Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Todos los días igual. ¿Sabes qué te digo? Que ni te contesto. Día tras día lo mismo, siempre con ganas de amargarme nada más pasar por la puerta, las mismas gracias estúpidas, el mismo lenguaje chabacano… ¿No te aburres de ti?, ¿de ser tan simple, tan grosero, tan casposo?

¿Y qué es eso de ya verás bonita lo que te espera dentro? ¿Qué pasa, ahora eres también el eco social de la comisaría?, ¿el pregonero del barrio?

Y al entrar, por no variar cabreada, mil caras raras que la miran hasta que accede a la sala del Grupo y, antes de poder preguntar, ya le está haciendo Fernando una mueca con las cejas que señalan, contorsionistas imposibles, hacia el despacho del jefe Bores, y vislumbra por entre la puerta medio abierta a Santi con él, serios y ceñudos los dos, que la ven también y le dicen con la mano que se acerque, pero qué cojones habrá pasado para que Bores me mire como si por primera vez reparara en mi existencia y aguarde paciente hasta que llegue preparando, bien se le nota, esa pose que pone destinada a recordarle a sus subordinados quién lleva los galones, para que los demás me escruten con cara de compasión y curiosidad y se aparten y pretendan disimular cuando paso aunque al sortear la mesa de Fernando éste se atreva a susurrarle un «suerte, compañera» que no comprende a qué viene, que la pone más nerviosa y le da una especie de mal fario, porque todo el mundo sabe que el hombre es un poquito gafe y, además, para qué quiero yo suerte, suerte para qué, suerte por qué si yo no he hecho nada. Pero claro, piensa ya dentro del despacho, esto es lo último que debo decir sea lo que sea que quieran recriminarme, porque cualquier madero deduce que un «yo no he hecho nada», por más verdad que sea aunque casi nunca lo es, siempre es lo primero que dice un culpable, da igual que no alcance a saber, como yo, de qué se le acusa.

– ¿De qué se me acusa? -pregunta ante sus superiores ya con un hilo de voz.

– No digas gilipolleces -contesta Santi cabreado.

– Vamos, el señor comisario la espera en su despacho -ordena Bores y, por muy lameculos que nos parezca, es el que manda, mi superior directo, el responsable del Grupo, el mismísimo inspector jefe, el que da la cara por mí ante Carahuevo o me pone a parir ante él. Así que a asentir y obedecer.

Y salen, Bores delante, como guiando a los demás en una excursión por la montaña, Santi luego, enojado y molesto, a saber con quién o con todos a la vez, y Clara detrás, la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y al cuerno la compostura, el ceño fruncido y en los labios una misma cantinela que no deja de repetir aunque nadie le responde -«¿Pero qué pasa?»- y que sigue murmurando como un salmo hasta que se da cuenta de que está, por segunda vez en dos días, ante el Poder Absoluto, el señor comisario en cuerpo y alma, el diosecillo omnipotente que pincha y corta en nuestro minúsculo universo, en el ruin escenario de esta pequeña comisaría, un dictadorzuelo de facciones hinchadas y calva sudorosa que le puede prender fuego a mi vida laboral en este mismo instante, que se levanta correcto al verlos llegar y les indica con una sola mirada que se sienten, y lo hacen al mismo tiempo como si lo hubieran ensayado y Clara, expectante y pendiente de cualquier detalle, advierte que todos la escrutan y, por no meter más la pata, por no saber qué hacer, por si acaso, espera. Finalmente Carahuevo se aclara la garganta, fija en ella sus ojillos desalmados, como de ratita hambrienta, pone sus manos de muñeco pepón sobre la mesa y dispara:

– Subinspectora Deza, tenemos que hacerle algunas preguntas y quisiéramos que respondiera con suma claridad. Puede que le parezcan impertinentes, pero ciertos sucesos recientes hacen indispensable una explicación por su parte.

Pausa retórica. Esto lo hace para que asimile su discursito. Pues vale. A ver qué salida me queda. Tras esta exhibición de prepotencia y estudiada autoridad no sé qué espera, ¿que me cuadre y grite ¡señor, sí, señor!?

