pero no pudo evitarse que, aunque el frío había recluido a la gente en sus casas, se corriera la voz, y se formó un tumulto en torno a ellos, que yo había mandado salir, desde la huerta chica de la almanjara, por la puerta del poniente. temí que un litigio cualquiera perjudicara la pacífica marcha de las cosas, e invitase o excusase la intervención del ejército cristiano, lo que acarrearía derramamientos de sangre. con el pretexto de que recogiera un par de caballos y una espada que yo obsequiaba al rey fernando, hice volver a aben comisa y le di una carta para que se la entregara en propia mano. en ella le pedía que aquella misma noche, con el mayor sigilo, mandara tropas a hacerse cargo de la alhambra; al día siguiente, los que eran todavía mis vasallos, ante lo irrevocable, aceptarían, sin la tentación de levantarse en armas, la entrega de granada. así se eliminaban riesgos y contingencias.
desde que recibió mi aviso, no dejó pasar ni una hora el ávido fernando. ala medianoche envió una tropa capitaneada por gutierre de cárdenas, el comendador mayor de león. vino, envuelta en el frío, por la parte de los alijares, cuyo camino era el más discreto y apartado. en la torre del agua aguardaban a los cristianos farax y nasim; los introdujeron en la alhambra por la puerta de los pozos. el amanecer, si es que iba a amanecer, aún tardaría.
yo me encontraba en el salón del cuarto de los leones con doce dignatarios. vi entrar, un poco pálido, a farax, y comprendí que el destino había llegado. despedí a mis caballeros, y les ordené retirarse a la ciudad. yo pasé solo al cuarto de comares. en el trayecto me quité las insignias reales y se las di a farax, que me besó las manos al tomarlas. don gutierre había distribuido sus soldados, que no eran muchos, en dos alas, para tomar posiciones por si fuera preciso. lo recibí en el salón de comares. lo había mandado adornar con diecisiete estandartes, arrebatados en diferentes épocas a los cristianos: alguno de ellos llevaba dos siglos y medio con nosotros. al comendador lo cercaban unos pocos capitanes; vi en sus rostros tal fervoroso estupor ante el palacio como si se encontrasen con dios en el paraíso.
‘ sevilla, comparada con esto, es una casa pajiza’, oí decir a uno.
tan absortos estaban, que hube de adelantarme hacia don gutierre con las llaves de la alhambra en las manos; se las tendí en silencio.
él me reconoció, y me besó también las manos al tomarlas. después de él, hicieron lo mismo los demás.
yo le rogué al comendador de león con voz muy baja -el estupor y la expectación de la noche la agrandaban- que me diera un papel firmado con su nombre en que testificase como recibía la fortaleza y como el acto se hacía a su satisfacción. el recibo lo escribió un sacerdote de su comitiva; era rollizo y calvo y sacaba la lengua al escribir. don gutierre me lo alargó sin una sola palabra; sólo una acobardada sonrisa en algún rincón de su rostro. el patio todo era una muda bóveda. alguien dejó caer una espada; el estrépito se desparramó sobre el pavimento y sobre el agua aterida del estanque.
– ya no tenemos nada que hacer aquí. vamos -dije a farax. ya nasim-: tú acompaña a los huéspedes. yquédate con ellos, si es tu gusto.
al salir de la alhambra para ir a la alcazaba, donde por la tarde había mandado instalar a mi madre y a moraima con sus damas, vi que las tropas de don gutierre ocupaban ya las torres y los puntos más fuertes del recinto. me cayeron encima los versos de yarir:
“¿ qué mansiones son éstas que a un triste no responden?
¿ es que han ensordecido, o es que son sólo ruinas?
regresad, regresad a aquella venturosa e inolvidable tarde; porque, si hubiesen muerto estas moradas, nosotros moriríamos.”
el día anterior había sido tormentoso; éste, por el contrario, amanecía limpio y azul. si no hubiera sido por la temperatura, se habría dicho que era primavera.
– ¿ y aben comisa y el maleh? -le pregunté a farax.
– no venían con don gutierre: prefirieron quedarse en santa fe.
– cobardes hasta el fin -murmuré, y miré el inabarcable cielo.
nos cruzamos con un grupo de cautivos cristianos que subía la ladera de la sabica. ‘ ya nadie me reconoce’, recuerdo que pensé. ydije:
– van a unirse a los otros.
celebrarán juntos una misa de acción de gracias. -’¿ qué sitio habrán elegido para profanarlo el primero?’, me pregunté. yme respondí: ‘ no me importa: eso es cosa de dios’.
entrábamos en la alcazaba cuando oímos tres cañonazos. farax me miró sobresaltado.
– es la señal para advertir al campamento.
me volví hacia el levante.
– el sol no es fiel: acaba de salir cuando empieza para el islam la luna nueva.
luego, cerca de mis habitaciones, dije a los que me seguían:
– aquel que pueda debe dormir algo.
– ¿ me permites permanecer contigo? -me preguntó farax.
– ¿ es que lo necesitas? - él asintió con desolación-. pasa entonces.
hacía frío en la alcoba, o lo tenía yo. mandé avivar los braseros; uno despedía tufo.
– que lo retiren -pedí-. yque quemen un poco de madera de olor.
farax puso su mano sobre la mía:
– ¿ cómo te encuentras?
– no me encuentro. yno quiero encontrarme. no me preguntes nada.
quisiera dormirme, y despertar cuando todo esto empezara a olvidarse. omejor, no despertarme nunca.
no conseguí dormir. apretaba con tal fuerza los párpados que eso me lo impedía; puse tal fuerza en cerrar los oídos a lo que temía oír, que escuchaba mil ruidos interiores, como si tuviera la cabeza llena de vientos. apreté tanto las mandíbulas que sentía dolor. mi cuerpo tenía la tensión de las cuerdas de un laúd. no conseguí dormir. farax me propuso que fuésemos al baño. acaso el calor y el masaje me aliviaran. lo miré largamente, largamente. y, de pronto, se echó a llorar con rabia igual que un niño, y me estrechó contra su pecho. luego, tragándose las lágrimas, me separó de él. yo le envidié que pudiese llorar y también que pudiese dejar de llorar.
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