron irremisiblemente unas a otras. con razón lo que en árabe denominamos “al sak mat” lo denominan los cristianos ‘jaque mate’: para nosotros significa “el rey ha muerto”. tal es lo que en mi partida y en mi tablero ha sucedido. en lo esencial se identifican todos los idiomas.
aveces, en estas noches tan prolongadas que parecen detenerse, cuyas horas son como días oscuros, juego al ajedrez con bejir o farax; ríen cuando me ganan, es decir, ríen siempre. moraima levanta sus ojos de la labor y les regaña; ella, cuando juega conmigo no juega contra mí: se olvida de hacer el movimiento que le daría la victoria. sin embargo, con aben comisa o el maleh me niego a enfrentarme: aunque no me hagan trampas, no consigo evitar la sospecha de que me las hacen. prefiero ver cómo juegan entre sí, y se traban en eternas discusiones, que conducen a un empate final al que ninguno de ellos se resigna.
me traje de la alhambra mis libros predilectos y otros aún no leídos. muchos están encuadernados bellamente en cuero rojo o azul con abrazaderas de plata cincelada.
pero los que antepongo a los otros son los usados y envejecidos por el roce de manos que me precedieron, y que percibo que se unen a las mías mientras los sostengo. numerosas generaciones leyeron las páginas que, al albur, leo hoy. el libro se ha transmitido, como un emisario silencioso, de siglo en siglo, de país en país y de hombre en hombre.
él acoge la memoria del mundo y también la profecía del mundo; la historia pretérita de la humanidad y la brumosa historia venidera.
todo está resumido y prevenido en esa antorcha que va de mano en mano iluminando la tiniebla.
evocar la casi infinita continuidad y la inabarcable herencia de los libros, en cuyo regazo se apacienta la sabiduría y la curiosidad y el cataclismo y el amor de los hombres, me enaltece y me emociona.
ellos me conducen a una compartida serenidad, y cada día me imagino menos sin su compañía generosa.
en éstos de la alhambra, no sólo me instruye su contenido, sino el ambiente que los rodeó y los saboreó: las negligentes estanterías en las que descansaron, el meticuloso trabajo de quien los escribió y de quien los copió y de quien los cosió y encuadernó, un inmarchito aroma de humedad y de piel, sus palabras que fueron susurradas, las vibraciones que provocaron en algún corazón, o las llagas que restañaron. los objetos, a los que nunca respetamos lo bastante, son enriquecidos por quienes los usaron a través de los años, a través de los siglos. tomo en ocasiones libros que pertenecieron a mi antepasado mohamed “el faquí”; tomo otros que provienen de la biblioteca omeya de alhaquem II, que reunió en medina azahara más de 600 mil volúmenes, antes de que la barbarie humana la destruyera, y me quedo sobrecogido, sin atreverme a leer, como con un corazón entre los dedos, o como con un pájaro inmóvil y anhelante que podría, de súbito, romper a gorjear. aquí en andarax hay horas en que el libro es en sí mismo, independientemente de lo que contiene y significa, el que palpita y emana y quema y apresura el ritmo del mediodía y satura las tardes. en esas horas es la fusión de quienes lo escribieron y confeccionaron y de los lectores previos a mí lo que más me conmueve; el engarce con los dueños sucesivos que acaso un día, como ahora yo, volvieron su imaginación hacia atrás y se vincularon con el pasado, igual que yo hago hoy con el mío, del que ellos forman ya parte. oquizá miraron hacia su futuro y me entrevieron o me adivinaron a mí, lector también, o sultán derrocado, tataranieto suyo.
ovieron todavía más lejos de mí mismo, después de mí, cuando yo forme parte del pasado de otros, a los lectores que vendrán, ya desprovistos de la alhambra y del trono, o incluso ajenos a nuestra dinastía y a su ansiedad. me alegra suponer que unas manos que ya no existen -me pregunto si no existen- abrieron esta cubierta, pasaron estas hojas; que una mirada que no existe -o existe acaso sólo por este libro- se deslizó sobre estas líneas, descifró esta frase, se sumergió en el laberinto de esta caligrafía. me rejuvenece pensar que alguien como yo hoy, pero hace siglos, interrumpió un momento la lectura y reflexionó con un dedo entre estas mismas páginas, mirando como miro yo al vacío, entre muros quizá ya derruidos y ante un paisaje quizá irreconocible.
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