obsesionado por el clima, no sé si habla de la lluvia, del viento, o de un caballo.
en la última carta que bejir el gibis escribió a los reyes reclamando a mis hijos, les pedía que los enviaran a andarax conmigo y con su madre. ‘ tener a los hijos -le recordaba a la reina-, no es sólo darles la vida, sino prepararlos para la suya con el calor y el roce.’ yo añadía una sugerencia nueva: que los manden pasar a áfrica. por una parte, quizá eso sea menos dificultoso de obtener; por otra, mi deseo es que mis hijos se eduquen con arreglo a la cultura y a la acepción de la vida a las que sus abuelos y su padre pertenecen. no estoy seguro, sin embargo, de lograrlo en áfrica.
el maleh me ha traído, desde granada, la opinión de zafra. en definitiva, ésta precede o se adhiere a la de los reyes: coincide, en todo caso. parece que se duda si enviar a mis hijos a áfrica o no. afavor de una decisión positiva está que, una vez allí ellos, yo me determinaría a trasladarme también con el resto de mi familia. en contra, que, si por cualquier aciago accidente, mis hijos mueren, o caen en poder de un reyezuelo interesado en utilizarlos en su provecho, yo no pasaría jamás a áfrica. y, en el fondo, que pase es lo que están procurando los reyes. les estorba mi estancia en su territorio, aunque sea tan reservada y tan mansa, como estorba una mancha de sangre, por muy seca que esté, en un traje de fiesta.
hoy moraima ha sufrido un desmayo. habíamos salido a ver los brotes del jardín. siempre me ha impresionado observar cómo la delicadeza de un tallo -que no es nada, sino un presentimiento verde, una debilidad que un niño pequeño quebraría con su dedo- rasga un tronco agrietado y robusto, que ha resistido años y tempestades, y lo sobrepasa. ante un retoño lo comentábamos moraima y yo, cuando de pronto se ha llevado una mano a los ojos, ha movido la cabeza a un lado y a otro con suavidad, y se ha desplomado. sólo me ha dado tiempo a alargar los brazos para evitar que se dañara contra el árbol o el suelo. aturdido y sin saber qué hacer, le hablaba en voz baja, repetía su nombre, la sacudía con dulzura, le pedía que volviese pronto en sí, no sé qué le pedía.
por fin -no ha tardado mucho en reanimarse-, moraima ha abierto los ojos, ha sonreído un poquito, y me ha dicho:
– estabas diciéndome algo, boabdil. perdóname, pero no te he oído bien.
la he besado en los labios, y se ha ensanchado su sonrisa.
– no hay mal que por bien no venga -ha susurrado-. ¿ me quieres ayudar a levantarme?
ainstancias de moraima, he empezado a salir de caza. no me atrevo a alejarme mucho, ni a pasar fuera más de dos o tres días, porque me preocupa ella. está notablemente más delgada. hasta mi madre, que no se fija más que en lo que le atañe, lo comentó la semana pasada.
– quizá deberías de fijarte un poco más en moraima, ahora que no tienes nada más acuciante que hacer -me dijo con elocuente ironía.
nunca he sido un ardoroso aficionado a cazar. comprendo que un infante de castilla, en una época en que la realeza no estaba reñida con la cultura, escribiese que la caza es ‘cosa noble y apuesta y sabrosa’, pero, por mucho que lo intento, no logro que me guste su sabor. reconozco que ayuda a paliar los daños que trae el ocio para el alma y el cuerpo. yel ejercicio que supone, y la congregación de los amigos, y la sana rivalidad, y las huidizas aves, y la prodigiosa presteza de los perros, me atraen. sin embargo, una vez ojeada y localizada la presa, yo detendría la marcha que ha conducido a ella. porque también me atraen la elegancia de las garzas y la sombría tozudez del jabalí y el lastimero ajeo de la perdiz y la coronada agilidad del venado.
esta actitud no creo que proceda, contra lo que dice farax, de un exceso de blandura o de sentimiento; ni siquiera de una identificación con las víctimas, comprensible puesto que yo soy una. es más bien porque hallo tan espléndida la vida de los animales, tan sujeta y bien regida por las leyes de la naturaleza, tan en consonancia con ella, que la caza por juego la considero como la infracción de un código que desconozco y que nos sobrepuja, al que un día estuvimos subordinados todos, y que el hombre comenzó a desdeñar cuando comenzó a perder, frente a lo que él opina.
hasta mí no llegó la colección de animales exóticos que hubo en el bosque bajo de la alhambra, que tanto me ponderaron en mi infancia como un dato de la disipada refulgencia familiar. yes cierto que tampoco he cazado mucho en los bosques de la sierra. mi experiencia es muy corta: siendo adolescente, durante un mes de octubre, fui con mi tío a los montes de fiñana, y maté un jabalí. tardé mucho en olvidar -no lo he conseguido del todo- el rojizo rencor que había en su ojo, sólo vi uno, con el que me odió mientras moría. ¿ por qué inescrutable instinto supo que era precisamente de mí de quien su muerte provenía? si rememoro con nostalgia aquellas jornadas es por la proximidad de abu abdalá, que con el aislamiento se acentuaba, y no por la mortandad que sembramos a nuestro alrededor (por descontado, él mucho más que yo). matar a un ser cuya única posesión es la vida -no complicada, ni multiplicada, ni embellecida como la de los hombres puede ser, sino la vida pura y simple- es acaso el más grave de los delitos para mí. dice pero lópez de ayala, un canciller cristiano, que en la caza los hombres toman el placer sin pecado, sirviéndose y aprovechándose de las cosas que dios crió y puso a su servicio. amí me gustaría estar de eso tan persuadido como él.
aunque es posible que este razonamiento sea un mero y superficial ejercicio de dialéctica. yo no desprecio un asado de buey o de cordero, y los tengo por excelente comida; en la fiesta de los sacrificios, aunque sobreponiéndome, yo degüello al carnero; y no se me ocurre hacerle ascos a un guisado de liebre: anteayer lo he comido. acaso es una prueba más de mi egoísmo el que procure no ser yo quien extinga una vida, pero disfrute después de que otros lo hayan hecho. oa lo mejor, en definitiva, no es una cuestión de ética, sino de estética: cortar en flor un salto, un vuelo, un canto, un bramido de celo, no me produce satisfacción ninguna, sino más bien remordimiento por haber interrumpido su hermoso frenesí.
claro que, aparte de mis libros, ¿qué otras distracciones puedo encontrar aquí? durante unas semanas he mezclado ambos ejercicios: la lectura y la caza. he traído conmigo varios libros sobre ella. el mejor -del que todos proceden- es el de isa ibn alí azadi, tan sabio en cetrería e ilustrador de los cristianos. su minucioso tratado se refiere, aparte de las aves y los perros, al modo de correr liebres y preparar las redes, al tiempo del reclamo y a los parajes favorables al rececho. no creo que nadie haya entendido de animales tanto como él.
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