el único descanso de mi alma era que a todos se nos tratara mejor como servidores y vasallos que como enemigos; mi única inquietud, que así no fuese. acertó la inquietud.
aben comisa no se avenía a que el maleh hubiese acaparado las negociaciones. casi en vísperas de las firmas escribió al conde de tendilla, recién llegado de alcalá la real, con el que mantenía buenas relaciones y del que supo que iba a ser nombrado máxima autoridad militar y civil de granada. tales relaciones se habían afirmado meses atrás, cuando el conde apresó a una sobrina de aben comisa que se dirigía a tetuán para contraer matrimonio con su alcaide. las gestiones del rescate fueron laboriosas. yo ofrecí la entrega de unos cuantos sacerdotes cristianos y de otros cien cautivos. tendilla trajo a la joven fátima a las puertas de granada, pregonando entre los cristianos que era el suyo un ademán caballeresco y que, por si no era bastante, al enterarse de su rango y de sus circunstancias -como si no los supiera de antemano-, le había hecho un presente de joya por su boda. todo fue una faramalla del conde que, de tal modo, consiguió sus propósitos y una fama de galantería y gentileza que no le era debida.
en su carta de ahora, el rastrero aben comisa le advertía indignamente que, dentro de la ciudad, no marchaban las cosas tan bien como se sostenía; que era “dificultoso reducir a un pueblo tan grande si una vez se alteraba”, y que todos conocían lo inconstante de la condición del sultán. ante estas amonestaciones, quiso el conde entrevistarse conmigo para cerciorarse de la situación. lo recibí en la alhambra, en el cuarto de los leones.
yo llegué un poco antes de la hora, y mandé que me dejaran solo.
me despedía de cada capitel, de la luz, del agua y de mí mismo. chispeaba el pálido azul de la luna tras el encaje espeso de las arquerías como una travesura y una risa. ‘ ni las arquerías ni la luna están aún enteradas’, me dije.
sentía que me rodeaba una presencia múltiple: la de quienes vivieron allí y se ilusionaron. pensé en la multitud de quienes habían visto, desde algún mirador, platearse el jardín como ahora se plateaba, y escuché el líquido rugido de los leones, que se hacían espaldas en círculo unos a otros, defendiéndose de un peligro que hasta hoy había sido imaginario y que ya era real.
“ plata fundida corre entre las perlas, a las que se asemeja en belleza sin mancha y transparente.
agua y mármol parecen confundirse sin que sepamos cuál de los dos se desliza.”
tenía razón el poema que enriquece los bordes de la taza. nada pesaba allí. el patio entero estaba sostenido en el aire; suspendido de algo, no apoyado en la tierra. las habitaciones de los testeros eran el minucioso y frágil producto de un ensueño: no había dureza ni resistencia en ellas, tan sólo agilidad. nunca tuve la certidumbre de que a lo largo de toda la noche permanecieran aquella arquitectura y aquel embrujo; quizá se evaporaban entre las brumas del anochecer, y al reconstruirse en cada alba no lo hacían de la misma manera…
alguien, un centinela, pisaba con apresuramiento las galerías y se acercaba con una tea en las manos. se estremecieron los quioscos, cambiaron de lugar, ondularon las delgadas columnas, como si una rama destrozase agitándola una imagen reflejada en el agua.
arriba se afirmaron las estrellas ante la luz del hacha que portaba el intruso; abajo se hizo el agua más ruidosa, como afirmando su potestad absoluta. me oculté en la sala del mediodía. acaso el centinela me buscaba y, al no encontrarme, se alejó. todo retornó a su sueño, a su tenue inexistencia, a su serenidad sepulcral, como un disciplinado bosque durmiente o quizá desvelado para siempre. tuve un sobresalto: los leones me parecieron agruparse acechantes, decididos a saltar sobre mí, como cuando era niño.
“ quien contempla estos leones amenazadores sabe que sólo el respeto al emir contiene su enojo.”
¿ el respeto a qué emir? la lividez de la luna se cuajó, consternada; se hicieron más opacos los atauriques y más densos. se me aceleraba el corazón. vi, en la fuente de la sala, reflejarse la enjoyada y rielante indiferencia de su cúpula de almocárabes. y, al retroceder, reflejado también, vi el pórtico de la sala del norte.
“ jardín soy yo que adorna la hermosura.
mi ser sabrás si mi belleza miras.”
así es, como dice: sólo hermosura; sin motivo, sin objeto, sin término… ‘ no puede ser’, me dije. ‘¿ cómo es que alcanzo a verlo en esta pila de agua? estoy dormido o muerto.’ no; sólo estaba abrumado y de rodillas. sin saber por qué -¿o sí?- ni cómo, me había postrado; alcé los ojos desvalidos.
tropezaron con la incesante cascada de estalactitas del techo, conjuradas en estrellada asamblea.
¿ contra mí, conjuradas? sollocé: el agua, siempre el agua. tomándola en las manos, humedecí mi cara. “ es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas y que las esconde por miedo a un delator”, decían los versos de la fuente. me sequé con el manto. hacía frío.
oí una voz que me llamaba. supuse que el conde de tendilla había llegado. caminé lentamente hacia el fondo del cuarto, hasta el salón real.
el conde es avellanado y seco, de aire desabrido, cara estrecha y larga, nariz grande, ojos muy juntos, y la boca, que apenas si se mueve al hablar, sin labios, plegada en una mueca de desdén o de asco; sus manos son huesudas y nerviosas. con nosotros estaban aben comisa, el maleh y hernando de baeza, que nos traducía cuando era necesario. ahora leía baeza uno por uno los puntos de las capitulaciones. levantaba la vista del papel, y me miraba para confirmar que yo estaba de acuerdo. en algún caso se agregaba una aclaración, o se emitía un comentario que hiciera explícito lo leído. el conde inclinaba la cabeza con un gesto de aprobación. era palmario que el acto le cansaba, y que, más que a recoger mi conformidad y mi sello, había venido a plantear una cuestión fácil de adivinar.
recuerdo, por ejemplo, que, en cuanto a la obligación de entregar a los cautivos cristianos por parte de sus dueños, yo pedí que se añadiese: “ si alguien hubiera tenido alguno y lo hubiera vendido al otro lado del mar, no esté obligado a darlo, en caso de que jure y aporte testigos bajo juramento que demuestren que la venta se efectuó antes de estos asientos, y que no es suyo ya, ni se encuentra en su poder”. oque los judíos que antes eran cristianos tuvieran un plazo de tres meses, contados desde el 18 de diciembre siguiente, para embarcar a áfrica. oque los cristianos que se hubiesen tornado moros no fuesen forzados a hacerse cristianos contra su voluntad. oque las rentas de las cofradías y de las escuelas coránicas y las limosnas quedasen bajo la vigilancia de los alfaquíes para que las gastaran y distribuyeran como fuese menester, sin que los reyes se entremetan, ni las tomen ni embarguen. oque mis súbditos no sean llamados a guerra alguna a la fuerza, y que, si los reyes necesitan caballeros con armas y caballos (que fue lo que opuso el conde), vayan cuando los reclamen, pero no fuera de andalucía, y con un sueldo desde el día en que salgan de sus casas hasta el regreso a ellas. yasimismo pedí que se estableciera que los nombramientos para oficios y puestos recaerían en miembros de nuestra comunidad, y que las plazas y las carnicerías de los cristianos tenían que estar apartadas de las nuestras, y sus mercaderías lejos de nuestros zocos, y que se castigase a los infractores.
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