allí estaban los soberbios sultanes de los mejores años, los príncipes frustrados, las sultanas madres de nuestros emires y adalides, los muertos a mano airada de la segunda rama de la dinastía…
cuanto hubo de relumbre y de usurpación había descansado allí por fin: el brillo y la ceniza, los sueños, las vanidades, los anhelos, los cuerpos armoniosos, los infinitos y coloreados mundos que caben en la reducida calavera de los hombres; los esqueletos esbeltos o combados, engarzados aún o desmandados ya; el breve relato exagerado de hazañas no siempre verdaderas, caligrafiado con primor sobre las alargadas losas, que duran mucho más que lo que narran… ‘ aquí concluye todo’, me decía; pero me lo decía de prisa y sin fijeza, porque tenía que ordenar aquel osario, aquel tremendo zoco de humildad. entre las cenizas relampagueaban de cuando en cuando perlas desparramadas de algún collar, o filigranas de oro. de lo nombrado, ni su nombre queda: ¿quién aprende el discurso de las ruinas?
¿ cómo meditar sobre lo baladí de nuestra vida, ni sacar consecuencias que me consolaran del desdichado extremo en el que yo -o con pretexto de mí, o en mi tiempohabía puesto al reino? ¿ cómo acusarme, o suplicar excusas? mi labor ahora era sólo, bajo la espectral iluminación de la luna y unos pocos candiles, amontonar cuanto restaba de quienes, desde el húmedo silencio de sus fosas, habían depositado tácitamente su legado en mí, y a quienes yo sin duda había defraudado. mi misión consistía en librarlos de las fatídicas contingencias provocadas por mí. yla cumplí sin miedo en la noche más fría de diciembre.
ahora, reunidos en una imponente asamblea, yacen en mondújar.
allí seré yo también enterrado.
si la muerte le proporciona al hombre la sabiduría de que carece, supongo que ellos me habrán justificado y me recibirán cuando me llegue mi hora. si la muerte no perfecciona al hombre, dará igual, porque ellos continuarán siendo tan escasamente virtuosos como fueron.
si la muerte es el paso a la nada, nada seremos todos, ellos y yo.
quizá esto último sea lo preferible; incluso lo probable. después de haber tenido entre mis manos tantos despojos taciturnos e inexpresivos, ¿qué día del juicio cabe, o qué resurrección? pocos hombres hay tan perversos que merezcan un juicio condenatorio póstumo; pocos, tan excelentes que merezcan una resurrección. resucitar no es imprescindible para quienes, por sus actos, aún viven en la memoria de sus agradecidos; es la mejor manera de inmortalidad que reconozco. quizá la vida no se extingue jamás, sino que se transforma, irisada y ubicua. yno porque triunfe de la muerte, sino porque lo invade todo, y todo es uno u otro aspecto de la vida mientras viene la muerte, y la muerte también. pero el hombre, que no entiende casi nada más que su propia vida -y eso apenas-, a lo único que aspira es a resucitar para volver a ella. cuánta es su pequeñez y, sin embargo, qué ansia de perdurar. de perdurar él mismo, siendo el mismo, en vez de confundirse con la naturaleza, que es la gran madre que no da explicaciones, porque, aunque las diera, resultaría inexplicable. ella es el manantial y ella es el mar. no es cruel, ni piadosa. no se rige por nuestros cicateros e inminentes niveles. cada oleada suya trae a unos seres y se lleva a otros. no es que se mueva la vida: la vida sigue inmóvil, cercada de fronteras misteriosas que lindan con la muerte. nosotros entramos o salimos a ella o de ella -es decir, “estamos”-, mientras que ella “es”.
¿ podría decirse, entonces, que la vida es quien tiene la razón?
no, no la tiene; no la necesita.
como no tiene alas, ni fragancia, ni exaltada lujuria: eso es cosa de pájaros, o flores, o de yeguas y percas; son peculiaridades. yuna fútil peculiaridad del hombre es la razón, como la de ruborizarse o la de sonreír, que lo distinguen de los animales. pero él piensa -pensamos- que la razón es una corona y un camino infinito, y pierde la oportunidad de ser feliz. es su inmodestia la que lo estropea. la felicidad consistiría en atenerse a su insignificancia y hacerse cargo de ella; en usar la razón para crecer, para multiplicarse y alegrarse, para ruborizarse y sonreír.
pero, no: el hombre se hincha y se enmascara; desea aparentar más fuerza y un tamaño mayor…
vanidad, vanidad. como si nuestra forma de vida fuese toda la vida; como si los astros incontables fuesen un lujo de nuestro artesonado. cuánta necia soberbia.
somos como mi madre, como esos viejos trastornados que reducen el mundo a sus alcobas, y viven convencidos de que el exterior entero los acata, y el exterior no sabe ni que existen. cuánta jactanciosa insistencia en permanecer siempre.
ni este desabrigo de tener que inventar a dios y una vida futura y una recompensa inverosímil, nos da la pauta de lo pobres que somos.
porque si a un principio superior a nosotros es a lo que llamamos dios, nos rodean los dioses; y si lo amenazante y lo terrible es dios -lo cual sería muy triste-, es casi todo dios… la vida sí que lo es. un dios perpetuamente de manifiesto y a la vez silencioso, providente y materno, creándonos y usándonos como se crea y se usa un instrumento, sosteniéndonos y dejándonos. pero nosotros no queremos eso, no queremos sólo eso: queremos perdurar, y perdurar en la felicidad. es decir, queremos ser precisamente dioses.
“ si hoy presto oídos, escucho una música que viene de muy lejos, del pasado también, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos de los de hoy, y de otras vidas. quizá la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea más que tal música. porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos. no obstante, toda música cesa.
hasta en nuestro recuerdo toda música cesa.” boabdil
ya ordenados los hilos de esta costosa trama, para eludir que otros convenios de los reyes perjudicaran los que habíamos firmado, transigí con adelantar el día de la entrega. se fijó el 6 de enero.
yo percibía, pese a que los más cercanos a mí me lo negaban, chispazos de malestar entre los granadinos, ciertos alborotos y descomedimientos como de quienes, sus causas ya perdidas, se desmandan y tratan de vivir a cuerpo de rey -¿de qué rey?- los días que les quedan. se habían asaltado casas de judíos, y de noche aumentaba la delincuencia. era prudente, pues, apresurar los acontecimientos.
el día primero del año solar fue domingo. nunca vi uno tan lóbrego. había resuelto mandar en ese día los quinientos rehenes, con aben comisa y el maleh a la cabeza. apenas descendieron las sombras de la noche, no mediada aún la tarde, se agruparon los rehenes cerca del barrio de los alfareros.
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