Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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Tardé un par de horas en volver al hotel. Entré en el bar, casi desierto a esa hora, y pedí un sandwich de jamón, "chancho", me dijo el camarero, y una Coca-Cola.

Subí a mi habitación y, a los dos minutos, sonaron discretamente unos golpecitos en la puerta. Abrí y allí estaba mi botones, sonriendo abiertamente.

– Buenas tardes, señor. Debe usted ir a la Soda Palace y sentarse…

– ¿Ahora?

Dudó.

– No. Ahora no. Mañana en la mañana, mejor. Va usted a esperar mucho… Mejor, no les muestra impaciencia, ¿no?

Me metí la mano en el bolsillo, saqué cien dólares y se los di. Sonrió nuevamente.

– Si quiere algo de mí, me llama. Soy Rene.

– OK, Rene. Si necesito algo, no dudaré ni un momento en llamarte.

– Buenas noches, señor. -Dudó un momento. Luego, preguntó-: ¿Necesita alguna cosa para esta noche?

– No, gracias. Esta noche voy a dormir.

A las ocho de la mañana del día siguiente empezó mi espera en la Soda Palace, un enorme bar que hace esquina a la avenida Segunda y la calle 6 y que mira hacia la catedral. No tiene ni puertas ni ventanas: todo está abierto a la calle y no se sabe dónde termina la acera y dónde empieza el restaurante. Al fondo, una larga barra cruza el establecimiento de parte a parte. Al principio, me miraban con sorpresa, viéndome pasar tantas horas sin moverme, sentado en una mesa de la esquina, leyendo el periódico y, luego, un libro. Pero, como pedía regularmente cosas que beber o que comer y las pagaba religiosamente, me acabaron dejando en paz.

En el día y medio que, entre unas cosas y otras, permanecí allí, pude darme cuenta de que el dueño de la Soda Palace tenía montada una organización que funcionaba como una maquinaria bien engrasada y que ingresaba dinero a espuertas. Un gran cartel rezaba: "Soda Palace, paellas, mariscos, bodas, banquetes, se sirve a domicilio. Hay churros." Abierta las veinticuatro horas del día, acudían a ella tipos muy distintos de la vida costarricense, pero separados en compartimentos estancos, de forma casi ritual: señoras de misa y desayuno, comerciantes de café, vendedores de mercado y mercadillo, quinceañeras descaradas esperando la hora del cine o al medio novio, intelectuales de tertulia (lo que, por el respeto con que se les trataba, parecían ministros del Gobierno), trasnochadores, prostitutas a la caza de lo que saltara e insomnes irredentos. Sobre todo este guirigay continuo, presidía, como un rey alborotador y amable, un gran andaluz de pelo rizado y nariz enorme, al que la gente llamaba Antonio. Con la risa pronta y el humor vivo, se paseaba por entre las mesas dando palmas y cantando; pero, detrás de la fachada reidora y alegre, no se le escapaba un detalle, no se le iba una conversación. Estuve mirándole con admiración durante horas. Y él, a mí. Pero, evidentemente, había decidido esperar a ver lo que yo hacía, antes de abordarme. Un genio. Hasta los camareros habían sido cuidadosamente seleccionados para cada turno: viejos de marcha cansina para las señoras y los comerciantes, mestizos para los vendedores, chavales recortados e insolentes para las niñas quinceañeras, hombres de media edad para los intelectuales y los ministros y jóvenes groseros y mal encarados, de humor zafio y vivo, para los trasnochadores, las prostitutas y los insomnes.

De vez en cuando, seguro de que estaba siendo observado, me levantaba y me daba un paseo por la plaza o por una de las calles, mirando escaparates y comprando cigarrillos. Hacia las once de la noche del primer día volví al hotel, subí directamente a mi habitación y me metí en la cama.

A las nueve de la mañana siguiente, estaba puntualmente sentado frente a mi mesa en la Soda Palace. Pedí un zumo de naranja, un café y una tostada. Como siguiera a este ritmo muchos días, me iba a poner como un tonel. En la mesa de al lado, había un hombre desayunando y leyendo el periódico. Me incliné hacia él.

