me lo señaló con los ojos. era el de tendilla, que aguardaba altivo. le tendí la sortija. no dije nada. vi su boca sin labios.
hernando de baeza murmuró unas palabras. después me enteré de que habían sido: ‘ con esta sortija he gobernado granada. que dios os haga más dichoso que a mí’. baeza asegura que yo lo dije, pero no consigo acordarme.
seguimos al trote bastante trecho hasta llegar a un cerro alto, por armilla, desde donde se domina la ciudad y la sierra. el caballo, desmandado, se me volvió en una corveta y las vi. parecía como si la ciudad también hubiese abdicado: la alhambra se exhibía no en la cima como se la ve desde granada, sino formando parte de un conjunto mucho más elevado que ella, blanco y aun más altivo que tendilla. ‘ así sucede a los reyes cuando tropiezan con otros más poderosos que ellos.’
– la reina, señor -me advirtió don gonzalo-. entre el cardenal y el príncipe heredero.
levanté la cabeza y la encontré en seguida. había otras mujeres detrás. tuve la impresión de que una de las damas me era muy conocida, pero no reparé sino un instante en ella. saludé a la reina igual que a su marido. ‘ acabaré por hacer bien estos gestos incomprensibles.’ hernando de baeza, cerca de mí, me hablaba:
– dice su alteza que conservaréis siempre su amistad y su ayuda, mientras no traspaséis los límites de lo que se ha firmado.
– eso no es siempre -dije con una amarga sonrisa.
– yel cardenal os dice que los días del hombre son cortos y llenos de pesares; que dios da y dios quita, y que tenemos el deber de bendecir su santa voluntad.
– es más fácil bendecirla si da. pero no traduzcáis -murmuré; mi caballo se inquietó; también yo me inquietaba-. volvamos. ¿ en dónde está mi hijo? - inicié un movimiento hacia don gonzalo y casi le grité-: yo he cumplido.
quiero ver a mi hijo.
don gonzalo cruzó una mirada con otro caballero que iba a su par, y que luego me enteré que era don rodrigo de ulloa.
– está en el real de santa fe, señor. vamos ahora a buscarlo.
– de prisa. estoy harto de tanta ceremonia. para vosotros puede que sea un bautizo o una boda; para mí es un torvo funeral.
de mi cohorte seleccioné a farax y a bejir, del que me atraía cada vez más su laconismo y la inteligencia de sus ojos; al resto lo mandé regresar a la ciudad. salimos al galope por la vía más recta. se retrasaba hernando de baeza, y hubo que aminorar la marcha. amitad de camino transcurría un arroyo, que venía crecido por las nieves. el agua no alcanzaba el pecho de los caballos.
fui a espolear el mío.
– ¡ señor! -exclamó bejir-, ¡señor!
él y farax se me arrimaron flanqueándome. se proponían cumplir el protocolo tradicional de proteger los estribos del sultán con los suyos.
– eso ya terminó. os lo agradezco, pero ya terminó.
don gonzalo se había situado a nuestra altura.
– para nosotros serás siempre el sultán -dijo farax.
– pues vamos a librar a mi heredero -murmuré al entrar en el agua.
don gonzalo se echó a un lado, e inclinó a mi paso la cabeza.
apunto ya de entrar en el real, el aire todo se transformó en estruendo. nos alarmamos. don gonzalo sonrió un poco, señaló a nuestras espaldas y nos tranquilizó; era el adorno último de la proclamación de los reyes cristianos como los nuevos señores de granada: una atronadora salva de toda clase de armas de fuego e instrumentos de guerra; se mezclaban bombardas y cañones con clarines, arcabuces con trompetas, mosquetes con atabales y tambores.
parecía que la tierra temblaba, y no digo yo que no lo hiciera: tenía motivos; también temblaba yo, no sé si por los mismos.
no me fijé en el campamento.
debía de tener una plaza central, de la que partían cuatro calles derechas principales; otras menores las cruzaban.
– el cardenal mendoza os brinda su aposento -me dijo don rodrigo de ulloa.
me guiaron a un gran pabellón situado en la plaza cerca de otro de aspecto muy rico, que presumí ser el de los reyes. desaparecieron los capitanes cristianos.
yo no tuve la paciencia de sentarme a esperar, y me movía sin cesar en aquella gran tienda, delante de uno que me habían presentado como hermano del cardenal, y a quien se encomendó mi custodia. ‘¿ mi custodia?’ por la expresión de hernando de baeza y de farax -la de bejir era más impenetrable- deduje que se traslucía demasiado la agitación de mi ánimo. traté de sobreponerme, pero seguramente no lo conseguí. para disimularla, fingí que me distraía mirando el mobiliario: un altar portátil muy bello, con estampas de la vida de jesús, las lámparas y los candeleros de plata sobredorada, un reclinatorio de oro y púrpura… no, nada de aquello me interesaba.
quería recoger a mi hijo. quería recoger a toda mi familia y salir de granada. se demoraban don gonzalo y don rodrigo. cuando regresaron, venían tan cariacontecidos que presentí algo malo.
– señor -me dijo don gonzalo con un tono azorado-, ha habido una orden mal dada, o una contraorden.
no os alteréis; nada ha ocurrido que sea irremediable. don martín de alarcón, desde moclín, ha llevado a vuestro hijo a la alcazaba. es de suponer que a estas horas se encuentra en brazos de su madre.
no hice ningún comentario.
temía algo peor. era cuestión de una hora más.
en ese momento entraron en el aposento aben comisa y el maleh. traían unas caras que a ellos les parecían de circunstancias; estuvieron a punto de hacerme reír.
falsamente contritos y serviles, me besaron el brazo y la mano. no les pregunté por qué no volvieron la noche anterior a la ciudad: lo sabía; ni por qué no se habían ocupado en recoger a mi hijo ahmad. ellos, sin embargo, se apresuraron a darme una miserable explicación.
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