Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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«¿Hay en Getxo más caseríos con sirenas talladas en sus piedras?», preguntó Martxel. «No», dijo Isidro Zanurruza. Venía de la huerta y no oímos sus pasos. Era un viejo todavía tieso y fuerte, y vivía solo. Ama se enzarzó con él en un toma y daca de preguntas y respuestas, tranquilo Isidro, nerviosa ama, y con un Martxel metiendo baza de continuo. Nada importante nos contó Isidro; ni siquiera sabía cuántos años llevaban los Zanurruza viviendo en Arrigúnaga. Nos retiramos con ama llorando silenciosamente. «¡Ea, ea, que hace un par de horas no sabíamos de ningún caserío mágico y ahora ya tenemos uno!», dijo Martxel. «Pero ¿dónde estarán esos Arrigúnaga?», dijo ama. En los días siguientes, Martxel y yo proseguimos nuestra búsqueda, y aprovechaba yo las visitas a los caseríos para volver a preguntar por la muchacha del cuadro. Sin embargo, cuando ama venía con nosotros, no me atrevía a mencionar a la modelo. Y Martxel tampoco lo hacía, porque le había dado muy fuerte lo del número mágico. Era como ir dando palos de ciego. Transcurrían las semanas y no avanzábamos. No encontramos más sirenas talladas, según nos aseguró Isidro Zanurruza; ni ninguna otra pista vieja. Ama reconfortó nuestro ánimo con una de sus frases únicas: éramos un pueblo tan viejo que nuestras ataduras con el pasado se habían convertido en polvo. «Nuestro caso es único y a la Historia le ha pillado de sorpresa», decía, y Martxel y yo recogíamos cuidadosamente aquellas palabras que llegaban a hacernos desear, incluso, el no encontrar nunca lo que buscábamos. De pronto, en una de aquellas noches, desperté sobresaltado y descubrí el rostro de Martxel sobre el mío. «Ven a hablar con ama» «¿Qué le pasa?», exclamé. «No le pasa nada, está dormida, por eso la vamos a despertar.» «Se trata de aita, ¿verdad?», exclamé. «No, no se trata de aita. Es que necesito decirle algo estupendo que se me acaba de ocurrir.» «¿Y ha de ser ahora?» «Cuando lo sepas, sentirás que tú tampoco puedes esperar.» De puntillas y en camisón, entramos en la alcoba de ama. Hacía ya cuatro años que no se cerraba por dentro por las noches. Martxel y yo quedamos a un lado y a otro de su cabecera. Era la primera vez que yo la contemplaba dormida y el descubrimiento me dejó suspenso. Dios mío, Dios mío, qué hermosa era. «Ama, ama», susurró Martxel, y encendió la vela de la mesilla, tomó la palmatoria, se sentó en el borde de la cama y acercó la llama al rostro de ama. Yo también me senté. Despertó. «¿Qué pasa?» Mis dedos rozaron su cabello, para tranquilizarla, y Martxel le dijo: «Sólo queríamos hablarte», y añadió, sin esperar su aprobación: «¡Los Baskardo de Sugarkea!». Ama se incorporó de un solo impulso, quedó sentada, con el gorro de dormir un poco descompuesto, y del todo despierta. Miró a Martxel y me miró a mí. «¿Estáis locos?» Y volvió a mirar a Martxel. «¿Estás loco?» «¡Ellos lo saben!», exclamó Martxel. «¡Iremos a verles mañana mismo!» «¿Estás loco?», repitió ama. «¿Para qué? ¿Qué es lo que saben ellos?» Los dedos de Martxel se cerraron sobre el brazo de ama. «¡Todo, todo, lo saben todo! ¿Cómo no ha salido de ti? ¡Sugarkea es otro de los caseríos mágicos! ¿Y quién de nosotros se atreve a poner en duda que sus dueños actuales no sean los del Principio? Iremos a preguntarles y nos lo contarán todo.» Ama se cubrió la cara con las manos y así permaneció un rato, y la impaciencia de Martxel hubo de consentírselo. «Creí que te traía una buena noticia, que saltarías de alegría al recordar que esos Baskardo de Sugarkea son…», dijo Martxel. Ama retiró