– ha crecido tanto. está tan guapo. se parece a ti mucho más que antes. ve a verlo en cuanto puedas. - se acercó mucho a mí-.
¿ cuándo saldremos de granada?
la miré con curiosidad y con detenimiento. ‘¿ finge? -me pregunté-. frente a todo este desatinado descalabro, ¿se propone animarme, o es que de veras está contenta por abandonar este nido de fracasos, de envidias, de alevosías, para encontrarse otra vez, como en la prisión de porcuna, sola conmigo?’
‘ sea como quiera -me respondí-, ella me ama. actúa así porque me ama.’ la besé. ella me echó los brazos al cuello, y me miró con unos ojos absolutamente francos y absolutamente incapaces de mentir.
– te amo más que nunca, boabdil. me parecía imposible, pero así es.
eso me confirmó algo de lo que no estaba seguro: es cierto que la felicidad perfecta del hombre no existe, pero tampoco existe la perfecta infelicidad. me refugié en ese pensamiento.
mi familia y yo habíamos sido bastante menos previsores que los reyes cristianos. dadas las circunstancias, era imprescindible decidir lo más conveniente para moraima, mi madre y mi hermana respecto de sus heredamientos: sus huertas, hazas, molinos, baños y casas de recreo, tanto en granada como en motril y en la alpujarra.
amí me parecía que venderlos era romper toda relación con nuestra vida, pero también significaba una soltura que nos permitiría inaugurar con mayor libertad otra enteramente nueva, sin tener que apoderar a nadie para cobranzas y derechos que, de no estar muy sobre ellos, irían amenguando. quizá el momento para vender no fuese malo, puesto que muchos nobles cristianos aspirarían a instalarse en granada; sin embargo, también era probable que la inestabilidad y el descabalo convirtiesen el momento en el peor de todos. se lo expuse a moraima. ella prefería que continuasen administrando sus bienes las mismas personas que hasta ahora lo habían hecho.
– en todo caso -añadió-, que sean nuestros hijos los que vendan, si es su gusto, cuando llegue la hora. me dolería dejarlos sin algo mío en una tierra que habría sido toda suya.
no se dejaba traslucir ni un reproche en su voz: sólo sencillez y naturalidad. sonreía de forma encantadora. yo aproveché la oportunidad:
– tu hijo ahmad no me quiere.
estoy seguro de que reprueba lo que he hecho.
– tiene once años, boabdil.
nadie le ha hablado con conocimiento de causa. asu edad sólo se espera de un padre que sea un héroe: el amor se confunde con la admiración.
– tú nunca te sentiste defraudada por el tuyo; y, de niño, yo por el mío, tampoco.
– hay heroicidades más evidentes, boabdil. la tuya es recóndita, difícil de descubrir para cualquiera, cuanto más para un niño; ya la irá descubriendo. que no te angustie eso. ahora nos quedaremos solos, como una familia corriente que se reúne y no tiene otro oficio que ella misma. te garantizo que ahmad te quiere más que a mí, y por eso te exige más que a mí. su reacción es la prueba más clara.
mi madre, que seguía enferma al parecer, me transmitió un recado que no dejó de sorprenderme: ‘ por lo que a mí y a tu hermana se refiere, despreocúpate de todo: te sobrará con tus propios desvelos’.
ellas ya habían tomado las resoluciones pertinentes en cuanto a su fortuna inmueble. incluso -agregó la camarera- mi madre había solicitado de los reyes, y obtenido, una escritura separada de las capitulaciones que le atañían. esa copia, firmada por sus altezas, tenía fecha del 15 de diciembre, o sea, era más de dos semanas anterior a la entrega. no supe si entristecerme por la desconfianza, o alegrarme por el respiro que representaba. una cosa era innegable: imposible darme a entender mejor que mi madre iba a seguir siendo la mujer horra e independiente que había sido hasta ahora.
tanto para la interpretación e inteligencia de las cláusulas acordadas cuanto para la resolución de los problemas jurídicos, no siempre simples, que nuestro exilio planteaba, todos los familiares recurrían a mí. amí, que era quizá el menos hábil y el menos enterado, puesto que me había volcado por completo en otros asuntos menos personales. eso me hacía aplazar la salida de granada, que me apremiaba más cada hora.
pasados unos días, un anochecer borrascoso, me trajeron la noticia de que el príncipe yaya sería nombrado alguacil mayor de granada, en sustitución de aben comisa; por ese cargo iba a corresponderle la custodia de las capitulaciones. al saberlo, no pude menos de sonreír. dos días después solicitó ser recibido por mí. lo rehusé, entre otras razones porque estimaba que él tampoco deseaba de veras que lo recibiese, y que su petición respondía a una mera exigencia de la etiqueta del caído emirato. él había decretado la muerte de mi hermano yusuf; él había traicionado y vendido al “ zagal” y a mi pueblo; él se había puesto contra nosotros al servicio del enemigo. después de tanto tiempo y tantas amarguras, ¿qué sentido tendría nuestro encuentro, a no ser el de tomarme la justicia por mi mano? era mejor venganza dejárselo vivo a los reyes.
en uno de los salones de la alhambra -como no volví a ver a nasim, ignoro en cuál exactamente, pero alguien me aclaró que en el del consejo-, se había instalado provisionalmente una iglesia cristiana, a la espera de decisiones posteriores; yo me figuraba cuáles serían, y arreciaba mi impaciencia por irme. una de las primeras ceremonias religiosas que allí se celebraron fue la del bautizo de cad y nazar, mis hermanastros, los hijos de soraya. ella, que confesó públicamente haber sido violentada para renegar, recuperó su nombre de isabel de solís.
sus hijos se llamaron fernando y juan, porque sus padrinos de bautismo fueron el rey y el príncipe heredero.
me estaba poniendo al tanto de estos pormenores y del título de infantes de granada que los reyes les habían concedido, cuando caí en la cuenta de que aquella dama de la reina cuyo rostro me pareció ya visto el día de la entrega era precisamente soraya. con los ropajes cortesanos de castilla, peinada y tocada de otra forma, no la identifiqué. pero en ese instante me vino a las mientes, como si lo estuviese volviendo a ver, su porte desafiante y altanero y el indecible desprecio con que me contemplaba. también a mi pesar, sonreí; me pregunto por qué me hacen sonreír siempre las pequeñas miserias de los hombres: ¿acaso no soy yo un dechado de ellas?
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