Fernando Schwartz - El Peor Hombre Del Mundo

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Novela negra de trazos muy nítidos en el más puro estilo del género, El peor hombre del mundo combina la acción vertiginosa con el humor, la pasión y el riesgo. El secuestro de un millonario en Amsterdam desencadena una serie de acontecimientos que desembocan en el submundo de la droga de Madrid. A su vez, el ex-agente Horcajo, el peor hombre del mundo, ha abandonado su refugio en Colombia y ha regresado a la ciudad. ¿Qué le ha hecho volver a un lugar en el que se sabe condenado a muerte? ¿Qué papel juega en todo esto Paloma, una madrileña rompedora? Y, por cierto, ¿cómo se cobra un rescate sin ser detenido?.

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– No era eso lo acordado -dijo Jacinto secamente-. Pero, en fin, no tiene importancia. De todos modos, espéreme aquí y no se suba al camión cuando éste llegue… No le dejarían.

Dándose la vuelta, se acercó al banco, empujó la puerta, una puerta muy sencilla de madera y cristal corriente seguida de dos escalones y otra segunda, muy similar a la primera, y se dispuso a entrar. En ese momento, Pepeluis lo empujó violentamente, forzándolo a entrar a trompicones en el banco. Detrás de ellos lo hicieron Pili y Mario.

– ¡Qué…! -exclamó Jacinto, rehaciéndose y dándose la vuelta para ver lo que ocurría.

– Quieto, abuelo -dijo Pili.

En una mano llevaba una navaja. Con la otra corrió el pestillo de la puerta. Las pocas personas que había en la sucursal se apartaron hacia la derecha.

Pepeluis había sacado la escopeta y apuntaba hacia el interior del banco, moviendo el arma en semicírculo, mientras Mario, histérico ya, gritaba:

– ¡Venga! ¡Dinero, dinero…, todo el dinero! ¡Al que se mueva lo jodo vivo! Tú… -gritó al cajero-, venga, saca la pasta. ¡Venga, venga, venga!

Le dolían el cuello y el estómago. Con un ruido gutural, se llevó el brazo izquierdo a la cintura y se dobló en dos, pero se enderezó en seguida.

– ¿Estás bien? -le gritó Pepeluis.

Mario se apoyó un momento contra una de las columnas de la zona de público.

– Sí, sí, estoy bien… -Se dirigió nuevamente al cajero-. ¡Venga, tío, venga!

Con muy buen acuerdo y prudencia, el cajero abrió su pequeño cajón y sacó los billetes que tenía.

– ¿Cuánto hay? ¡Venga!

El cajero miró los billetes por encima.

– Unas doscientas mil -dijo.

Agitando los dedos, Mario dijo:

– Aquí, anda, aquí, aquí. -Cogió los billetes que le pasaba el cajero por debajo de la ventanilla de seguridad-. ¡Que no se mueva nadie! -gritó por última vez.

Desde fuera, Hank y Christiaan Kalverstat, Carlos, Nick, el cuñado del Chino, el aparcacoches de la peluquería contigua y una decena de peatones más miraban hacia dentro con asombro y exclamaban con excitación. La primera reacción de Nick había sido abrirse paso a tiros y acabar con los tres desharrapados que habían empujado al hombre de Medellín. Pero, al ver que sus hermanos estaban bien y que Hank aún tenía la cartera con los diamantes, había decidido esperar. Miró a Hank y éste le hizo un gesto negativo con la cabeza.

Visto desde la calle, Horcajo estaba en la izquierda de la zona de público del pequeño banco, casi en la entrada, y permanecía del todo inmóvil sin perder de vista a la chica de la navaja. Pepeluis y Mario retrocedieron a saltos, como si bailaran, hasta topar con la puerta de entrada.

– Vamonos -dijo Pepeluis.

– ¿Nos llevamos a uno? -preguntó Pili.

– ¿Estás loca? ¡Vamonos!

– Mira la de gente que hay fuera -dijo Pili-. Venga, vamos a llevarnos a éste de rehén. -Señaló a Jacinto-. Vamos, abuelo.

La casualidad quiso que, en ese momento, Manolo detuviera el camión amarillo delante del banco y desatrancara la portezuela del pasajero. El guardaespaldas que iba al lado de Manolo se bajó del camión.

– ¡La pasma! -gritó Pili histéricamente.

Pepeluis, forzando la postura, levantó la escopeta al aire y cruzó su mano izquierda por encima de ella, para agarrar por un hombro a Horcajo, que seguía inmóvil a su derecha.

– Vamos, tú. ¡Vamos!

