Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– ¡Leches, qué perra te ha entrado! -dice Martín Larreko.

– Que hable, que hable, déjale -dice Zacarías Ermo-. Sí, Roque, a ver cuándo tenemos esa ley. ¿Cómo hemos podido vivir tantos años sin ella? A todos nos faltaba algo, y claro, era esa ley. Menos mal que tú estás aquí para arreglarlo todo mejor que esa ley.

– No faltaba yo sino un sindicato. Por eso te robaron, Martín Larreko, y le robaron a Etxe. Estabais sin defensa, sin sindicato -digo.

– ¿Qué hostias dices? -dice Martín Larreko.

– Un sindicato está para que los débiles no sean aplastados por los fuertes -digo-. Zacarías Ermo se quedó con vuestro mostrador ante vuestras propias narices.

– Sindicato, sindicato… -dice Zacarías Ermo.

– Sindi… ¿qué? -dice Martín Larreko.

– Te voy a quitar lo que te queda de esa botella para que no sigas diciendo tonterías -dice Zacarías Ermo-. ¿Quieres oír algo? No voy a negar que La Venta, con todo lo que tiene dentro, es del Ayuntamiento, según está en algún papel. Pero los Ermo llevamos tanto tiempo detrás de este mostrador que somos más amos de La Venta que el propio Ayuntamiento, y esto no está en ningún papel, y ya ves que yo también necesito un sindicato que me defienda. En realidad, primero fue el mostrador, luego La venta y luego el Ayuntamiento. Y todo lo hizo un Ermo del tiempo en que un Larreko subió con sus bueyes el mostrador de la playa… No tendríamos Ayuntamiento de no ser por La Venta, y no tendríamos venta de no ser por un Ermo. Cuando alguien trajo el Ayuntamiento, La Venta, con todo lo que tiene dentro, ya era de un Ermo. Y te diré aún más: el Ayuntamiento se estrenó sentándose en las banquetas de La Venta…, el Ayuntamiento fue La Venta. Pero no lo quería decir para que no parezca que tiro hacia mí. Aunque, ya que lo he dicho, diré también que los Ermo lo pusimos todo: mostrador, Venta y Ayuntamiento. Todo esto me lo contaron Ermos de antes. A ver, ¿qué dices ahora de mis derechos?

Me levanto y pongo el puño cerrado en el mostrador.

– ¡Nadie engorda como tú sin explotar a los débiles! -digo-. ¡Tu negocio empezó con un robo y yo te obligaré a devolver el mostrador a sus dueños!

– Yo nunca se lo reclamaré -dice Martín Larreko-. Sería como quitarle algo al pueblo.

– ¡Él empezó por quitárselo al pueblo! -digo-. Lo que pasa es que nadie te ha hablado de ciertas verdades. ¿Quieres sentarte un rato conmigo?

– Tengo que llevar esa arena de los cojones a Berango y hacer varios viajes más -dice Martín Larreko, apurando su vaso.

– ¿Qué bicho te ha picado hoy, Roque? -dice Zacarías Ermo.

– ¡No aguanto injusticias a mi alrededor! -digo.

Zacarías Ermo sale del mostrador y enseguida lo tengo a mi lado. Me mira con sus ojillos de rata.

– Nunca me habían echado eso en cara -dice-. Ni a mis padres, ni a mis abuelos, ni a nadie de los míos. Nunca, ¿lo oyes?

– Es que en Getxo a nadie se le había ocurrido poner un sindicato que dijera ciertas verdades -digo.

– ¿Qué verdades? -dice Zacarías Ermo.

– Los hombres que están arriba explotan a los que están abajo y éstos se callan -digo.

– ¿Y qué más? -dice Zacarías Ermo.

– ¿Qué más qué? -digo.

– ¿Qué más verdades dice un sindicato? -dice Zacarías Ermo-. ¿Por qué te paras?, ¿es que a un sindicato se le acaban las verdades?

– Hay más verdades, pero déjame que las recuerde -digo.

– Mis bueyes podrían sacar a la Campa del Roble este mostrador de los cojones -dice Martín Larreko.

– ¿No te ibas a largar con tu carro de arena? -dice Zacarías Ermo.

– ¡Apuesto mi heredad de borona contra la tuya a que no! -dice Anselmo el de Torretxea entrando en La Venta y plantándose delante de Martín Larreko.

– ¿Qué dices? ¡Claro que podrían! ¡No hay bueyes con más cojones que los míos! -dice Martín Larreko.