lentamente sus manos y yo recuperé su rostro. «No nos dirán nada», susurró. «¿Qué?», exclamó Martxel. «No nos dirán nada», repitió ama. Era un rostro tranquilo, sin dolor. «Son insolidarios, no acatan nuestra Iglesia ni nuestras leyes, no hablan con la gente, a la que ignoran…, es como si no existieran…» «¡Pero están ahí, existen…, y lo tienen que saber todo, porque ellos son…», exclamó Martxel, poniéndose en pie. «¿Qué nos han hecho o qué les hemos hecho nosotros a ellos? ¿Por qué no se les mira como a los demás?» «Así están las cosas», dijo ama, fríamente. Martxel se inclinó sobre ella, hasta casi juntar sus rostros. «¿Es que no te sientes orgullosa de ellos?», preguntó. «¿Orgullosa?», dijo ama, sin mover un músculo de su expresión. «¿Acaso no constituyen una reliquia viva de ese pasado nuestro tan añorado?», dijo Martxel. «¿Acaso no son nuestro propio tiempo perdido? ¿Acaso tú misma no has llevado a visitantes a que los vean? ¡No lo entiendo, no lo entiendo!», y ahora era Martxel el que inspiraba compasión. «Iremos a preguntarles lo que ellos saben y nosotros no. ¿O es que también les niegas esto?» Ama dijo algo inesperado: «Tengo sueño», y se dejó caer de espaldas sobre la almohada. «¿Te niegas a ir a Sugarkea?», casi gritó Martxel. «No me dirían nada», susurró ama. «¿Por qué, si tienen la respuesta?», casi gritó Martxel. «Nos desprecian», dijo ama. ¿Dijo eso ama? ¿Dijo, realmente, nos desprecian? «¿A quiénes desprecian?», casi gritó Martxel. Había oído lo mismo que yo. «¿A quiénes desprecian? ¿A quiénes desprecian?» «Me duele la cabeza», dijo ama. Cogí a Martxel del camisón y lo saqué de la alcoba. «¿No has oído que le duele la cabeza?» Martxel se revolvió, gritando: «¿Y por qué han sido otros y no tú quienes me hablaran de ellos? ¿Por qué nunca los mencionas?». Logré cerrar la puerta y acompañarle a su dormitorio, todo sin ruido: habría sido muy desagradable que aita apareciera en un momento tan terrible como aquél. «Ama sabía desde un principio que los Baskardo de Sugarkea tenían la respuesta…, y nosotros gastando suela por Getxo», decía Martxel. «¿Por qué? ¿Por qué?» Sólo al oír entonces la palabra Baskardo caí en la cuenta de que también era nuestro apellido, el apellido de aita. Creí tener la explicación. Pensé: «Ama no quiere nada que venga de aita, y esos Baskardo son sus antepasados, por eso ella…». Pero Martxel me cortó: «No, no…, Ama sabe bien que aita ya no lleva una sola gota del primitivo tronco Baskardo…, ¡y cómo se le nota que no lleva!…, y si ama rechaza a aita por estar destruyendo nuestro mundo, tendría que venerar a esos Baskardo de Sugarkea, que son nuestro mundo… ¿Y por qué no ocurre así?». Bueno, creí que aquello que pensé sólo lo había pensado… Martxel se tendió en su cama, pero se equivocó, porque no podía dejar de moverse. Saltó al suelo y se puso a cruzar la habitación de un extremo a otro. «¿Te das cuenta, Jaso? Es la primera vez que no comprendemos a ama…» «No digas eso. Es que le duele la cabeza y tiene sueño… Mañana…», protesté. «Es la primera vez que no comprendemos a ama… ¿Qué pasa con los Oiaindia y los Baskardo?» «No digas que no comprendemos a ama», dije. «¿Qué es lo que sabe y nosotros no?», casi lloró Martxel. «¿Viste cómo palideció, incluso a la luz de la vela? ¿Por qué?… Jaso, es la primera vez que no comprendemos a ama.» «Yo sí la comprendo: ama siempre tiene razón.» «Vístete», dijo Martxel. Me lo tuvo que repetir varias veces. Era de noche. Se vistió y me arrastró a mi cuarto y casi me vistió él a mí. «Es hora de dormir… ¿Adónde vamos?» Ahora, tres años después, me llamo idiota e ingenuo por no haber sabido desenmascarar entonces a la bruja.

