moraima me oyó un día hablar, entre suspicacias, del “ libro de la caza” de don juan manuel, y de las dieciocho aves amaestradas que, a su juicio, ha de tener todo gran señor para lograr una caza cumplida. con habilidad y paciencia, encargando a éste, comprometiendo a aquél, la constante moraima, en poco tiempo, ha reunido el bando entero: un gerifalte y un sacre, que son garceros competentes; cuatro neblíes abaneros, que no proceden precisamente de niebla, sino de muchísimo más al norte; seis baharíes de patas muy rojas, que mantienen entre ellos sigilosas y crueles enemistades; un azor, cuya ralea son las perdices; otro, cuya ralea son los ánades, y un tercero, cuya ralea son las garzas; un borní, que abrahén el caisí descubrió en una zona pantanosa cercana, y que es perseguidor de liebres; un gavilán, para dedicarlo a las garcetas y pájaros pequeños, y un esmerejón, muy parecido al azor, y al que yo ni de nombre conocía. por si esto fuera poco, superando el elenco de don juan manuel, moraima lo ha completado con dos halcones, malhumorados y cejijuntos: uno proviene del norte de europa, y su precio ha sido un buen caballo, y el otro, un alfaneque, proviene de marruecos.
– ysu precio ha sido un buen camello, ¿no es eso? -bromeé.
– no -me contestó moraima riendo-, es un regalo del sultán.
– el albayzín fue durante mucho tiempo el arrabal de los halconeros -agregué, y me volví a extraviar en el profuso bosque del recuerdo.
– boabdil -me reclamó moraima tocándome la mano-, aún sigo aquí.
sé en qué pensabas; pero ¿tú sabes en lo que pensaba yo? en un poema que me recitaste en porcuna: aquél que le destinó un secretario a mutawaquil, el valiente sultán de badajoz. me olvidé del principio; lo sustancial es esto:
“ tú, que adornaste mi cuello con el collar de tus favores, adorna mi mano con un halcón ahora.
hónrame con uno de alas límpidas, cuyo plumaje se haya combado frente al viento del norte.
lleno de orgullo saldré con él al alba, y jugará mi mano con el viento para apresar lo libre con lo preso…”
– en granada había halcones -murmuré.
– en granada sigue habiendo de todo, boabdil.
– quizá; menos sultanes -lancé un suspiro-. tienes razón, moraima. recordar en sí no es ni bueno ni malo: depende de lo que se recuerde.
en una alquería, dentro de los límites de la alcazaba, han instalado la jauría. los perros de montear son todos muy parejos; de una rudeza cariñosa, como pastores hechos a lo abrupto. agradecidos y atentos a la voz del perrero, saben, no obstante, con una increíble sutileza, que yo soy el amo, y que en la cacería a mí será a quien sirvan. aveces alguno ha de ser apartado de los otros: entre ellos surgen extraños resquemores -sin duda fundados, pese a nuestra torpeza en entenderlos-, o peleas, que suelen ser mudas y a muerte, y que se desenfrenan como un rayo entre dos. entonces, al apartado le atan una argolla a la carlanca, y la argolla puede correr por una larga cuerda fija a dos árboles distantes: eso le permite una amplia movilidad, que suaviza su traba.
‘ habría estimado en mucho este invento -pensé- durante mi cautiverio de porcuna o de castro… aunque quizá fuese aún más estimable ahora, en este cautiverio de andarax.’
cuando contemplo el campo que nos rodea, tan fragoso y a la vez tan abierto, donde él sería feliz, echo a faltar a “ hernán”. ¿ qué hará ahora? ¿ se sentirá investido por un deber de vigilancia y escolta de mis hijos? ¿ cómo se llevará con ahmad? ¿ y ahmad con él, lo que es más peliagudo? los perros y los niños se percatan, sin planteárselo siquiera, de quién los quiere y de a quién querer. ( me gustaría que a mí me ocurriese lo mismo: tampoco en eso he sido perspicaz.) esta tarde, cuando saltó un gazapo debajo de mis pies, imaginé la sorpresa de “ hernán” y su alborozo al perseguirlo. oquizá, hecho a los hombres, su instinto se haya deteriorado -qué mala es nuestra influencia-, y prefiera su cazuela de arroz con zanahoria y carne, o las porquerías que come a hurtadillas y que, por ser prohibidas o robadas, le parecen manjares.
entre los buidos galgos, formados sólo de viento, cuyo flexible y ondulado espinazo se curva bajo el halago de mi mano, hay uno negro, al que llaman “ prisa”. es un prodigio de armonía. tiene los ojos verdes, y está tan imbuido de su belleza que, salvo a la hora de la loca carrera, apenas si se mueve: permanece hierático, casi soñoliento y envuelto en su propia dignidad: como se figuran los que no han sido reyes que un rey debe de ser.
he llegado al convencimiento de que hernando de zafra me ha provisto de espías en andarax. me es indiferente: aquí no se conspira; cuando no puede sostenerse el trono desde el trono, ¿cómo va a recuperarse, ya perdido? lo que me importuna es no saber quién es o quiénes son. supongo que forman parte de la servidumbre, y que quizá su cometido sea espiar, más que a mí, a aben comisa y a el maleh, que son quienes transmiten a zafra las más fidedignas noticias sobre mí, si es que para los intrigantes hay alguna noticia fidedigna. no quiero obsesionarme con este espionaje; pero, en un lugar en que no ocurre nada sobresaliente, se propende a concentrarse en lo insólito: un ruido que se ha creído oír tras un tapiz, unas pisadas furtivas que se alejan, o, como anoche, un cuenquecillo que, en la oscuridad, se cae desde una taca (por propio impulso al parecer, como si los cuencos de aquí se suicidaran).
farax se propone interrogar a todos los habitantes de la alcazaba, los criados los primeros. el alma de farax es tan transparente que está seguro de que la profesión de espía se trasluce en los ojos.
le he prohibido que lo haga. me conformo con decir frases contradictorias, sembradas a voleo en la conversación: ‘ en cuanto nos devuelvan a los príncipes -digo, por ejemplo-, cruzaremos el estrecho’.
para añadir unos momentos después:
’ andarax, con los príncipes, será otra vez la alhambra; no añoraremos nada. será bueno terminar aquí, retirado, mis días. los espliegos y los mirtos del jardín crecen de prisa: en un par de años…’ yenmudezco de pronto.
un par de años de cansino tedio, de voluntario letargo para desmemoriarse, para desaprender, para postergar el pasado. qué inmenso plazo visto desde ahora. quizá antes de mirar al futuro, si es que eso existe, haya que cerrar mucho tiempo los ojos: dormir, o simular dormir. oquizá lo contrario: abrir los ojos como platos, pero sólo para el presente, para observar con minuciosidad cómo crecen el mirto y la alhucema.
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