– Es un imbécil. En comisaría nadie lo puede ver -afirma Clara.
– Pero jode igual, y mucho. Y conste que he venido porque soy una buena persona -puntualiza Zafrilla-, que mucho presumir y mucho prescindir de «ayudas externas» pero, a la hora de la verdad, como de costumbre, la que le hará la manicura a vuestro muerto será una servidora de ustedes.
– Qué mentirosa -le reprocha Dolores con la voz acusadora del confesor insobornable incapaz de reconciliarse con los pecados ajenos-, si te morías por salir del laboratorio, tiempo te ha faltado para coger el maletín y venir pitando y cuando llegué a tu puerta ya estabas plantada con cara de llevar media hora esperando.
– Es que me aburría. Desde que León se ocupa de las nimiedades de este distrito ya nunca lo piso. Y claro, así no hay modo de que quedemos las tres.
– Pues vaya modo de quedar, con cadáver incluido.
– Bueno, eso es lo de menos, lo importante es que gracias al petardo ese hemos podido vernos. Y después de esto un café, ¿no? -propone Dolores.
– La duda ofende -responde Clara.
– Oye -inquiere Zafrilla circunspecta de improviso-. No te habrás mosqueado porque hayamos criticado al inútil de León.
– ¿Mosquearme? Si la primera que no le aguanta soy yo. ¿Cuántas veces os he dicho que estoy harta de él, de sus aires de superioridad y su habilidad para el escaqueo? Anda que no me habréis oído ponerlo a parir…
– Ya, pero a fin de cuentas sois compañeros, y todo el mundo sabe eso del rollo fraternal que os traéis los polis con lo de cubriros las espaldas y poner la vida en las manos del otro y sentiros solos ante el peligro y todo eso.
– La de películas que has visto, qué compañerismo ni qué tonterías, si es un estúpido y un llorón que nunca ha salido de comisaría, que no ha puesto jamás un pie en la calle porque, sinceramente, lo que le pasa es que se caga por la pata abajo de puro pavor, siempre excusándose y escudándose porque no es más que un cobarde. Lo del curso de Investigación Científica le ha venido como maná caído de las alturas, ahora si sale es sólo para recoger indicios en la escena del crimen cuando el bacalao ya está cortado y hemos sido nosotros los que nos pringamos hasta el cuello. Y además, qué le voy a deber yo a ése si jamás he patrullado con él.
– Di que sí -interviene Dolores con lengua acerada tan helada como su laboratorio-. Se ve de lejos que el rubito es un señorito. Tiene pinta de nazi frustrado de esos que mucho arte, mucha taza de porcelana, mucho Wagner y luego a ventilarse judíos sin piedad. Ya se puede pavonear lo que quiera de sus cursillos de dos meses, todos sabemos que su preparación no es como la nuestra, qué más quisiera. De momento las cosas le han venido fáciles, pero ponle un suicidio fingido, un crimen sexual, un cráneo reventado, lo que sea: ni puta idea.
– Ya, pero el capullo tiene tanta suerte que de momento se ha ido librando. Y precisamente hoy, que tenía fiambre para merendar, lo mandamos de vigilancia. Y encima siempre quiere compartir turno con Expósito, que es el más cachas, para sentirse seguro, no como yo, que he hecho mi guardia más sola que la una y tan tranquila, sin ataques de pánico ni accesos de histeria ni esa lividez que le entra cada vez que siente el peligro cerca.
– Mejor sola que mal acompañada -sentencia Dolores.
– Eso -corrobora Zafrilla-. A ver si acabamos rápido y tomamos ese dichoso café.
– Al café invito yo, pero tomaos vuestro tiempo. No quiero prisas con éste -y mientras lo dice se pone seria y guiña los ojos, porque la luz del sol saca reflejos de joya a la medalla de oro malo del Culebra.
– De lo que se ha muerto este pobre te lo digo ahora mismo y sin ponerme los guantes -responde Dolores segura. Pero se los pone, y traspasa la cinta que por fin alguien ha acabado de colocar y se acerca al cadáver para, con gesto experto, mirarle las pupilas-. Una sobredosis como una catedral. ¿Qué esperabas?