Él parece darse por satisfecho con su silencio y mi silencio, seguro que piensa que estoy cagada y, qué coño, lo estoy. Mira a los otros, serios y hieráticos y, de la manera más impersonal posible, intenta no demostrar lo bien que se lo está pasando para ir al grano por fin de una santísima vez.

– Ayer por la noche recibió una llamada en su domicilio sobre la cual ha indagado a posteriori en centralita. ¿Estoy en lo cierto?

– Sí -¿se supone que esto es una afirmación, una interpelación o qué?-. ¿Ocurre algo al respecto?

– Soy yo quien pregunta -corta tajante-. ¿A qué hora se realizó dicha llamada?

– Pues no sé, entre las once y las doce, creo. ¿Qué importancia tiene?

– Lo sabrá a su debido tiempo. Ahora concéntrese en la hora exacta.

– Tal vez entre las once y media y las doce. ¿Por qué tanta precisión?, ¿ha pasado algo?

– ¿Es que no puede dejar de cuestionar todo lo que digo? -vaya, Torquemada se mosquea-. Se lo repito, soy yo quien pregunta. Y usted debe ser más precisa, que para eso es policía. Díganos la hora: las once, las doce, las once y media… ¿En qué quedamos?, ¿o es que no estaba en su casa?

– Sí, pero no miré el reloj cuando sonó el teléfono. Lo siento, pensé que en mi propia casa ya no estaba de servicio -entérate, capullo, que ignoro qué pretendes pero no hay derecho, yo aquí con Santi impasible, Bores callado como una esfinge y tú, cabrón, gritándome, presionándome y llamándome estúpida a la cara como si hubiera cometido el peor de los delitos.

– Bueno -el capullo sigue-, nos conformaremos con que fue entre las once y media y las doce. ¿Puede detallarnos el contenido de esa conversación?

– Dado que la llamada se recibió en mi casa y es por tanto de índole privada, me gustaría saber por qué debo hacerlo cuando ni siquiera sé a qué obedece este interrogatorio -y aunque oye a sus espaldas a Santi resoplando e intuye a Bores de soslayo fulminándola con reprobación y furia, continúa-. Señor, merezco una explicación.

Pero no sirve de nada plantarse. El comisario es de los de antes, el término Constitución no le suena de nada y está encabronado. Quiere respuestas. Da un puñetazo a la mesa. Me encojo por un momento como una alumna en el despacho del director.

– Déjese de chorradas, hostia, ¿le preguntó cómo consiguió su número a su interlocutor? ¿Se lo dio usted?

– No -tiemblo, reacciono y decido responderle como se merece, con la menor cantidad de datos posible.

– ¿Por eso llamó a comisaría, porque creía que se lo proporcionaron aquí?

– No me cabe la menor duda -y es verdad, porque por más que lo nieguen desde centralita, es la única explicación coherente que se me ocurre, eso o que el Culebra apelara a la mítica capacidad de los yonquis para buscarse la vida y moviendo hilos o favores, como buen confidente, lograra mis datos de un modo misterioso que, por desgracia, se ha llevado a la tumba y nunca será revelado.

– ¿Y por qué esperó a las cinco de la madrugada para indagar sobre la maldita llamada?

– Porque fue cuando la oí.

– ¿Cómo que la escuchó a las cinco? ¿No nos acaba de decir que estaba en su casa cuando sonó el teléfono entre las once y media y las doce? -y la voz de Carahuevo se eleva aún más, no sé bien si sorprendida, furibunda o ambas cosas.

– Sí.

– ¿Acaso no respondió?

– No.

– ¿Es autista o qué? ¿Me está diciendo que lo oyó sonar y no descolgó?

– Correcto.

– ¿Y por qué cojones no lo cogió? -y aprieta los puños y grita desaforado.

– Estaba ocupada -respondo con admirable parsimonia y sorprendente tranquilidad, dadas las circunstancias.

Santi se echa las manos a la cabeza, Bores mira al techo, Clara, insólitamente relajada, contempla al comisario, que parece a punto de estallar.

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