– has tenido una pesadilla.
– sudaba, tiritaba, y un ronco quejido salía de mi garganta-.
¿ deseas esperar el día para volver a la alcazaba?
– ¿ es que puedo volver? -pregunté con ansiedad.
– si quieres, sí.
– vamos cuanto antes.
el camino a granada lo entorpecían carros de guerra, artillerías, mulas que transportaban mantenimientos y provisiones. nos escoltaban unos caballeros cristianos, y avanzábamos con mucha dificultad. tardaríamos mucho más de lo previsto. la noche estaba clara; el frío pulimentaba el cielo y bruñía las estrellas; un viento alto barría los últimos girones de nubes, que galopaban más de prisa que nosotros. por fin entramos en la ciudad por la puerta de la acaba. en la alhambra había luces; quizá nasim, tan fiel a ella, se atareaba en mantenerlas y en hospedar a la tropa y a los señores. quizá se había acomodado ya en el palacio de yusuf el antipático conde de tendilla. ¿ qué más daba? cuando apremia empezar una vida, se ha de hacer cuanto antes.
en la alcazaba me informaron de que a mi hijo ahmad lo había traído don martín de alarcón, y de que dormía en el piso superior, en la misma alcoba que su hermano menor. me descalcé ante la escalera. siguiendo otra vez el protocolo, bejir recogió mi calzado.
– perdona, señor, pero no hay nadie aquí con títulos mejores.
que mi intención supla los escasos míos.
estuve a dos dedos de echarme a llorar. cogí con delicadeza mis borceguíes de sus manos y los dejé en el suelo.
– de ahora en adelante, amigo bejir, olvida el ceremonial de los sultanes. puesto que hay que hacerse a costumbres más duras, comienza por desterrar las más ligeras.
entré en la alcoba de mis hijos. una masa inesperada saltó sobre mí y me empujó con fuerza.
era el perro “ hernán”. movía el rabo con júbilo imparable; saltaba en torno mío como si yo fuese su piedra de la kaaba; corría desde el lecho hasta mí y desde mí hasta el lecho. me acerqué. los dos niños dormían con abandono, una mano del pequeño colocada sobre el pecho del mayor. eran muy distintos y parecidos a la vez. ala luz que farax sostenía, las curvas pestañas les sombreaban las mejillas, tersas y sonrosadas. sus labios estaban entreabiertos; oía su acompasada respiración. ahmad tenía las manos, sin mancillar aún y bien formadas, casi perdidas entre las ropas del lecho; en la izquierda, una pequeña herida: una zarza quizá, o un puñalito de los que a los niños entusiasman. esta mano chiquita era testigo de cómo un mundo se venía abajo: el mundo que habría tenido que regir. la tomé para cubrirla con el embozo; la besé antes; acaso la apreté sin querer. mi hijo se despertó. me miró con ojos turbios de sueño, había miedo en ellos. no me reconocía. le sonreí; pero el miedo seguía redondeándole los ojos.
– soy tu padre, ahmad -le dije.
fui a acariciarle el cuello.
él se apartó de la caricia echando hacia atrás la cabeza. esa postura le dio un aire de reto.
– ¿ por qué me has despertado?
– su tono era insolente.
farax me cogió del brazo y me sacó de la alcoba.
– necesitas descanso. - me acarició con ternura el cuello-.
ahora no puedes hacer más que descansar.
“ hernán”, meneando aún el rabo, pero ya con mesura, había salido de la alcoba tras de mí. puse la mano sobre su cabeza.
caí en el sueño como una piedra dentro de un pozo. era mediodía cuando surgí de él.
en seguida me comunicaron los nombramientos que había hecho el rey fernando para el gobierno de la ciudad: alcaides, almocadenes, jueces y almoharriques o porteros.
todo estaba resuelto de antemano: le había sobrado tiempo. las designaciones confirmaron lo que yo adivinaba; los nombres de quienes habían ido faltando a mis reuniones del generalife aparecían en la lista. y el pequení, en los puestos más productivos, y el chorrut, y todos aquellos que habían colaborado, con mi aprobación o sin ella, con el maleh y con aben comisa. cuantos eran menester para el despacho de los asuntos ordinarios, allí figuraban ya elegidos. tenía razón don gonzalo fernández de córdoba: mi mérito principal era no ser preciso.
como una ironía, entre los señalados para el regimiento de la ciudad, se encontraban farax y bejir. ambos, incrédulos ante su nombramiento, me suplicaron que los llevase conmigo cuando me ausentara, y que entretanto los tuviese a mis órdenes. había tal amorosa ansiedad en los ojos de farax, y era tan hostil el resto de mi entorno, que demoré un momento en aceptar para saberme necesario a alguien.
el mayordomo de la ciudad y los contadores -me dijeron- se escogerían en la primera junta del ayuntamiento esa misma semana. los alamines o jefes de los gremios habían sido señalados, en santa fe, días antes de la entrega, y ya se habían hecho cargo de sus cometidos. el asunto de los oficios, que tantos piques y roces y disgustos nos proporcionaba, y tan arduo era de resolver, lo había solucionado de un plumazo el rey fernando.
– ¿ de todos los gremios? -pregunté asombrado.
– hasta del de los pregoneros; su alamín es mohamed al azeraqui.
sin duda llevaban meses preparando las sustituciones.
– me alegro. así granada no me echará a faltar. de eso era de lo que se trataba.
una bocanada de tristeza me subió desde el corazón.
pedí ver a mi madre. una camarera me trajo el recado de que la sultana se encontraba indispuesta; cuando mejorase, ella me llamaría.
estaba claro que, de momento, se negaba a recibirme.
moraima, en cambio, apareció con unas flores en las manos como si nada de particular hubiese sucedido. sonriente y muy bella.
– ¿ has visto a ahmad? - se ensanchó su sonrisa.
– no -mentí.
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