– ¡Bah!, ¡bah!, menos palabras y a apostar. Con palabras no se apuesta. ¡Yo pongo encima del mostrador mi heredad de borona! ¿Qué pones tú? -dice Anselmo el de Torretxea.

– ¡Yo no tengo que poner ninguna hostia porque cuando saque el mostrador de La Venta ganaré el mostrador! -dice Martín Larreko.

– ¡Para que sea tuyo, después tendrías que sacarlo de la Campa! -dice Anselmo el de Torretxea.

– ¡Si mis bueyes lo sacan de La Venta también lo sacarán de la Campa! -dice Martín Larreko.

– Y si no lo sacan, ¿qué perderías tú? ¡No perderías nada porque no apuestas nada! -dice Anselmo el de Torretxea.

– ¡Perdería el mostrador! ¡La Virgen! -dice Martín Larreko.

– ¡Ése ya lo tienes perdido! -dice Anselmo el de Torretxea.

Doy una puñada en el mostrador.

– Aquí hay uno que no necesita apostar para ganar todas las apuestas… ¡Ermo! -digo-. ¿Y sabéis por qué? ¡Porque aquí no hay un sindicato!

– ¿Eh? -dice Anselmo el de Torretxea.

– A lo mejor estáis pensando en echar abajo un muro de La Venta para sacar este mostrador. Os recuerdo que La Venta es del Ayuntamiento -dice Zacarías Ermo.

– Pues que el Ayuntamiento se las arregle para devolver el mostrador a Larreko -dice Anselmo el de Torretxea.

– La Venta y el mostrador ya son lo mismo porque el mostrador está desde el principio dentro de La Venta. No se pueden separar -dice Zacarías Ermo.

Se abre la puerta y entra Lander el de Bukuena.

– Se os oye desde París. Apuesto mi vaca Salerosa a que el mostrador no es del Ayuntamiento por muy dentro que esté de La Venta -dice.

– Pongo mi burro junto a su vaca -dice Anselmo el de Torretxea-. ¿Quién pone algo en el otro platillo?

– ¡Eh, eh…! Yo digo que el mostrador no es del Ayuntamiento pero que tampoco es de Larreko. Yo digo que el mostrador es de Etxe. No puedo apostar con Anselmo el de Torretxea a que el mostrador no es del Ayuntamiento porque él dice que es de Larreko y yo digo que es de Etxe. ¡Apuesto yo solo mi vaca Salerosa a que el mostrador no es del Ayuntamiento, y apuesto mi escopeta a que el mostrador es de Etxe! -dice Lander el de Bukuena.

– Larreko lo subió de la playa con sus bueyes y es suyo -dice Anselmo el de Torretxea.

– Es de Etxe porque lo vio el primero -dice Lander el de Bukuena.

– Tanto Larreko como Etxe se han quedado sin él porque lo tiene Ermo porque aquí no hay un sindicato -digo.

Zacarías Ermo se acerca a Martín Larreko y le dice:

– Éstos son muy listos: no estuvieron allí pero es como si lo hubiesen visto todo. ¿Quién sabe lo que ocurrió en aquel tiempo?

– Algo sí ocurrió -dice Martín Larreko-. Si no, no se me pondría un ruido en esta oreja cuando oigo hablar de ello.

Zacarías Ermo levanta los brazos sobre su cabeza.

– ¿Es que hoy nadie va al trabajo? -dice.

– Sí, no tengo más leches que ir -dice Martín Larreko.

– Ten cuidado que los bueyes de otro no saquen a tus espaldas el mostrador de La Venta -dice Anselmo el de Torretxea.

– ¡Allá él! Le daría las gracias, porque el mostrador seguiría siendo mío -dice Martín Larreko.

– Al entrar aquí esta mañana dijiste que no era tuyo y que nunca lo reclamarías -dice Zacarías Ermo.

– No sé qué hostias he dicho esta mañana, pero es que no estoy muy seguro de las cosas viejas que andan por Getxo, y como no estoy muy seguro no sé por qué no voy a decir lo que a lo mejor es verdad, y si uno de mi sangre lo subió de la playa con sus bueyes pues resulta que es mío, y si es mío no me voy a callar que aunque otro lo saque de La Venta sigue siendo mío -dice Martín Larreko.

– Sí, si luego tus bueyes lo pueden sacar de la Campa -dice Anselmo el de Torretxea.

– ¡La Virgen! ¡Te dije que si pueden lo uno pueden lo otro! -dice Martín Larreko.

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