la interrumpí:
– ymadre y cuñada de sultanes.
de acuerdo: se hará lo que se pueda.
– se hará lo que se deba. yo, con algún fiel que aún tengo, escupiré a los reyes a la cara, haré que me degüellen, y mi sangre amotinará a los granadinos -dijo, y salió de la sala.
dicté una carta que aben comisa le llevó al rey fernando a la hora de jurar. en ella, aunque era el alguacil quien la firmaba, referí la conminación de la sultana, tan comprometedora si se cumplía. ‘ ella -le avisaba- se propone morir antes que ceder, y tendría falta de consejo quien hiciese más caso de que le besaran la mano que de que le entregaran un reino.’
el rey, más sagaz y más práctico que mi madre, cedió respecto a lo secundario; ya había cedido en córdoba. se me dijo que yo no había de hacer más que un acatamiento, que consistiría en sacar un pie del estribo y en llevar mi mano al bonete; en ese momento el rey me impediría seguir y me abrazaría como a otro rey. pensé que era mucho más difícil aprender y ejecutar aquel rito que el que estaba previsto: los movimientos incoados y a medio concluir siempre me han parecido de gran complicación. me asaltó la duda de en qué instante preciso debía detenerme y aguardar la interrupción del rey, sin que la maldad de éste me dejase colgado en una estúpida postura. luego pensé que llevaba mucho tiempo colgado en la peor.
en las fechas posteriores hube de hacer la vista gorda ante ciertos trajines. supuse -y así me lo ratificaron farax y nasim- que los reyes, por medio de zafra, de el pequení y de el maleh, enviaban dineros y regalos “para ganar amigos”, como decían ellos, con que fomentar una opinión favorable entre los alfaquíes y las personas prestigiosas.
el 29 de noviembre, con idéntico fin y con el de empujarme a no demorar mi información a los granadinos, los reyes dirigieron una carta “a chicos y grandes”. en ella ratifican -la conservo y la estoy releyendo- su resolución de mantener ejército y real frente a granada, “ dios queriendo”. yadvierten que si los ciudadanos con brevedad vienen a su servicio y les entregan sus fortalezas, “no serán causa de su propia perdición como los de málaga, sino que estarán seguros en sus personas y bienes, o de pasar a áfrica” gratuitamente, después de vender su hacienda a quien les plazca, y podrán salir a labrar sus heredades, y andar por donde quisieren de sus reinos.
pero lo importante era el final: señalaban un término de veinte días, desde la data, para que el común enviase a un representante que capitulara; pasado tal plazo, juraban por su fe que “no admitirían ni oirían más palabras sobre el asunto, quedando a los destinatarios de la carta la responsabilidad y culpa de su perdición”.
contra la ruda idea de los reyes y contra su matrera intención, yo me alegré de que se entendieran directamente con el pueblo.
el estado de la ciudad, entre las nevadas crecientes de la sierra y los acaparamientos de provisiones, empeoraba. el 16 de diciembre, muy temprano, vino a verme una comisión de alfaquíes, alamines de los gremios, jeques, alarifes, viejos y sabios; me suplicaban, sin aludir en absoluto a la carta de los reyes, como si no hubiese existido, que convocara sin demora por pregoneros a la gente de la ciudad y que les plantease los auténticos extremos en que ella se encontraba: subsistencias menguadas y, lo que era más grave, irrenovables por la intransitabilidad de los caminos y la falta de cultivos y brazos; quebranto del ejército, por ausencia tanto de caballeros como de peones, y falta de ayudas africanas, en las que nunca confiamos mucho. también reconocieron, con sonrojo, que habían desertado muchos granadinos, y que se hallaban sirviendo a los cristianos de exploradores y guías para sus incursiones.
– estamos en invierno, señor -añadieron-, y los cristianos han suspendido sus hostilidades. si ahora tratamos con ellos, nos escucharán; pero si no lo hacemos, aunque lográsemos mantenernos hasta la primavera, lo que es irrealizable, reunirían un ejército mayor con que atacarnos, y entonces estaríamos la ciudad y nosotros al descubierto y sin seguro frente a su ira. te rogamos, señor, que digas esto al pueblo.
yo les respondí que comprendía sus razones, y que, si bien consideraba más prudente que fuesen ellos, por su predicamento, quienes hablasen con el pueblo, no tenía inconveniente en ser yo quien lo hiciera, siempre con su sostén y su presencia.
convoqué la asamblea de ciudadanos para aquella misma tarde en la tabla, el lugar donde mi padre se empeñó en celebrar aquel alarde con el que se emprendió el decaimiento. subieron gentes de todos los barrios, aun de los más lejanos, a pesar de no ser a una fiesta a lo que subían, y en sus rostros se echaba de ver que no lo era. yo no podía impedir que mi memoria, a rachas, me trajera canciones, risas, juegos, marchas de trece años atrás y también la desflecada calamidad en que todo acabó. sólo faltaron representantes de los barrios de la alcazaba y de la puerta de elvira.
me estaba yo dirigiendo, rodeado de notables, al gentío, que era muy numeroso, cuando se escuchó un ruido de armas o voces que anunciaban ruido de armas. la turba se alteró. yo volví a recordar el siniestro remate del alarde. las gentes del albayzín y las de los alijares me gritaron: ‘ no tengas miedo, señor, que hemos de morir nosotros antes que tú’, y se lanzaron en tropel cuesta abajo.
un hombre, cuya delgadez era tan grande como sus ojos, que dijo habitar en la antequeruela, fue quien dio cuenta de lo que sucedía: los de la alcazaba y puerta de elvira, determinados a pelear, habían levantado empalizadas en sus calles, y clausurado la puerta de guadix y la del osario, a la otra orilla del darro. pedí al hombre que se aproximara. avanzó entre la multitud. era manco del brazo izquierdo.
– ¿ por qué? -le pregunté.
pensé inmediatamente que me iba a contestar la causa de su manquedad, pero no.
– porque dicen que de ellos saldrán los rehenes y que no volverán más, igual que tú no has vuelto a la alcazaba desde hace días, y que entrarán los cristianos y les robarán sus casas.
– son cosas de almogávares y de gandules, señor -gritó otro hombre muy grueso con dos niños en brazos.
– ¿ no son soldados ellos? pues que sean ellos quienes vayan a la guerra. nosotros ya tuvimos bastante -voceó un anciano, apoyado en un retorcido bastón.
– venid -dije a los notables, y me fui, con ellos y muchos ciudadanos, en busca de los descontentos.
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