Tiró de Jacinto hacia sí, lo forzó a volverse y, poniéndole la escopeta entre los omoplatos, lo empujó hacia adelante. Pili descorrió el pestillo y tiró de la puerta interior. Salieron, por este orden, Horcajo, Pepeluis, Mario y Pili. Mario aún llevaba el dinero en la mano y Pili seguía agarrando la navaja.

Los mirones, que habían estado en la acera hasta entonces, al ver que los asaltantes del banco salían con un rehén, se apartaron con precipitación hasta colocarse en la calzada, a buen recaudo detrás de los coches aparcados. El cuñado del Chino, considerando cómo venían dadas, se separó del grupo de mirones, giró en redondo y siguió andando calle abajo como si tal cosa. Las cosas son como son y todos en la banda del Chino eran personas eminentemente prácticas y comprendían cuándo había llegado el momento de retirarse por el foro. Estaba claro que no tenían pito que tocar en la que, por razones obvias, se avecinaba.

También Carlos tardó unos segundos en decidirse. Finalmente, se retiró andando marcha atrás hasta ponerse al lado del camión amarillo. El Gera, que llegaba en tromba desde la acera de enfrente, se detuvo bruscamente al lado de Carlos.

– ¿Qué pasa? -le preguntó.

– Unos drogatas que se han metido a asaltar el banco -dijo Carlos.

– No me lo puedo ni creer -murmuró el Gera-. Y, encima, tienen a Jacinto.

Tenía la mano derecha en el bolsillo y, en la mano, su pistola.

Sólo Hank, Christiaan y, un poco más lejos, Nick siguieron sin moverse.

Jacinto estaba pálido.

– ¡Venga! ¡Apártense! -gritó Pepeluis.

Pili rió con histeria.

Mario iba llorando.

– Rápido, rápido -gemía.

Desde dentro del camión, José Luis Álvarez intentó ver la escena, pero se lo impedían las persianas metálicas cruzadas sobre la ventanilla. Ironías de la vida, se encontraba a menos de un metro de Carlos y del Gera. De haberlo sabido, los acontecimientos posteriores se habrían desarrollado con seguridad de manera muy distinta.

Mientras tanto, el guardaespaldas que se había bajado del camión de Transmoney estaba indeciso. Poco experto en situaciones límite que no requirieran la aplicación simple de la ley del matón, no sabía qué hacer. Había desenfundado la pistola, pero la tenía caída a lo largo del costado y miraba a un sitio y a otro en súplica de inspiración.

Hank y Christiaan se apartaron lentamente hasta pegarse contra la pared del banco. Dejaban así a Nick espacio para disparar si fuera necesario.

Atraídos por los gritos y carreras de la gente, los dos guardias civiles se asomaron a la puerta del inmueble que custodiaban y, al hacerlo, se condenaron a muerte sin quererlo. Un poco más lejos, Bernhardt no sabía qué estaba ocurriendo en el banco y se limitó a cumplir sus instrucciones: desenfundó su pistola e hizo tres rápidos disparos. Dos, mortales de necesidad, hicieron impacto en la espalda y en la nuca del primero de los guardias; el tercero, también mortal, pegó en la frente del segundo cuando salía de la casa. Moribundo ya, y solamente impulsado por sus reflejos, el guardia disparó una ráfaga de metralleta. Seis disparos hirieron de muerte a Bernhardt, acertándole en el cuello, tórax y vientre. Los dos disparos restantes destrozaron, uno, el parabrisas de un coche aparcado en las inmediaciones, y otro, el peroné de una anciana que esperaba a que el semáforo cambiara a verde para cruzar la calle.

Los tres disparos y la ráfaga de metralleta sonaron de forma casi simultánea. Pepeluis, sobresaltado, miró a su izquierda y levantó un poco su arma, relajando la presión ejercida sobre la espalda de Horcajo. Al notarlo, Jacinto se dejó caer sin más al suelo y rodó hacia su izquierda.

Nick mató a Pepeluis de un solo disparo, hecho casi a quemarropa. Nadie lo vio porque todos miraban hacia la macabra escena que acababa de tener lugar en la esquina de Velázquez.

Pili vio caer a Pepeluis y dio un grito desgarrador, como el de un animal herido. Se agachó para atenderlo. El falso guardaespaldas de Transmoney reconoció de modo instantáneo la situación y, de una zancada, se acercó a Pili y le dio una fuerte patada. La intención era darle en la cara, pero sólo acertó con el hombro. Disparada con tremenda violencia hacia atrás, Pili cayó contra Mario y ambos se derrumbaron como sacos de patatas. Quedaron sentados en la acera, completamente aturdidos.

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