cuando me vieron llegar, agarraron con más fuerza las herramientas que estaban usando para empalizar. no era momento de andarse con rodeos. les hablé con parsimonia.
– he sabido que un número abundante de caballeros granadinos y algunos alcaides de aldeas negocian con los reyes cristianos contra mi parecer. vosotros y yo somos, en común, quienes hemos de hacerlo.
así han venido a pedírmelo vuestros superiores, y de lo hecho en su nombre no pienso desdecirme. si alguien quiere pelear con ellos y conmigo, nos hallará en la alhambra; pero si alguien tiene algo que pedir, o algo de que asegurarse, o entiende que algo no se realizó con rectitud, hable en su pro con su alamín y dele su poder, y que vengan a exponerme qué es lo que les inquieta y qué lo que les falta. yno salga yo de granada sino para bajar al cementerio si dejo a mis vasallos indefensos. no otra cosa que ésa es ser sultán.
tropecé, lo mismo que otras veces, con los ojos de farax embebidos en mi voz; me escuchaba con la boca abierta, y yo, incapaz de evitarlo, sonreí. fue entonces cuando la población entera resolvió enviar una embajada pública a los reyes cristianos. muchos, por descontado, opinaron que todo era una estratagema, y que al cabo el pueblo me había venido a pedir lo mismo que yo ya había pactado. quizá tampoco la política sea otra cosa que esa anticipación. el hecho es que la embajada la condujeron aben comisa y el maleh, y encontraron al rey propicio y “ablandado”, y les otorgó cuanto le pidieron; a nadie se le ocurrió pedir más de lo ya concedido en las capitulaciones.
alos embajadores les regaló doblas y alhajas: unas para ellos, y otras para seguir “ablandando” resistencias, aunque dudo que las segundas llegaran a su destino.
sin embargo, las embajadas particulares a santa fe eran más de día en día, y llegó a mis oídos lo avanzado de las negociaciones con los alcaides de alfacar, la única fortaleza exterior que aún quedaba en mis manos; unas negociaciones que se desarrollaron sin mi consentimiento, y se firmaron precisamente el 20 de diciembre.
dije precisamente, porque ése fue el día en que saqué de la alhambra los restos de mis antepasados. yo, que para muchos era su ultrajador, tenía que impedir que fueran ultrajados. ya al margen de nuestras contiendas, ellos tenían derecho a descansar en paz.
eran tantas las tumbas que me abrumó la idea. pedí a farax que me ayudara; pero necesitábamos a alguien más de total confianza.
recurrí a un secretario que, al término de una asamblea de las que días atrás menudeaban, se me había acercado con una sinceridad rara entonces y me había dicho:
– señor, sobre lo que sucede, si es que sucede algo, no tengo yo opinión. sólo tengo mi brazo, y ése es tuyo.
lo miré, agradecido ante una declaración que poco antes habría resultado obvia, descansé la mano, y quizá más que ella, sobre el brazo que me ofrecía, y le contesté:
– acaso antes de lo que creemos me veré obligado a usarlo. gracias.
lo usé con el motivo que ahora digo. el nombre del secretario es bejir el guibis.
sin participárselo a ningún familiar, porque temía la barahúnda de juicios en un caso que exigía ser solventado aprisa, decidí llevar los restos a mondújar. allí se encontraban ya los de mi padre, y me pareció sensato reunirlos a todos en ese valle de lecrín, rojizo y fértil como un vientre de mujer, bajo las agrias estribaciones de la alpujarra, y lo más semejante al paraíso que yo podía ofrendarles.
pusimos manos a la obra en cuanto anocheció. me entristecía tener que hacer a escondidas, como si se tratase de un crimen, una ceremonia que habría requerido tanta solemnidad; pero no era razonable exasperar más la sensibilidad a flor de piel de los granadinos. no convoqué a ningún alfaquí: los muertos gozan ya, o eso espero, de las promesas con las que alentaron, y no precisan intermediarios que les hagan de puente con la divinidad. habíamos conseguido una decena de hombres del pueblo de lealtad confirmada, ocho de ellos jardineros de la alhambra lo mismo que faiz. el secreto, tanto de la exhumación como de la inhumación en el nuevo lugar, y el nombre de éste, era esencial para mi propósito.
creo que lo conseguimos.
al atravesar la puerta de la rauda, con su portentosa y alta cúpula que tanto me sedujo desde niño, me invadió un ligero mareo, quizá provocado por la tensión a que los acontecimientos venían sometiéndome. se me nubló la vista; me apoyé contra el muro. creí escuchar la voz de el maleh de hace veinte años, cuando me dio, por vez primera, la explicación de aquella puerta un tanto incomprensible.
– esto -me dijo señalándola-, y el aljibe que surte el cuarto de comares y sus baños, son los únicos restos -en mi cabeza resonaba el eco de la palabra “restos”- del palacio del primer ismail, el asesinado -ahora era “asesinado” lo que en mí resonaba-, que yace con los otros sultanes en la rauda. su hijo yusuf agrandó ese palacio, y lo transformó en el de comares. ysu nieto mohamed construyó el palacio de los leones y le añadió a comares sus bellísimas puertas… todos duermen ahora en esta rauda, tan próxima a sus obras inmortales… -”inmortales”, oía, y volvía a oírlo.
me repuse, auxiliado por farax, y entramos. era quizá mi jardín preferido. mínimo y doméstico, acompasado y mecido por el agua y los pájaros, siempre me figuré que en él se dormiría bien.
en verano se esparce en su ámbito una suave penumbra, verdosa y fresca; en invierno, su orientación y los árboles altos lo resguardan de los vientos. pero como en la alhambra había otros cementerios dispersos, anteriores a éste, a cinco de los diez hombres los enviamos a ellos, y nos citamos cuanto antes en mondújar.
la labor fue intermitente y melancólica. era imposible realizarla con la pulcritud que habría deseado; el tiempo trabaja en contra nuestra hasta cuando ya hemos salido de él. los ataúdes estaban quebrantados, sueltas las osamentas, fracturadas las piedras de las estelas y las magabrillas. hube de sobreponerme a la angustia de acumular los restos sin saber con certeza de quién eran, o de quién habían sido. disponía su colocación sobre los carros en el orden inverso al de la inhumación del día siguiente. ya mi manera, oraba; pedía perdón a mi manera por esta intromisión perturbadora antes del día del juicio y de la resurrección.
Читать дальше