Yo iba muy asustado cuando Martxel me sacó de noche sin permiso de ama. Se dirigió a la costa, y ni siquiera este rumbo me reveló sus intenciones. «No debemos estar aquí», le repetía. Sus pisadas eran firmes y ruidosas en el silencio de la noche. «Nos verá alguien.» Los bultos de casas, jaros y árboles me parecían de otras formas a aquella hora; incluso la brisa del mar sonaba de modo diferente. Cruzábamos un escenario mojado por el rocío. Dejamos atrás La Venta y luego la iglesia. «Dios mío, Martxel, regresemos.» «Ya hemos llegado. Silencio.» Se apostó tras unas zarzas y tiró de mi brazo para clavarme a su lado. Estábamos en los límites de las tierras de Sugarkea. «Esperaremos. Dicen que esta gente se levanta con la primera luz, sin importarle que sea domingo o festivo. En cuanto veamos a uno, le preguntaremos.» «Ama dijo que no nos harían caso», dije. «¡Dios, al menos quiero saber por qué no nos harán caso!» Sugarkea no era como los demás caseríos, no tenía semejanza ni con los más viejos: era una especie de cabaña de pastores, de piedra y troncos. Se diferenciaba, además, en que no tenía chimenea, sino un simple agujero en el techo del que salía humo día y noche, pues en aquel hogar nunca se apagaba el fuego. Aquellos Baskardo hacían vida aparte, nunca iban a misa ni a romerías, decía don Eulogio que ninguno de ellos figuraba en sus libros parroquiales, ni tampoco en las listas vecinales del Ayuntamiento. Era creencia general que estaban locos y que su locura pasaba de una generación a otra. «Tampoco lo sabrán», dije. Pero a Martxel parecía haberle dejado de interesar lo del número mágico y los nombres troncales. Tenía los ojos clavados en Sugarkea y no me oía. «Son de Getxo y no lo parece… Apenas se habla de ellos… Están ahí, pero es como si fueran invisibles… ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido entre ellos y Getxo? O ¿qué ha ocurrido entre ellos y los Oiaindia?», decía Martxel, en un incesante susurro. «Ama dijo que así estaban las cosas», dije. «Sí, pero ¿por qué?», y esta vez Martxel no respetó el silencio. «¿Por qué no hemos sabido de estos extraños baserritarras a través de ama sino de descuidos de otras gentes, de palabras perdidas aquí y allá, y de nuestras propias observaciones? ¿No has oído, Jaso, que son los mejores cazadores? Hace cuatro años se vio a uno de ellos regresar con un reno al hombro. ¡Un reno! ¡Ellos saben dónde quedan aún renos en nuestra tierra! ¿Qué saben los Baskardo de Sugarkea que los demás no sabemos?» El tiempo se me hacía eterno junto a un Martxel atormentado que se atrevía a introducir la inquietud en lo que era perfecto. ¿Qué hacía yo allí, a espaldas de ama? ¿Qué mosca le había picado a Martxel?… Todos los ruidos de la noche se me antojaban amonestaciones que las cosas nos lanzaban a Martxel y a mí, y el estruendo de la resaca, subiendo desde el fondo del acantilado, era la voz más insoportable. «Volvamos a casa, Martxel, por favor.» Ni por un momento se me ocurrió dejarle y regresar solo, pues sin él a mi lado mi sentimiento de culpa habría sido más lacerante. «¡Por Dios, Martxel, no es limpio vigilar así a una familia!» «Ya pensaré en eso después.» Volvió el rostro y se lo pude distinguir, descubriendo así que la noche empezaba a retirarse. «¿No sabes que en Getxo todo el mundo vigila a todo el mundo?», me dijo. El verdadero paso de la noche al día no lo marcó esa primera luz sino el bulto que salió de Sugarkea. «Ah, ah», le oí a Martxel. Rocé casualmente su brazo y temblaba. El bulto se movió por los alrededores de la vivienda y nos llegaron unas fuertes expansiones guturales, que más que de persona parecían de animal. «¡Nos ha visto!», dije. «No, no te alarmes: sólo está despertándose. Me han contado que hacen esos ruidos al levantarse», dijo Martxel. Pero estaba tan nervioso como yo. De pronto sonó un canto ronco y monótono, un ruido como el de antes, pero con una fluyente armonía interior. ¿Era realmente un canto? Me dije, para tranquilizarme, que sería una oración vespertina dirigida a Dios, o al menos a algún dios, el suyo, cualquiera que fuera; o dirigida a humanos para expresar una voluntad conciliadora, por encima de las apariencias. «Es una oración, ¿verdad, Martxel?» Salieron de la vivienda dos o tres bultos más y repitieron, primero, las expansiones guturales, y luego el canto-oración…

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