Mercedes Castro - Y punto

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Y punto: краткое содержание, описание и аннотация

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– ¿Señor Montero?

– Quería despedirme y recordarle una cosa: como usted o cualquiera de sus hombres cometa el más leve abuso de autoridad con ella, tomaré las medidas oportunas ante la Justicia. Se lo garantizo. Las leyes están para algo, a estas alturas debería saberlo.

– Por supuesto. Y póngame a los pies de su señora madre. Que tenga un buen día.

– Igualmente.

De la habitación se apodera un silencio oscuro, incómodo y cruel, y nadie se atreve a mirar a nadie, sus tres superiores con la cabeza baja, cada uno fingiendo estar en sus cosas y ocupados de esconderse de los ojos de Clara, que permanece con el rostro erguido a la espera de ser escrutada por quien se digne a contemplarla. Pero no lo hacen y la espera se hace eterna hasta que, cómo no, es ella la que se decide a rasgar el mutismo.

– ¿Podría alguien explicarme finalmente qué pasa?

– El Culebra -balbucea Bores.

– El Culebra -repite Santi con pesar en la voz- ha aparecido muerto delante de su chabola. Un chute final a la luz de la luna.

– Usted fue la última en tener noticias de él -murmura Bores tremendamente atento a las baldosas del suelo, muy interesado de pronto en la puntera de su zapato.

– ¿Y eso qué quiere decir? -pregunta Clara entre airada y confundida-, ¿que me acusan de tener un teléfono al que llamó o de haberlo matado? ¿Qué habría pasado si no llego a justificar que ayer estaba en mi casa?, ¿supondrían que estuve con él prestándole un mechero, preparándole la papelina, viendo cómo se pica? -y casi le da un acceso macabro de dolor mal digerido al decirlo.

– No, por dios -se defiende Carahuevo ofendido-. Lo único que pensamos es que quizás en esa llamada pudo mencionar algún dato, alguna pista, algún indicio, incluso su último pastel . Es muy extraño que este individuo quiera hablar con usted, una policía a la que ya antes había proporcionado varios confites y a quien acaba de darle tal vez su soplo más importante, y que apenas sólo un par de horas después aparezca muerto. Aunque sea de sobredosis, que es lo que parece -y aquí su voz lleva un cierto tonillo acusador y, con él, aviesas intenciones.

– Ya, por eso prefieren acorralarme en un despacho para meterme miedo hasta averiguar qué sé y dónde estuve en vez de preguntarme directamente y sin mala intención qué ha pasado, si sospecho algo, si me cargué al Culebra o era su querida o… -sugiere con una sonrisa irónica- o lo que sea que estén imaginando.

«Pero están tan habituados a usar los "viejos" métodos que, sencillamente, se han olvidado de preguntar antes de disparar. Y podían haberlo hecho desde un principio, nos hubiéramos ahorrado los gritos y los sonrojos porque, ¿saben una cosa? -y su voz frágil también sabe adquirir un tonillo desafiante-, el contenido de la famosa llamada está en mi contestador -y el sabor amargo de la muerte arrastrada se mezcla en su garganta con una risa absurda que no se sabe por qué pugna por salir-, ahora mismo iré a buscar la cinta.

– No, más tarde -y el muy cerdo cabrón calvo cabezón sonríe aliviado, sin disimulo, sin contrición. Jodidos el Culebra y yo, el resto le da igual. Tras la violencia, tras el maldito sonrojo, tras las fingidas disculpas que nunca sintió, el grandísimo hijo de su madre tiene la desfachatez de irradiar condescendencia y perdón sólo porque el epitafio de un yonqui está grabado en una gastada cinta de casete-. Ahora será mejor que asista al levantamiento del cadáver. Dada su estrecha relación con el sujeto, quizá pueda ver algo en la escena que llame su atención y a los demás se les pase por alto.

Sí, no te jode, como si viviera con él, como si hubiéramos jugado a polis y cacos en el mismo barrio y en la misma infancia. «Estrecha relación con el sujeto», hay que joderse. Culebra, muerto ya no tienes nombre ni libertad, muerto sólo eres un sujeto . Trabajos de seducción perdidos fue tu vida.

