Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– Alguna vez no será así -dice Marcelo-. Alguna vez la clase obrera pasará por encima de los buenos padrecitos y ganará por ella misma. ¡Y no ganará un par de horas sino todo!

Eduardo Varela levanta los brazos para hablar al rebaño de mineros parados ante la casa de Urbano.

– Mañana -dice- sabremos si hemos ganado o si tenemos que continuar con la huelga. En cualquier caso… ¡viva la huelga general!

Se oye un ¡viva! sin sangre. Isidora me aparta las manos y se levanta. Ahora ni siquiera se apoya en mí.

– ¡Viva la huelga general! -dice, con los tendones del cuello duros y salientes como cuadernas-. ¡Viva la huelga general!

Y ahora los mineros sí dicen su ¡viva! con rabia. Trabajarán sólo diez horas, sí, pero… ¿dónde están las ocho horas de sus rosarios primeros, cuando decían como tontos ocho horas, ocho horas, ocho horas? Se les ha olvidado. Pero me callo, no vaya a ser que, si se lo recuerdo, les vuelva la locura y empiecen otra vez como cotorras en una manifestación, y luego en otra, y otra, y yo me quede sin hijo para siempre.

Me pregunto si lo que se está amontonando delante de la casa es un entierro o una manifestación. Hay gente no sólo de La Arboleda sino de todos los demás pueblos. Tendrían que tener caras tristes, pero no, a estos locos ni el entierro de su propia madre les pondría tristes… ¡Con tal de estar en montón, ellos contentos!

– Que ninguno de vosotros espere ganar una huelga -dice Urbano.

Anoche hablé con la partera para que estuviera hoy en casa a la hora del entierro…, pero no tengo que ir a buscarla: aquí entra, con su hatillo de los trastos de su oficio y buscando con la mirada a Isidora entre la gente.

– ¿Qué? -me dice.

– Nada -le digo.

Isidora no ha querido estar tumbada en el colchón hasta el momento de salir: va de un lado a otro, arrastrando los pies, pensando en lo que no debe.

– Lo habéis hecho muy bien, hemos doblegado su orgullo -dice una y otra vez a uno y a otro.

– Si piensas seguir zascandileando, te cojo en brazos -le digo.

– Que nadie me diga que ha podido dormir esta noche -dice Isidora.

Cree que todos son como ella.

– Veremos, veremos lo que pasa -dice un minero, sin dejar de mirarla.

– Abuelo, nosotros somos mejores que los de su tiempo -dice otro a Urbano.

– Dios es siempre el mismo -dice Urbano.

Marcelo es uno de los cuatro que sacan a hombros la caja del muerto. Primero le ha clavado la tapa el propio Marcelo. Cuando salen, la gente se calla, pero no es bastante. Un entierro sin cura no es un entierro. Y no tuvieron tiempo de preguntarle a José si quería un cura y un monaguillo abriendo camino: cuando se agacharon junto a él, ya estaba muerto. ¿Cómo Dios les va a ganar una huelga a esta gente si no ponen a sus muertos, por lo menos, un cura y un monaguillo?

– Quédate en casa, tu cosa está al caer -digo a Isidora. ¿Para qué se lo digo? Ella es más lista y ni siquiera gasta saliva en decirme que no.

– ¿Es que esperas que también en un entierro te lleve en brazos? -digo-. Un entierro no es una de vuestras romerías.

– ¿Llevo la silla? -dice la partera.

– ¡No, ella no está ni para sentarse! -digo.

– ¡Jesús, qué modos! -dice la partera.

No sé adónde mirar, y ahora Isidora coge mi mano y me la besa. Me mira y sus ojos están mojados. Está pensando en José. La cojo en brazos y salgo.

Afuera también están los siete heridos: uno va con bastón, otro con muletas, a tres les aguantan en pie sus amigos y dos van en camilla. El rebaño de mineros se abre para que pase la caja, y nosotros detrás, en el grupo de socialistas. ¿Dónde se ha visto que en un entierro un hombre lleve en brazos a una mujer, como cruzando un río? ¡Vaya cuadro! Esto se parece a un entierro menos que unas alpargatas.

– ¿Por qué mueves los labios? -dice Isidora.