– Ni yo lo sé. A lo mejor es que me siento como si le debiera una pequeña cortesía, como si hiciera mal llamándole fiambre para hacerme la dura cuando hace tanto que le conocía, tal vez sea que se niegue a desaparecer de mi conciencia, pero el instinto me dice que esto no es tan normal como parece. Y además está el tema de la llamada -Clara gesticula de modo vago, impreciso, con la mano, como si espantara pájaros de mal agüero o desoladores pensamientos-. El caso es que como ayer yo dormía mientras él se moría, hoy, que estoy aquí, quiero hacer las cosas bien. Dedicadle cinco minutos extra y, además del café, pago la tarta.
– ¿De chocolate? -pregunta alborozada.
– Y con guindas, Zafrilla.
– Te he dicho mil veces que me llamo Laura -bufa como un gatito revoltoso al que le han quitado su ovillo de lana.
– Vale, lo siento. Entro un momento en la chabola mientras vosotras os esmeráis y cuando salga nos vamos.
– ¡De entrar a la chabola nada, bonita! -salta otra vez-. Si quieres fisgar ahí espera a mañana. Cuando me juego la tarta de chocolate hago el trabajo completo, como dios manda, y contrasto las huellas del cadáver con las de dentro, así que no fastidies toqueteándolo todo por ahí. Menuda policía judicial estás tú hecha, vaya pifia ibas a hacer sin darte cuenta -y la mira con otros ojos en los que aparece una ráfaga de comprensión-. ¿Es que acaso pensabas pasar de todo?, ¿tú, saltándote las normas y entrando por las bravas sin esperar a que el juez de guardia te lo autorice? ¡Estás loca! ¿Tan amigo era ese yonqui como para que rompas ahora tu propio código? -y busca la ayuda de su compañera con la mirada-. Lola, dile algo, que parece que se ha vuelto gilipollas de golpe.
– Tampoco es para tanto -se defiende Clara dolida-, todo el mundo pasa de estas formalidades. Los maderos somos cotillas por naturaleza, entramos a husmear sin pedir permiso a nadie, basta con que veamos una puerta abierta. En el fondo, la única que se toma al pie de la letra hasta las mínimas reglas del reglamento soy yo y por eso los demás siempre se burlan de mí.
– Pues precisamente por eso no vas a empezar a saltártelas ahora -decide Dolores mientras se levanta, y con sus canas, sus manos huesudas y esos ojos grises que han destripado a miles de cuerpos, se encara con Clara. Pero no se escandaliza, ni le grita, ni pierde la paciencia ni le pierde el genio, la mira desde muy cerca, la coge por los hombros con un ademán que casi parece maternal y le pregunta con calma-. ¿Tanto te importaba?
Clara no sabe qué decir, o no puede hablar, o cómo les va a contar que sí, que le ha afectado, qué queréis, no me miréis vosotras también así. Ya sé que no es el primer cadáver que veo, que vivo rodeada de guadañas, que mueren todos los días yonquis a decenas… Pero no a los pies de mi memoria, no los que pretendían protegerme, no los que me regalaban confites y me perdonaban el hecho de ser madera. No tú, Culebra, que me conocías, que me susurrabas al oído que aprendiera en tus carnes lo duro de la vida, que me tentabas unas veces, que otras me invitabas a tu chabola contigo a morir. Esos otros que la palman, que desaparecen, que se van, nunca fueron tú, que me dejaste en la memoria mensajes por si te perdías y me tienes ahora a ti atada.
Y desde sus ojos que se anclaban al muerto busca los de Dolores como implorando un sí, te entiendo, un apoyo, un cable, una decisión que haga algo por ella que ella no puede hacer ahora. Y Dolores se pone firme de pronto y empieza a dar órdenes.
– A ver, Laura, vete acabando y pregunta por qué no llega el juez, no vamos a estar esperándole aquí durante horas con este hombre expuesto al sol, que se merecerá un respeto, digo yo, y tendremos que taparlo. Yo me encargo de pedirle cuando llegue permiso para lo de la chabola, pero se entra mañana, Clara, que tu amigo no tiene prisa y no le va a importar un día más, por eso no te preocupes. Y me recompones esa cara de desesperada, o de cansada, o de lo que sea que tienes encima y te vas ya mismo a casa, que aquí sólo queda esperar y no va a servir de nada que estemos doscientos tropezándonos. El café, mañana si te pasas por el depósito. Así que pírate, que pareces un alma en pena, descansa, duerme, cómprate unos zapatos o vete a buscar a tu marido a la salida de su trabajo, pero lárgate de aquí, que estás demasiado implicada. Nosotras podemos arreglarnos sin ti.
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