– Perdone, ¿me podría usted pasar el azucarero?

– Cómo no -contestó Staines -. Tome -añadió y me lo entregó.

– El café aquí es excelente.

– Buenísimo, sí, señor -me contestó, sonriendo amablemente. La herida de la mejilla estaba cicatrizando-. Han arreglado los cristales de tu casa y he puesto tus cuadros en lugar seguro…

– ¿Mucho follón?

– Mucho. -Sonrió nuevamente. Me serví azúcar.

– ¿Quién fue?

– Humm. Huele a CÍA que apesta. Tiene todas las trazas…

– Gracias -dije, devolviendo el azucarero.

– De nada -contestó y se enfrascó nuevamente en la lectura del periódico.

Al poco rato, se acercó un chico joven, un adolescente menudo y flaco. Llevaba una gran caja de madera agarrada por un poyete en forma de suela de zapato. Le había visto rondando por la Soda tres o cuatro veces.

– ¿Limpia? -preguntó a Staines, que hizo un gesto negativo con la cabeza-. ¿Limpia? -repitió, mirándome.

Asentí.

Se instaló delante de mí en cuclillas, dio un golpe con la mano en el poyete y coloqué mi pie derecho sobre él. Me limpió los zapatos amorosamente y me los dejó como un espejo. Cuando hubo terminado, me dio un pequeño empujón en el zapato izquierdo y dijo:

– Son treinta pesos.

Le pagué y, en mi mano, quedó un diminuto papel doblado en dos. Dejé que se levantara y saliera de la Soda. Luego, desdoblé el papel; escrito en mayúsculas algo infantiles ponía "Sígame."

Pagué mi desayuno, me puse de pie y salí del bar. El limpiabotas esperaba un poco más allá, andando lentamente hacia la catedral. Esperé a que cambiara el semáforo y se detuviera el chorro de automóviles y destartalados autobuses y crucé de acera.

Estuvimos andando algo más de media hora, en dirección al sur. Lentamente, cruzamos calles y avenidas, hasta que el tráfico se hizo menos intenso y, entre casa y casa, empezó a aparecer algún solar, algún descampado, algún sembrado de cafetales. No muy lejos, se veía la sabana abierta y, al fondo, un monte escarpado, azul oscuro en el contraluz de la mañana.

Finalmente, el limpiabotas se detuvo frente a una pequeña casa de madera y la señaló con la barbilla. Se puso a andar nuevamente y, torciendo la siguiente esquina, desapareció.

Me aproximé a la casa. La puerta estaba entornada, y el interior, en penumbra. Con la contera del bastón empujé la puerta un poco más y entré. La habitación era pequeña y, en su centro, había una mesa redonda de madera. Sentado ante ella, un hombre gigantescamente gordo se limpiaba la calva con un mugriento pañuelo de seda. Con los ojos entreabiertos, me miraba con fijeza, y su boca, redonda y húmeda, hacía pequeños pucheros. La mano que sostenía el pañuelo estaba cargada de anillos de oro; uno de ellos era un solitario con un enorme brillante engarzado.

– Buenos días, señor Rodríguez -dijo con voz meliflua, casi femenina.

Nunca había visto a un eunuco, pero me pareció que debían hablar así.

– Pase, pase, por favor.

Di dos pasos hacia la mesa, separé una silla y me senté en ella.

– Tenía usted mucho empeño en verme, señor Rodríguez. Pues ya me ha encontrado.

Todo era un poco teatral. Este montón de grasa debía haber visto Casablanca muchas veces y daba la impresión de estarse sintiendo como un héroe de película. Emitió un extraño sonido, medio hipo, medio tos. Indudablemente, su forma de reír.

– En realidad, le he encontrado yo -dijo.

No estuve muy seguro de cuánto tiempo iba a poder aguantarle sin propinarle una torta. Yo, Bogart.

Silencio.

– Soy Danilo Lewinston, para servirle -dijo, un poco más secamente.

Le miré a los ojos; los tenía acuosos y huidizos. Este hombre era peligroso y decidí no infravalorarle. Se pasó el pañuelo por la calva.

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