– Rezo. Como no hay cura, pues yo hago de cura -digo.

– La vida y la muerte, juntas -dice Proto a mi lado.

– ¿Eh? -digo.

– En tus brazos, la vida, en la caja, la muerte -dice Proto.

– Eso de la vida está por ver -digo. Me vuelvo a la partera, que me sigue-: Márchate, que mientras éstos no ganen la huelga aquí estás de más.

– Tenías que acabar cazando moscas -dice la partera.

Isidora no pesa ni un gramo más que en la última manifestación. ¿Y si fuera verdad que tiene a mi hijo estancado en la tripa? Llora, pero no parece muy triste. Es como si pensara y no pensara en el entierro, como si no le importara mezclar el entierro con la huelga. Y los demás, igual: llevan las caras caídas, pero por dentro les baila el cuerpo. Apenas se pone todo el rebaño detrás de la caja y de los siete heridos cuando se rompe el silencio y empiezan a cuchichear entre ellos; y a los pocos pasos ya están hablando, sin respeto al muerto: «¿Se sabe algo?», «¿Se sabe algo?», «¿Cuándo suben el periódico?», y un entierro tampoco es esto. En Getxo no pasan cosas así.

– Quitad el muerto de delante y que la manifestación ponga proa a los Bilbaos a pedir seis horas a ver si esta vez os dan ocho -digo.

– No te sulfures -dice Isidora.

– Un entierro es un entierro -digo-. En un entierro lo que hay que hacer es rezar y no acordarse de huelgas ni de sinsumbaquerías.

Isidora me dice, temblándole la voz:

– A José le mataron por la huelga, no lo olvides.

Allí está el muro de piedra del cementerio. La puerta de hierro está cerrada y delante de ella están el cura que no pudo llevar la religión a José y seis guardias civiles.

– Pasad de largo esta tierra santa, ateos -dice el cura.

Isidora va a hablar pero le tapo la boca.

– Calla -digo-. A los curas hay que tenerles más respeto.

El cuerpo de Isidora se ablanda y le quito la mano de la boca.

– ¿Y él? -dice-. Nos prohíbe que enterremos a José en el cementerio.

– Tampoco vosotros queréis meterlo -digo.

– No es lo mismo -dice ella-. Nosotros no creemos en el infierno y él sí, y prohibiéndole a José descansar en tierra santa le condena al infierno. ¡Así de buenos son los curas!

Me pongo a rezar con más fuerza por José. Es una pena que a un chico como él le den tierra como a un perro. Alguna noche volveré por aquí con un cura para cambiarlo de sitio y dejarlo en tierra cristiana.

Al otro lado del muro del cementerio estos locos de las minas entierran a las gentes suyas que no quieren nada con los curas…

– Oye, José no tuvo tiempo de decir cómo quería ser enterrado -digo a Isidora.

– Era socialista, ¿no? -dice ella.

– ¿Es que todos los socialistas pensáis lo mismo? -digo.

– ¿Es que todos los de Getxo pensáis lo mismo? -dice ella.

Salen voces de la manifestación; bueno, del entierro: «¡Cabrones, vosotros le matasteis!», «¿Habéis venido a ver si no está muerto para rematarlo?», y los guardias agarran con más fuerza sus mosquetones, mientras miran al rebaño que pasa.

Estos locos entierran a los suyos en hoyos que abren entre zarzas. Marcelo y los cuatro dejan la caja en el suelo, junto al hoyo que ya están cavando otros dos mineros.

– Tiene que saberlo antes de darle tierra -dice Isidora.

– ¿Saberlo? -dice Eduardo Varela.

– Hay que esperar -dice Isidora.

– ¿Esperar? ¿A qué? -dice Proto.

– A que José sepa que hemos ganado la huelga -dice Isidora.

Silencio. Isidora tiene el labio de arriba mordido entre los dientes. Creo que si se lo dejara de morder se rompería toda ella por dentro.

– Tranquila, tranquila -le digo, cuneándola como a una niña.

– Tenemos que esperar -dice.

– ¿Y si no hemos ganado la huelga? -dice Proto-. No podemos esperar.

Isidora echa el cuerpo para arriba y yo la dejo que se empine un poco.

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