– Si me disculpan unos instantes, primero necesito ir al servicio. Tengo ganas de vomitar.

Y que piensen lo que quieran, que soy débil y femenina, que me afecta la desaparición de alguien que me regalaba confidencias, que me he quedado preñada, que tengo el estómago jodido o que ellos me han jodido las tragaderas.

Y la ven irse con aire cabreado y salen todos detrás, cada uno por su lado y pensando en sus asuntos, Santi en el deshonor, en la puñalada trapera de su silencio, de no haberla defendido; Bores en lo borde que se ha puesto la tía histérica, en que por su culpa, por su desvergüenza irrespetuosa y descarada, acabará llenándose de mierda que le salpicará también a él, ya lo está viendo; y Carahuevo en cómo es posible que Ramón Montero Ortega-Trevijano, el hijo de Esmeralda, el descendiente de tan poderosa y noble estirpe, se haya casado con esa fulana molesta como un grano en el culo. Cómo lo habrá enganchado, si no vale un pimiento. Cómo la soportará. Y para colmo sin docilidad ni disciplina. Cómo se nos ha atravesado la jodida, cómo la ha liado por unas preguntitas de nada, qué poca clase, qué plante más ridículo y me tengo que joder y callar, no largarla de comisaría a la voz de ya sin ni siquiera esperar a que recoja los bártulos de su mesa y en cambio sonreírle por los pasillos a la espera de un desliz, de un paso en falso que me la quite de delante para siempre. Porque caerá. Vaya si caerá. Y como me entere de que esta hija de puta me vuelve a llamar Carahuevo, por mis santos cojones que le abro un expediente disciplinario por falta muy grave. Es de manual.

V

El Culebra, con los ojos abiertos como platos, ya no contempla las estrellas. Ahora brilla el sol del mediodía que le quema el iris con sus haces de luz como lanzas atravesándole un pecho constelado de llagas.

El Culebra quiso darse al placer después de llamarme y ahora descansa, como los viejos gitanos, en el porche de su chabola, tostándose al Lorenzo de las doce de la mañana, huyendo de la enfermedad, del frío, del dolor. Dejándose engañar con un poco de falso calorcito reflejo del verano recién acabado.

Sólo que el Culebra está muerto y los viejos gitanos no. Resecos y arrugados, los muy cabrones siguen vivos, sus manos de pergamino aún venden droga o cuentan el dinero que sacan adulterándola mientras él, ya más tieso que la mojama, se deja consumir cual pasa, muerto matado por los sueños eternos que les compró. El tonto del Culebra, que quiso meterse un chute para dormir tranquilo y duerme ahora para siempre mientras los patriarcas, ante sus palacios de plástico y uralita, siguen a la caza de un sol que se les refleja en el contrachapado.

– Vamos, míralo, a qué esperas -me ordena Santi, cabreado todavía, apenas sin paciencia, injusto y mordaz conmigo, precisamente conmigo que soy quien menos culpa tiene de lo ocurrido en el despacho de Carahuevo-. No te va a comer -me provoca.

Y lo mira.

Lo miro yo también porque sé que tarde o temprano tendré que hacerlo, porque no me queda otro remedio, porque después de todo ya no encuentro ganas ni para negarme y porque, al fin y al cabo, por mucho pudor, por más recelo que me den, los muertos están muertos, no les importa ser mirados, ya no tienen miedo ni rubor y, si no fuera por los recuerdos de su voz que te muerden en el pecho, te daría hasta paz su rostro, como un hilo de aguja que casi no siente, como un débil cristal herido por el fuego, como un lago en el que ahora es dulce sumergirse.

Lo miro y sé que parecerá ridículo, una simpleza como cualquier otra, pero el Culebra, tirado en el suelo con la jeringuilla colgada del brazo y en la cara esa sonrisa boba, parece una muñeca rota, una muñeca abandonada en los desvanes, sus ojos como canicas o vidrios de colores, y no se me ocurre ninguna otra metáfora, ninguna imagen más apropiada, nada que añadir más allá del estúpido cliché.

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